Con un vaso de whisky

diciembre 16, 2014

Memorias de un verdugo

            Hermanos hombres, dejadme que os cuente cómo ocurrió. No somos hermanos tuyos, me replicaréis, y nos importa un bledo. Y es muy cierto que se trata de una tenebrosa historia, aunque también edificante, un auténtico cuento moral, os lo aseguro. Existe el riesgo de que resulte un tanto largo, porque, bien pensado, sucedieron muchas cosas, pero a lo mejor no tenéis mucha prisa; con un poco de suerte, no andáis mal de tiempo. Y además no es algo ajeno a vosotros; ya veréis como no es algo ajeno a vosotros.

            Así comienza “Las Benévolas”, la novela de Jonathan Littell, autor estadounidense, escrita en francés, las ficticias memorias del Doctor Maximilian Aue, miembro de las Schutzstaffel, las Escuadras de Protección, las temibles SS; memorias que nos llevan de Berlín a Polonia, de París a Stalingrado, donde sucedieron hechos nada ficticios.

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            Esta novela compleja, larga y difícil no tiene un argumento claro. Ni los nombres musicales de sus partes (Tocata, Alemandas I y II, Courante, Zarabanda, Minueto en rondós, Aire y Giga) ni su título, ofrecen muchas pistas. Las Benévolas eran deidades griegas temidas aun por los olímpicos, encargadas de castigar al parricida, sin hacer caso de excusas, atenuantes u órdenes ajenas. Es, por cierto, el título del penúltimo volumen de la gran obra de Neil Gaiman, “The Sandman”, que, si no han leído, deberían empezar ya; de nada. Seguimos. Aunque hay unos personajes que aparecen hacia la mitad del libro y pueden ser un mordaz remedo de estas diosas vengativas, es algo que queda abierto a la interpretación y dejaré que sea usted, lector, el que se enfrente al acertijo.

            Se trata, lo advierto, de una lectura ardua. Aunque también de una lectura hipnótica. Ciertas páginas se vuelven áridas, calculadamente, diría yo, pero al párrafo siguiente no podía dejar de leer durante decenas y decenas de folios. Memorias extrañas, su autor (quiero decir, el Doctor Aue) varía su estilo considerablemente. Puede ser el más gris burocrático, al exponer la retorcida estructura del Tercer Reich, digno de un notario, al narrar las reuniones de los jerarcas y de los cuadros medios nazis, para pasar a uno propio de corresponsal de guerra, al describir, con un realismo hiriente, las miserias del día a día en la guerra, de un minucioso observador al exhibir el genocidio; pero también de un visionario enloquecido cuando se trata de narrar pesadillas (y pocas novelas con escenas oníricas más perturbadoras he leído) o de un pensador cínico, culto y refinado al pasar al primer plano sus personales opiniones.

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            Es también una lectura inquietante; a ratos, demoledora. No tanto por la exacta descripción de las salvajadas de los nazis o de la guerra. Leo que Vargas Llosa escribió que uno cree saberlo todo ya sobre el vertiginoso salvajismo con que los nazis se encarnizaron por liquidar judíos. Jonathan Littell nos revela que no, que todavía fue peor, que los crímenes, la inhumanidad de los verdugos alcanzaron cimas más altas de monstruosidad de lo que creíamos. Son páginas que quitan el habla. Con todo respeto hacia un Nobel de Literatura, discrepo. No en que quiten el habla, sino en que nos la quiten por los detalles de las atrocidades nazis. Pese a que tanto revisionista por ahí a veces haga parecer lo contrario, el Holocausto, su horror hacia judíos, eslavos, gitanos, homosexuales, enemigos políticos, religiosos y otros grupos minoritarios (cada uno por motivos diversos, no voy a entrar en un debate histórico sutil) está muy documentado y expuesto. El mismo Aue, cuando es destinado a Auschwitz, desestima describir de manera prolija el funcionamiento del campo, precisamente, porque cientos de libros ya lo han hechos y no es cosa de repetirse.

            No, lo siniestro del libro está por otros lados. Por ejemplo, en la insensibilidad que logra causarnos al tercer relato de un crimen de guerra. El estilo es tan frío que hace falta un auténtico esfuerzo de voluntad y de inteligencia para no perder la perspectiva y seguir siendo consciente de lo terrible que estamos leyendo. Y eso no es, en absoluto, lo peor.

            Dos aspectos, creo, son los más temibles de esta narración. La eliminación de la cultura como escudo ante el horror y que el horror se vuelva nuestro único contexto.

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            Amos Oz, en su emocionante “Contra el fanatismo” dice más o menos (cito de memoria): “ojalá pudiera deciros: leed y con ello estaréis inmunizados”. Sin duda, leer, leer mucho, leer variado y saber leer ayudan a mantener a raya el fanatismo. Pero aquí tenemos a Aue, un jurista culto, un melómano, un amante de lo bello, un hombre que busca la compañía y amistad de científicos, filólogos, un lector de poesía y refinada literatura. Que es un nazi, y que debate de manera sofisticada contra sus oponentes ideológicos, defendiendo la cosmovisión hitleriana con pleno convencimiento. Las dudas que le asaltan en ocasiones son sobre matices, sobre detalles que no acaban de encajar, no sobre el sistema ideológico nacionalsocialista. Aue podría haber sido una fuente de Rosa Sala Rose para su excelente “Diccionario crítico de símbolos y mitos del nazismo”. La cultura, la erudición, la sutileza de pensamiento, no nos inmunizan contra el totalitarismo ni el genocidio.

            En esta novela, una amplia mayoría de con cuantos Aue se relaciona es nazi, más o menos convencida. Al principio podemos rechazar con un gesto digno cualquier diferencia entre ellos. ¡Nazis todos! Pero llega un momento en que la escritura de Littell (o de Aue) nos tiene tan atrapados que vemos, las diferencias. Les pondré dos ejemplos.

            En momento dado, las SS y la Wehrmacht tienen un enfrentamiento por si una minoría étnica es o no judía. Si es judía, será exterminada; si no lo es, no. Como la Wehrmacht ve uso en esa minoría en la guerra contra los soviéticos, aboga a su favor, presenta informes etnográficos, análisis de peritos lingüistas, para demostrar que no son judíos. Las SS oponen sus propios estudios. Aue se queja de que ninguno busque la verdad, sino ganar a sus rivales en un juego de política interna, para ver quién manda más. ¡Qué vergüenza, ignorar pruebas claras, torcer los hechos, por una cuestión de influencia política! Aue es honesto. Su honestidad admite que una población sea exterminada. Los motivos de los militares serán cínicos, pero si ganan ellos, cientos, miles de personas, salvarán la vida.

             En otra ocasión, Aue entra en contacto con un juez militar encargado de investigar la corrupción en las SS y, en especial, entre los encargados de los campos de concentración y exterminio. Este juez, honrado y escrupuloso, recibe presiones por todas partes para que no toque a elementos bien relacionados que se están lucrando, malversando bienes del Estado. Aue le admira. Hay que acabar con la corrupción, fuente de todo mal. Sin ella, la sociedad podrá finalmente ser más justa y benéfica, lograr sus objetivos. Claro que será sociedad del Tercer Reich.

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            En varios momentos hay que tomar aire, pues. Dar un paso atrás. Ver que el lago donde nadan estos peces, unos honestos, otros corruptos, unos supervivientes (como Thomas, el amigo de Aue; es curiosa la relación de Thomas y Aue, un poco de Buero Vallejo, el hombre de acción y el hombre de pensamiento) es el del nazismo y que los que luchan por aclarar sus aguas desean que la ideología nazi sea cuanto antes una realidad incuestionada. Oh, Aue no es, desde luego, un matón, ni un psicópata que asesino a cientos por el placer de hacerlo. No, él extermina por otros motivos. Puede ser sano, de cuando en cuando, caer en la cuenta que la corrupción de un sistema no implica per se que ese sistema, limpio, sea digno de ser servido.

            Aue, en varias ocasiones, rechaza la acusación de inhumanidad como una excusa del resto del mundo para desvincularse de los nazis. Es un debate interesante, y debo decir que estoy de acuerdo con el narrador. Igual que otros. Es la tesis de la profesora Sala Rose; se repite también en la notable película “Vencedores o vencidos”. Ver a los nazis como demonios inhumanos es una forma de auto engañarnos. Por eso, quizás, me parezca un poco trampa que el mismo Aue, tan ilustrado, tenga un grave trauma psicológico. Su obsesión enfermiza con su hermana, que le impide vivir su propia homosexualidad con calma, aunque ofrece algunas páginas memorables, puede dar a algún lector una salida fácil. ¡Ah, veis cómo estaban locos todos, de una manera u otra! Locos, locos, de verdad, sólo al final, en ese Berlín derrumbándose en el caos.

            Densa, desagradable en muchas ocasiones, gélida, pasional, documentada hasta lo exhaustivo, realista, onírica, tenebrosa, desasosegante. Mil páginas de horrores, de miseria, de ironía, de humanidad. Mal que nos pese.

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