Con un vaso de whisky

marzo 3, 2015

Leones, lobos y cuervos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:30 pm
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            “Wolf Hall” es ya una de las Joyas de la Corona de la BBC. Su primera temporada, seis horas rutilantes, bellas y serenas como gemas. Un tanto frías, en apariencia, pero con una llama en el corazón, que las ilumina. Una obra preciosista, pausada, donde las intrigas, los odios, las pasiones, son tan temibles como siempre, pero tienen la deferencia de sacarse el sombrero y hacer una inclinación.

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            Basada en las brillantes novelas de Hilary Mantel, la historia que nos narra es conocida. No en vano relata una de las épocas críticas de Inglaterra, que se engarza dentro de una de las épocas críticas de Europa. Enrique VIII, Anne Boleyn, Catalina de Aragón, Thomas More… y Thomas Cromwell. La ruptura entre Roma y Londres. La antesala de la Era Isabelina.

            Podría hacerse una comparación con “Los Tudor”, esa serie que trató de retratar los mismos eventos. Sin embargo, el mayor mérito de “Los Tudor” era llenar la pantalla de atractivos jóvenes de ambos sexos, con gran querencia por la gimnasia de dormitorio. No me entiendan mal, es un mérito que puede ser estimado en lo que vale. Pero no obliguen a esa fiesta universitaria con calzas a compararse con estas seis horas maravillosas.

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            Si nos ponemos a comparar, que sea con otra gran obra, “A man for all seasons” (aquí traducida como “Un hombre para la eternidad”). Es una de mis películas favoritas y cuenta, en parte, la misma historia. Las perspectivas son, sin embargo, radicalmente opuestas. La película, desde el punto de vista de Thomas More (y, en ocasiones, roza la hagiografía de un modo algo tramposo). Las novelas de Mantel y la serie comentada, adoptan la postura de Cromwell. Es razonable, pues, que los retratos que de uno y otro personaje se nos den difieran bastante; más aún si tenemos en cuenta que no fueron, precisamente, grandes camaradas, los dos Thomas. Lo más probable es que la verdad estuviera en una mezcla. De hecho, el More de “Wolf Hall” es, en mi opinión, un tanto excesivo: un ultramontano, conservador, esnob y displicente vejestorio. Incluso en The Guardian se escribió un artículo en defensa de este filósofo y mártir, tanto cargan las tintas contra él (aunque eran unas tintas cargadas desde la novela).

            Como quiera, no obstante, que estamos tratando de una serie, no de un ensayo histórico, que éste sea el único “pero” que le pongo ya da una idea de lo descomunal que es. En mi opinión, al menos.

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            Siempre que comento una serie de la BBC destaco el aspecto formal. En este caso no lo resalto, lo exalto. Desde la gran adaptación de Ricardo II, en “The Hollow Crown”, no había visto un alarde técnico, fotográfico, de vestuario, de iluminación, de ambientación, como éste. Es una serie pictórica. Cada plano, cada secuencia, cada escena, podría ser un cuadro. La capacidad que tiene esta obra para crear su propia atmósfera, envolvernos en ella hasta engullirnos sin que nos demos cuenta, es fascinante. Ayuda mucho una banda sonora sutil como pocas. Hace bien poco me quejaba de la falta de bandas sonoras memorables, abundando en las que se limitan a coadyuvar en la creación de atmósfera. En este caso, me como mis palabras: la delicada música que acompaña a las escenas (melodías sencillas y repetidas varias veces) es perfecta.

            Luego, están los guiones, con sus diálogos, sus silencios, sus saltos hacia atrás, en los recuerdos del protagonista, sus miradas, sus gestos. ¡Qué guiones! La vida privada de Cromwell, relatada en las novelas con una exhaustividad en ocasiones un tanto cargante, se ve aquí reducida, aunque en modo alguno se olvida, en aras de la vida pública, la gran trama política, cortesana.

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            En fin, los actores. Una vez más, hablando de la BBC, ¡qué actores! Damian Lewis logra que me olvide del sargento Brody, nada más ver esa barba pelirroja, esos ojos azules, esos ropajes majestuosos. A su Enrique VIII le falta quizás una pizca de sutileza. Este Tudor era, al fin y al cabo, un gran seductor, un músico no desdeñable, parece, y no tenía una pizca de tonto. Como león real, cuya ira rugiente puede hacer palidecer a cualquiera, cuya amistad jovial abraza a quienes, si le desagradan, serán despedazados, funciona. Un déspota poderoso, ambicioso, rutilante, generoso, pero tan voluble que resulta un peligro para favoritos y enemigos por igual.

            La galería de aristócratas, unos mejor perfilados que otros (me encanta la venenosa Lady Rochford), hacen un tanto de coro. De Thomas More, encarnado por Anton Lesser, ya hemos hablado. Claire Foy interpreta a una Anne Boylen muy distinta, de por ejemplo, la encarnada por Natalie Dormer: la suya es una reina mezquina, envidiosa, que goza humillando a quienes están a su alrededor, aun cuando se le concede cierta dignidad en su caída. Bernard Hill es un Duque de Norfolk tan brutal, tan áspero, tan grosero, que funciona por contraste con los demás personajes, secundarios o principales, mucho más sutiles. Su contrapunto perfecto puede ser el resbaladizo Stephen Gardiner, un Mark Gatiss más cercano a la babosa que a la serpiente.

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            Me van a dejar que le dedique unas líneas aparte al venerable Jonathan Pryce. Cualquier amante de Terry Gilliam conoce a Mr. Pryce, un actorazo como la copa de un pino. Aquí se mete en los ropajes escarlatas del cardenal Wolsey, y es el retrato más amable que he visto de este político “incomparablemente hábil” (More sobre él, en la película citada), un maniobrero de cuidado. Bien es cierto que, como siempre, se adopta la perspectiva de Cromwell, su protegido, y que lo vemos en su decadencia, no en su esplendor. Siempre es más sencillo mostrar simpatía por un poderoso caído que con uno en plenas fuerzas. Hay, así, un punto del Wolsey de Shakespeare (un “administrador retorcido”, según Bloom), en “Enrique VIII o Todo es verdad”, que tiene estas melancólicas palabras para su leal mano derecha: Oh, Cromwell, Cromwell, si tan sólo hubiera servido a mi Dios con la mitad de celo con que serví a mi rey, no me habría dejado a mi edad desnudo frente a mis enemigos. Aunque Pryce, con su zorruna sonrisa, es más humorístico que trágico en su melancolía de vencido.

            Y, por último, él, el lobo entre leones y cuervos, la serpiente diplomática, el humanista reformador, el superviviente despiadado, el hombre de rostro impenetrable, el maestro de fantasmas, Thomas Cromwell, interpretado de manera apabullante por Mark Rylance, un grande desconocido para mí hasta ahora. Interpretar a un político que, como un Fouché, tiene en su autocontrol la mayor de sus bazas, es complicado. Hay que saber dar sentido a cada movimiento de ceja, a cada fruncimiento de labios, a cada carraspeo, a cada media sonrisa, a cada gesto de una mano. Rylance lo consigue. Logra que, cuando Cromwell no lo permite, ni el mayor dolor, por una pérdida cercana o por un amor anhelado que se le escapa, se delate, lo cual vuelve aún más atormentado el vacío de su mirada. Logra, igualmente, que las breves expansiones de alegría, ternura, desprecio, rabia u odio sean más vívidas. Si Norfolk es el contrapunto de Gardiner, Cromwell lo es de su señor, el vehemente Tudor. Rylance lleva el peso de esta serie monumental en sus delgados hombros, revestidos por una sobria pelliza. Como un titán impasible, lo soporta sin esfuerzo aparente.

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            Así que, si aún no la han visto, afortunados mortales, tienen seis horas de placer por delante. Los demás, esperamos que lleguen nuevos episodios. En los que, me parece, Cromwell estará rumiando las palabras que Shakespeare puso en boca de su mentor.

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