Con un vaso de whisky

enero 12, 2016

Hail, Macbeth! Hail, Macbeth! Hail, Macbeth!

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:21 pm
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             De las grandes tragedias de Shakespeare, tal vez la más adaptada al cine, y con mayor fortuna, sea “Macbeth”. Hay razones para ello. Es la más breve de todas, la que posee un ritmo más angustioso, es una obra siniestramente seductora, nocturna, sombría, con dos protagonistas que logran la perfección del héroe-villano. Porque Hamlet, como siempre, se nos escapa. Y los demás grandes villanos de Shakespeare, que son muy grandes y muy villanos, no tienen en la mayor parte del público un efecto tan perturbador como el usurpador escocés: el de convertirse en nuestro espejo.

Stills from the film 'Macbeth' 2014. Directed by Justin Kurzel, DoP Adam Arkapaw. Produced by Iain Canning, Laura Hastings-Smith & Emile Sherman Unit stills Photography by Jonathan Olley

Stills from the film ‘Macbeth’ 2014.
Directed by Justin Kurzel, DoP Adam Arkapaw. Produced by Iain Canning, Laura Hastings-Smith & Emile Sherman
Unit stills Photography by Jonathan Olley

            Supongo que cuando un director de cine ve el “Macbeth” de Welles y “Trono de sangre”, de Kurosawa, suspirará y se preguntará para qué va intentarlo. Justin Kurzel ha ido más allá del suspiro y la pregunta y nos ha dado una nueva versión de la tragedia. Adaptación no redonda, pero más que notable. Estuve pegado al asiento todo el tiempo que duró el largometraje, casi sin parpadear.

            Hay muchas teclas que tocar cuando uno se enfrenta a Shakespeare; una de las principales, desde luego, es acertar con los actores. Sin duda, se ha acertado. David Thewlis me convenció como el benévolo rey Duncan. Paddy Considine encarna a un Banquo más hosco de lo que esperaba, lo que no es ninguna tontería (los barones escoceses y sus vasallos no eran unos cortesanos lánguidos), robusto y rocoso. Y Sean Harris es un Macduff magnífico, un implacable y áspero ejecutor de la venganza. El más flojo del reparto es Jack Reynor, aunque hay que admitirlo, Malcolm es el personaje más flojo de toda la obra. Los liberadores de patrias en Shakespeare suelen ser unos ceros a la izquierda dramáticos.

            Las brujas siempre han sido susceptibles de muchas interpretaciones. William Blake consideraba que se trataban de las tres Norns, Moiras o Parcas. Criaturas extrañas, yo siempre me las he imaginado más sarcásticas que solemnes, como una de las escasas fuentes de humor oscuro de esta obra oscura. Kurzel, sin embargo, nos ofrece a la Anciana, la Madre (con Hija incluida) y a la Joven, esto es, las brujas clásicas de cualquier aquelarre de respeto (como bien saben los habitantes de Mundodisco), frías, hieráticas, casi fantasmales. No les resta ni un ápice de fuerza y, quizás, encajen mejor así con el tono general de la película.

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            Luego están los Macbeth. Ese matrimonio hecho en el Cielo o en el Infierno, del que hablamos aquí. Y los pesos pesados, interpretándolo: Michael Fassbender; Marion Cotillard. Sobre estos dos enormes personajes, llenos de profundidades, se ha escrito y se escribirá mucho. Me limito a decir que son dos de las mejores interpretaciones que he visto de ambos: su mutuo amor, su mutua ambición, la despiadada incitación de Lady Macbeth a su esposo, removiendo la maldad de él con la suya propia, el mutuo espanto psicológico y ontológico en el que caen desde la primera escena de su triunfo, en ese dormitorio de luz blanca, en esa coronación tan solemne que parece un entierro en vida. Hasta que ella pierde la razón y pasa de la muerte en vida a la mera muerte y él, desquiciado alcanza su terrible lucidez final, después del insomnio y los delirios. Matizo: Fassbender es soberbio, pero Macbeth es un personaje tan lleno de recovecos, tan incómodo para nosotros, que quizás ningún actor pueda atraparlo del todo.

            Esta versión se desgaja de la interpretación crítica que he leído siempre en dos aspectos del matrimonio. La primera escena de la película es el entierro de un niño. No hay tal escena en la obra original, aunque Lady Macbeth deja bastante claro que tuvo un hijo y que dicho hijo murió muy niño. Este hijo se presenta en la película, claramente, como hijo también de Macbeth. Mientras que la crítica ante citada suele pensar que no lo era. Y esto encaja con un segundo aspecto: la sexualidad de ambos. Lady Macbeth hace una escalofriante petición a los poderes de la oscuridad: “Unsex me!”. Se puede interpretar como una mera petición de eliminar lo que (tópicos de las épocas) se consideraban cualidades y virtudes femeninas, más dulces, pacíficas y benévolas que la rudeza masculina. Pero la petición puede tener una profundidad mayor y válida para todas las épocas: arrancar el sexo a una persona, asexualizarla por completo, es también deshumanizarla; es claro que una persona que no anda por ahí como Zeus, que no perdonaba bicho viviente, no es un ser inhumano, por otra parte. Lady Macbeth, pues, estaría pidiendo volverse inhumana, arrancar de sí la empatía para con los demás, a fin de llevar a cabo su homicida propósito. De un modo paralelo, hay quien ve en la temible violencia bélica de Macbeth una compensación de una cierta impotencia.

               Esto, último, desde luego, no se asume en la película: Macbeth es un guerrero sin par; pero en la escena en la que lady Macbeth da un el último empujón a su marido hacia el regicidio, la inducción criminal se mezcla con seducción corporal y los Macbeth se unen en cuerpo y alma. Sin embargo, después del mismo, Macbeth da por hecho que su reinado será estéril (mientras apoya su cuchillo en el vientre de su angustiada reina). Macbeth ya no volverá a dormir y a Lady Macbeth le asaltará el sonambulismo. Ni duermen ya ni tampoco comparten la cama. De ahí las súplicas desesperadas de lady Macbeth. Cotillard y Fassbender brillan en esas escenas conyugales, sobre todo en la segunda mitad de la película, cuando la maldad sufriente de él se desboca y lady Macbeth contempla, primero con contrariedad, luego con espanto, cómo su amado se desliza hacia la nada, adonde ella está también abocada. El más famoso y aterrador de los soliloquios de Macbeth, donde se da la definición más demoledora de la vida de la Literatura Universal, que yo siempre he leído con un tono de ironía angustiada y cruel en el tirano, es aquí, el lamento susurrante, amoroso, inmensamente triste de un esposo por su esposa.

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            Aunque, como ya hemos dicho, “Macbeth” es la más breve de las Grandes Tragedias, el guion recorta. Para mí gusto, a veces para bien y a veces para mal. Elimina a Hécate y sus broncas a las Hermanas Fatales, cuya presencia en la tragedia yo nunca he comprendido. Elimina por completo la conversación entre Malcolm y Macduff, en la que el joven heredero trata de averiguar si el noble exiliado es o no de fiar, escena que no extraño, pero que no deja de dar al príncipe una cierta astucia. También hace desaparecer al hermano de Malcolm y la escena de su despedida, tras la muerte de Duncan, lo cual nos priva de una de las mejores citas de la obra (“There´s daggers in men´s smiles”). Tampoco está, y esto sí que lo echo en falta, la charla entre la mujer de Macudff y su despierto hijo, quien da algunas de las réplicas más afiladas en la historia de los Niños Ingeniosos. Y me quedo sin el Portero. Es cierto que la suya es una escena que no gusta a todos; también que muchas de sus burlas, mientras se acerca a abrir la puerta son tortuosas referencias isabelinas. Con todo, el Portero es el fool de esta obra oscura: sus bromas oscuras, su eterno no llegar, mientras la llamada a la puerta son más insistentes cada vez, su encaje, justo antes de que se descubra el asesinato del rey y el mundo se venga abajo… No hay mucho humor en “Macbeth” y esta versión ha sido expurgada por completo del mismo, lo cual es un error. El humor de “Macbeth” no aligera el nihilismo de la obra, lo vuelve más espeso.

            En torno a la escena del asesinato de Duncan también tengo mis dudas. Los soliloquios de Macbeth están brillantemente adaptados al cine, murmuraciones de Fassbender para sí o pensamientos en su mente febril. El previo al asesinato es uno de los más complejos. Kurzel no tiene miedo de usar fantasmas y Macbeth, con su poderosa imaginación, ve en efecto la daga espectral, en manos de un soldado muerto en batalla. Sin embargo, Shakespeare, quien no tenía empacho en asesinar en el escenario a quien fuera (pensemos en el final de “Hamlet”, por ejemplo, que dejaría sin aliento al mismo Tarantino), se cuida muy mucho de mostrarnos la muerte de Duncan. Mostrarla con toda truculencia, como se hace aquí, me chocó y hasta me desagradó. Igualmente, no comprendo por qué Kurzel adelanta el hallazgo del cuerpo de Duncan por Malcolm justo a la noche del asesinato ¡y con Macbeth chorreando sangre! ¿Por qué huye Malcolm, en vez de poner en pie al campamento? Ese cambio no tiene mayor sentido.

            Al contrario, que Kurzel haya hecho que el bosque de Birnam suba a la colina de Dunsinane no como ramas en manos del ejército inglés, sino como ceniza y hokjas quemadas movidas por el viento me encantó. Enacja con el augurio, encaja con el tema de la destrucción y la nada que es central en la obra y permite que la batalla final se produzca entre humo y fuego.

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            Y enlazo con la mayor virtud de esta película: el visual. Porque es apabullante. Desde el principio, hasta el final. Las escenas en exteriores e interiores. Los amplios páramos de Escocia, las estancias del castillo. La gran batalla del comienzo, entre niebla, barro, frío, gris, marrón, azul y blanco. La gran batalla del final, entre fuego, ceniza, humo, gris, amarillo, naranja, negro. Y rojo sangre.

            Cada momento en esta película podría ser un cuadro. Es la película más pictórica que recuerdo desde “Barry Lindon”. La única adaptación shakesperiana que se le acerca en este aspecto es esa maravilla casi prerrafaelista, el “Ricardo II” de “The Hollow Crown”. La escena de la coronación, la del banquete, con esas multitudes de colores apagados en medio de las tinieblas. Macbeth ya en su habitación, ya en su trono. Las apariciones y desapariciones de las brujas. Cada segundo, ya digo, me dejó asombrado. Me tomó al asalto la vista. Y eso sólo lo hace una película de respeto.

            Bloom considera que la pesadilla husmea a Macbeth y que esta obra es un “drama visionario”. La pesadilla lo infecta todo, en la película, gracias a una atmósfera cada vez más delirante, pesada y extrañamente claustrofóbica, aunque haya tantos cielos abiertos. No hay apenas un motivo de sonrisa. Aunque se haya eliminado el humor que Shakespeare incluyó, se mantiene la ironía soterrada y se vuelve explícita, por ejemplo, en la capilla. En lugar sagrado lady Macbeth implora al Mal, maquina el crimen y, al fin, desfallece, ante el fantasma de su hijo, sin aguardar ni recibir la misericordia que se espera en tal estancia.

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            Y llega el final. La caída del usurpador, del asesino, que se niega a rendirse aun cuando los augurios se vuelvan contra él. Kurzel nos hurta una de las grandes frases de la obra. La exclamación victoriosa de Macduff: The Time is free. Una declaración que no se cree nadie y que con la rasposa voz de Sean Harris estaría repleta de sarcasmo. Más aún cuando Kurzel, que sí parece haber comprendido que ni el Tiempo ni el Mundo se han liberado, cierra su obra con un Malcolm y un Fleance, hijo de Banquo, que perpetuarán la guerra en Escocia. Porque, como dijo el más sufriente de los malvados, blood will have blood.

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