Con un vaso de whisky

junio 17, 2015

Dilema en un tren

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:56 pm
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            Les voy a hacer una confesión, si me perdonan la indiscreción. Tengo tendencia a leer en lugares más o menos públicos. Sé que, igual que la escritura, el lugar más adecuado para la lectura es el hogar de cada cual o una biblioteca, esos lugares que sirven para aumentar de manera temporal la librería de uno, además de ser centros de condena para estudiantes y opositores o coto de caza amorosa para estudiantes y opositores.

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            Sin embargo, si se es lector, se es un adicto, así que se procura leer cuándo y dónde sea. En un autobús, en un metro, en un tren, en un avión, en un parque, en una cafetería, en la sala de espera del médico y en el banquillo de los acusados, sea o no con ulteriores motivos que el mero gusto literario. Mi depravación, lo admito, llega al punto que a menudo me voy a una cafetería, con un libro bajo el brazo, con la intención, premeditada, de leer allí. No es accidental, es planificado. Qué quieren, leer mientras se pide una taza tras otra de café o, dependiendo del día, un vaso tras otro de vermut, es uno de los placeres de la vida.

            La vida, sin embargo, tiene sus equilibrios. Si uno quiere disfrutar impúdicamente de la lectura ante el mundo, tiene que asumir que el mundo tal vez intervenga. Esto coloca al lector, en ocasiones, ante dilemas delicados.

            Supongamos, por ejemplo, que usted, querido lector, está en un tren. Ante usted, una hora de viaje. En sus manos, un poemario de respeto, “Anatomía Comparada de Cefalópodos y Bivalvos del Báltico”, en cuyos octosílabos (salvo en el Canto II, donde se opta arriesgadamente por el verso blanco) pretende perderse, con el traqueteo de los raíles acompañando la cadencia de la rima. Ahí está usted, con la lengua ligeramente sobresaliendo de entre los labios, ante un encabalgamiento que ni se esperaba. Y, de repente, una jovial voz, un golpecito en el hombro, “Anda, Fulano, tú por aquí”. Levanta usted la cabeza, enfoca al intruso.

a young woman reading a paperback on a train journey.

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            Aquí empiezan los problemas. El intruso puede entrar en tres categorías básicas: “amistosa”, “indiferente”, “ser molesto convencido que pertenece a alguna de las anteriores”. El lector tiene varias opciones: dirigir al intruso una mirada tan vacía como la de una sepia y seguir con la lectura; sonreír amablemente, con el libro desafiante y abierto en las manos, musitar alguna trivialidad, volver a la lectura en cuanto el tipo éste comprenda que sobra; o cerrar el libro. Pero para llegar a una de estas tres soluciones hay que pasar por un proceso mental tan complejo, barajando tantas opciones, sopesando tantas variables, a tal velocidad, que el mismo Hamlet pediría un poco de clemencia.

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            La Ley esencial sobre la que tomar la decisión es esta: la persona del Lector es sagrada e inviolable; una persona leyendo no debe ser interrumpida. Como dijo Victor Hugo sobre la oración, “meditar en la sombra es cosa grave”. Pero como toda Ley universal, es acosada por un enjambre de matizaciones, de contextos, de circunstancias.

            Pueden ser de índole más bien calculadora. Es posible que el intruso sea una molestia, pero está, por caprichos de la vida, en situación de causarnos un bien o un mal. Así que el lector, según su naturaleza, sacrificará un bien por otro, dependiendo de si da más valor a esa influencia del intruso o a las estrofas que estaba saboreando. Es la eterna lucha entre el hombre político y el hombre moral. No seré yo quien diga que uno u otro debe ser el triunfante en toda ocasión; hay ocasiones y ocasiones.

            El lector, soberano, puede decidir que la persona que le ha interrumpido merece la interrupción tanto como París una misa. Tal vez el lector cierre el libro con gran alegría ante el intruso, que ya no será intruso, sino visita caída del Cielo, y ni se acuerde ya de aquel el resto del trayecto o incluso más allá. Hasta es posible que decida utilizar el libro, rebajándolo de fin a herramienta, en su encuentro con el tercero. Claro que ahí el lector ha pasado a ser conversador (en qué tipo de conversación esté metido es otro asunto) y las reglas cambian por completo.

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            El dilema más grave, el más complicado, es el que se plantea entre un lector que está decidido a seguir siéndolo y un intruso indeseado e indeseable, que no tenga poder alguno sobre el lector. Este caso, en absoluto de laboratorio, pone a prueba el temple de las personas.

            Porque esta sociedad nuestra, llena de defectos, ha decidido, mediante una supuesta mayoría tácita, que si el intruso interrumpe al lector está actuando con normalidad y hasta con simpatía, mientras que si el lector le manda a hacer puñetas, de modo más o menos explícito, se está comportando como un imbécil. Cuando, en este caso concreto, es justamente al revés. Quien está siendo un perfecto idiota es el intruso. Intruso que, ustedes lo saben tan bien como yo, toma asiento, dando por descontado el permiso, ante nosotros en el vagón o en la mesa, e inicia el asalto, pasando de un simple saludo a una charla en toda regla; charla que guarda, casi siempre, un sospechoso parecido con un soliloquio. Si esta sociedad fuera más digna de mérito, el lector desenvainaría su estoque (por supuesto, los lectores llevarían estoque) y marcaría al infractor de un modo visible, aunque no letal; esta marca sería valorada por futuros lectores interrumpidos como prueba de reincidencia, lo que justificaría un correctivo más severo.

            Lo malo es que, casi siempre, aplastados por el peso de la cortesía mal entendida, cerramos el libro (aunque lo mantenemos entre las manos, gesto de resistencia más patética que heroica) mientras esbozamos una sonrisa congelada, replicamos con monosílabos al cretino éste, convencido de que nosotros estamos tan encantados como él por el encuentro y la posibilidad de la charla. Porque, evidentemente, el que estuviéramos leyendo se debía a que nuestro aburrimiento era tal que a eso habíamos terminado por recurrir. Porque quién va a leer por el gusto de leer, ¿verdad?

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            Mientras, para desquitarnos, dejamos caer algún comentario pasivo agresivo al besugo bocazas que se empeña en darnos palmaditas en la rodilla cada vez que hace un chiste particularmente abominable, reflexionamos que ojalá el intruso hubiera sido una visita del Cielo. Y consideramos que incluso hay otra posibilidad, más rara, más preciosa e incluso, puede ocurrir, más agradecida aún que el celestial. El otro lector.

            La lectura es una actividad esencialmente solitaria. Más aún, es esencialmente egoísta. Estoy bastante de acuerdo con esa sentencia lapidaria de Harold Bloom. Es solitaria como cualquier acto creador (quien crea que la lectura es pasiva, no activa, tiene que replantearse cómo está leyendo). Considero que la experiencia estética del lector, del espectador, del oyente es siempre, en el fondo, irreductiblemente personal. Dicho esto, ciertas artes pueden disfrutarse tanto en soledad absoluta como en una más relativa. Una película puede verse con otra persona, y la experiencia cambia. Un concierto puede escucharse en medio de una multitud y la experiencia no es la misma que en la intimidad de la casa de uno, por varios factores. Un cuadro puede contemplarse y comentarse con un compañero, aun un compañero circunstancial. Pero la experiencia es propia.

            Sé que no es tan raro que existan lecturas en público. Demonios, Dickens leía sus propias obras y la gente se pegaba por escucharle. Sé que hay recitales de poesía en clubes y cafeterías, en teatros y salones. Pero algo en todo ello me rechina. Una novela leída en alta voz por su autor o por otra persona puede asemejarse al teatro leído, pero para ello harían falta varios lectores o uno auténticamente proteico. Mi incapacidad para escribir poesía es absoluta; sé, pese a ello, que la poesía ha de leerse en voz alta. Ahora, yo creo que su más íntima esencia está en recitarla en soledad, en la intimidad, el lector frente al poema, tratando de domarlo o de sobrevivir a él. La lucha que el poeta tuvo ante el papel en blanco la tiene reproducida ahora el lector frente al papel lleno de letras. Puede leerse un poema, ajeno o propio ante otro u otros, sí, e incluso permitir que otros lo hagan. Dejar que alguien lea nuestras poesías ante otros puede ser una experiencia cruel para ciertos autores, sobre todo si el lector no acierta con la enunciación y la puntuación. Si el propio autor no acierta con su propia puntuación, algo que he presenciado, los guardianes de la Lírica deberían llevárselo arrestado. Algo de la pureza se pierde con esa lectura que casi puede mutar en discurso.

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            Y pese a todo lo que he dicho, pese a lo solitaria que es la lectura, la realidad se empeña en desbaratarme mis pulcros esquemas, se empeña en mezclar, se empeña en hacer borrosas las fronteras. Porque es posible, como digo, que aparezca otro lector, un lector amigo o desconocido y se ponga a leer a nuestro lado. Una de las más altas muestras de amistad es la de aquel que te ve leyendo, saluda de manera silenciosa y, sin imponerse, saca su propio libro. Entre los dos lectores se establece una comunión extraña, sutil. Si existe una relación previa, puede que uno enseñe al otro de repente un pasaje particularmente poderoso de su propia lectura. Puede que más tarde lo haga el otro. La relación queda entonces en el fiel de la balanza, decantándose ora por la lectura, ora por la conversación. Sea que caiga uno u otro platillo, no será un veredicto lamentable.

            Se lee solo. Pero se puede leer solo en acompañamiento, y esta mutua compañía de soledades es uno de los más misteriosos espectáculos del espíritu humano; tanto más misterioso cuando es gloriosamente cotidiano.

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            Sin embargo esto no hay quien se lo explique al tipo este que lleva dándole la tabarra ya casi cuarenta minutos. Ah, pero mire, que se levanta, hemos llegado a su parada, se despide con una última muestra de ese ingenio tan suyo, se abren las puertas, ya ha bajado al andén, las puertas se cierran, el tren sigue su marcha y usted, lector, puede por fin abrir de nuevo su libro y bailar entre los versos.

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