Con un vaso de whisky

julio 8, 2015

Sin noticias de Holmes

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:13 pm
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            Al cerrar “Mr. Holmes” (título original, A Slight Trick of the Mind) de Mitch Cullin, me embargó una vaga inquietud. Había bostezado unas cuantas veces con una novela en la que Sherlock Holmes aparece en cada una de las páginas. ¡Cómo podía pasar esto! Tras unos minutos me vino la consoladora respuesta: que ese anciano de barba blanca, apoyado en dos bastones y mascando un puro jamaicano era un farsante, no el auténtico Mr. Holmes.

            Desde luego, no voy a refunfuñar que sólo Sir Arthur Conan Doyle podía escribir historias sobre Holmes (y Watson). Ni voy a negar que haya grandes aproximaciones al personaje por otros autores. Soy un acérrimo fan de la serie “Sherlock”, de la BBC, y, siempre que puedo, veo la estupenda “La vida privada de Sherlock Holmes”, una de las maravillas de Billy Wilder (con el llorado Sir Christopher Lee interpretando a uno de los mejores Mycrofts Holmes de la Historia). Así que si Mr. Cullin hubiese triunfado, sería el primero en proclamarlo con gran alegría. Pero no es el caso.

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            Admito que leí el libro en buena parte por curiosidad ante la inminente película protagonizada por Sir Ian McKellen (un actor magnífico al que hace años que no le dan un papel a su altura). Ahora veré el largometraje con mayor curiosidad aún: sé que de noveluchas se hacen grandes películas y mantengo la esperanza de que sea el caso.

            Estamos en el año 1947 y el supuesto Mr. Holmes lleva décadas retirado en una casa de campo de Sussex. Hasta ahí, bien. El Doctor Watson nos advertía del retiro de Holmes, donde, entre algún que otro ataque de reumatismo, se dedicaba tan campante a la apicultura, en la nota previa a “El último saludo de Sherlock Holmes”. ¿Qué iba a encontrarme, pensaba yo en esas primeras páginas? ¿Un caso que venía a sacarle de su apacible vida campestre, ayudado por el despierto y silencioso hijo de su ama de llaves? ¿O, tal vez, al gran cerebro apagándose, por la edad, con un Holmes enfrentado a sus límites, en un drama como Dios manda? ¿O, y esta era la mejor opción, ambas cosas? Pues ninguna de ellas.

            Sí, hay un caso. Sí, el pseudo-Holmes se da cuenta de que su memoria ya no es lo que era. Pero nada tiene demasiado interés. Hay tres arcos que se entrecruzan en esta novela. La vida del anciano entre sus abejas, con el ama de llaves y el hijo de esta. Un caso que Holmes se pone a escribir, rememorándolo. Un viaje a Japón. O sea, Holmes cuida de sus abejas, Holmes recuerda una batallita, Holmes va de viaje. Como diría Moriarty, ¡vaya por Dios, Mr. Holmes, vaya por Dios!

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            La parte en Sussex es tremendamente aburrida. Da ciertas pinceladas de la enclaustrada vida del supuesto ex-detective, tiene lugar una tragedia azarosa y poco más. Hay algún apunte aislado sobre las menguantes (aunque tampoco es para tanto) capacidades mentales del protagonista. Sin embargo, Mr. Cullin retrocede ante la opción de indagar más en esa mente, en ese espíritu. Nos hurta un examen psicológico hondo, tal vez por suerte. Nos quedamos sin sentir, o, al menos, yo no lo sentí en ningún momento, un ápice de preocupación, interés o simpatía por el vejete que de cuando en cuando no recuerda cómo llegó a esta habitación y gruñe para sí mismo.

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            La parte japonesa es aún peor. Aparte de ciertas reflexiones superficiales sobre la bomba atómica, algunas curiosidades culinarias niponas y ver al pseudo-Holmes de parranda con un digno caballero japonés, sigo sin verle el menor sentido a todo lo que ocurre durante ese viaje. Cada capítulo dedicado a Japón terminaba con un “ajá, ajá, ¿y qué?”, por mi parte. La indagación del señor Umezaki sobre su perdido padre en los recuerdos de su invitado inglés es de un tedio insoportable.

            ¡Y el caso! ¡Por el amor del cielo! Mr. Cullin parece creer en ocasiones que hasta que no llegó él nadie había hecho que Holmes escribiera un caso propio. Para empezar, Conan Doyle ya lo hizo en, al menos, una ocasión (“La aventura de la melena de león”). Estamos de acuerdo, creo, casi todos los lectores del verdadero Holmes que cuando Watson toma la pluma la cosa mejora literariamente, pero en fin, eso no deja de ser una cuestión de perfeccionismo. Si el caso nos atrapa, ya hay mucho ganado. Pero este relato insertado en la novela demuestra que escribir una buena historia de detectives, como sabía Chesterton, es muy complicado. El caso de “La armonicista de cristal” no entraría en ninguna antología detectivesca, mucho menos en una holmesiana. No hay por dónde cogerlo. La razón honda de por qué se mete en la novela es risible. Holmes, parece, entra en melancolía y reflexiona sobre la falta de amor en su vida.

            No voy a reírme de la idea de un Holmes melancólico y amante. Se ha hecho. Y se ha hecho bien. Irene Adler, en el relato y en la serie de la BBC antes citada, es obvio que engancha a Holmes. En la película de Billy Wilder, Holmes está enamorado hasta la barbilla del personaje femenino principal. Pero montar todo un caso, que no tiene ni misterio, ni gracia, para decir que Holmes, en un encuentro breve, quedó obsesionado con la mujer de un cliente, sin más, y luego acabar la novela… Esto suena un tanto a estafa. Además, insisto, hablar de amor con Holmes y no mencionar a Adler, no tiene sentido alguno.

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            Salvo en pequeñas ráfagas, no reconocí a Holmes en una sola página. Las burlas a su famosa gorra de cazador eran esperables, ya se han hecho, pero aceptables. El que Holmes diga que siempre llamó John a Watson no sólo contradice de plano la fuente original, contradice a la era victoriana entera. Cierto que Benedict Cumberbatch llama “John” a Martin Freeman; pero en una adaptación al siglo XXI. Lo ordinario en nuestra época es tutearnos y llamarnos por el nombre propio. Pero dos amigos íntimos e ingleses decimonónicos antes se hubiesen dejado quitar el opio que no usar los apellidos. “-Si cogemos el tren de las 8:15 de Warterloo estaremos allí a media tarde, John –Vamos allá, Sherlock”. ¡Por favor!

            Hagan este experimento: piensen que el protagonista de la novela no es Mr. Holmes. ¿Qué queda? Una novelita olvidable, bastante mediocre, que casi nadie hubiese leído. Piensen que es Mr. Holmes. ¿Qué hay? Un insulto a muchas horas, años, siglos de lectura. Elijan ustedes.

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