Con un vaso de whisky

noviembre 25, 2014

La Raíz (y V)

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 6:41 pm
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            Sam y Higgins son personajes creados por @Ismurg y empleados con su permiso

             -Yo soy escritora, señorita Higgins. Creo que eso pesó en su decisión de aceptar mi caso. Jamás he publicado un libro, fuera de éste. Cuando, siendo casi una niña empecé a escribir, algo me llamó la atención: aquellos que leían y conservaban mis escritos, sufrían cambios en sus vidas. Nada espectacular. Como si de repente ciertos anhelos o miedos menores se volvieran más tangibles. Mi madre obtuvo un ascenso, mi mejor amiga perdió su perro y jamás volvió a aparecer. Cosas así. No les di importancia.

            “Pero al crecer empecé a preocuparme, a ver cierto patrón. Cuanto mejor escritora me volvía, cuanta mayor era la calidad de mis obras, mayores eran los cambios en las vidas de aquella gente a la que regalaba alguno de mis trabajos. Lo analicé con cuidado, sin llamar la atención. Comprobé que un lector casual apenas sufría cambios. Uno habitual, sufría modificaciones pequeñas, pero regulares, en su día a día. El que tuviera un manuscrito o una copia, ah, sí, entonces sí ocurría alguna cosa como…- Pécuchet se interrumpió, se pasó la mano por la frente- Da igual. Me asusté. Me juré que nadie leería nada más de lo que yo escribiera, que dejaría de escribir, si hacía falta. Sin embargo, al final, era escritora. No pude mantener mi promesa. Durante años, lo conseguí. Pero terminé quebrantándola. Escribí un libro. Éste. Todas las energías que había mantenido a raya llenaron este libro. Apenas dormí o comí hasta terminarlo. Casi sin esforzarme, una editorial de cierta importancia me descubrió y decidió publicarlo. No una tirada amplia, pero sí generosa para una autora novel. Y yo accedí.

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            “Fue un éxito. Se vendieron todos los ejemplares. La editorial preparaba una segunda edición. No obstante, al pasar el momento de euforia, me sentí inquieta. Decidí, antes de dar mi permiso (había conservado ciertos derechos importantes en mi contrato), investigar a quienes habían comprado mi libro. Empecé por gente cercana, conocida. Me quedé helada. No eran ya cambios menores. Su vida había dado vuelcos, desde el día en que compraron su ejemplar y lo leyeron. En algunos al empezar, en otros al acabarlo. A uno se le había suicidado su hijo, otra había encontrado el amor de su vida, tras décadas de infeliz matrimonio, la tercera había tenido un golpe de suerte fabuloso en la Bolsa. Pero más preocupante era que, mientras en el pasado los lectores habían sufrido los cambios de manera pasiva, ahora, algunos parecían estar, hasta cierto punto, guiando estos cambios, de un modo no deliberado, pero tampoco absolutamente inconsciente.

            Pécuchet tamborileó los dedos sobre el maletín.

          -¿Se da cuenta? De repente, Cenicienta podía decidir regresar a la una de la madrugada. El genio podía conceder cuatro o cinco deseos, o ninguno. De pronto, había gentes capaces de modificar la forma de su vida de un modo más allá de las capacidades humanas. Por tanto, también su contenido. Y mi libro era la herramienta para ello, por algún extraño don que se me había arrojado.

            Sonrió de súbito.

          -Hay quien dice que los escritores son vampiros, chupando la vida de los demás para alimentar sus obras. Yo era algo peor: un demiurgo que contagiaba a sus lectores. Gracias a mí, ellos podían alterar su realidad… y lógicamente la de los demás.

             -¿Cómo es posible?- preguntó Higgins, queda.

           -No lo sé. Pero lo era. Y no podía continuar. Comuniqué a la editorial que no habría nuevas publicaciones. Se pusieron como locos. También mi agente (creo que luego se dio a la bebida, pero eso no es culpa mía, estoy tranquila, jamás leyó dos líneas seguidas de un solo libro). Amenazaron con un proceso. Una panda de matones de patio, en fin. Me mantuve firme y desistieron. Entonces usé mi dinero para comprar cada ejemplar. Cuando fue necesario, empleé medios… discutibles. Pero los conseguí recuperar todos. Salvo uno. Éste de aquí.

          -¿Y qué ha hecho con los otros?- Higgins parecía haber olvidado las reglas de aquel interrogatorio, pero Pécuchet tampoco dio muestras de mucho celo, porque replicó sordamente:

             -Destruirlos.

              Higgins quedó lívida. Pécuchet continuó, sin que su voz se alzara, con una entonación cada vez más sombría:

            -¿No comprende el gran cambio que Bouvard ha supuesto? Sólo él ha sido capaz de aprovecharse del libro de manera consciente, verdaderamente consciente. El interior de la cabaña es la prueba. Eso no es casual, ni puede no haber sido notado, es algo querido por ese coleccionista de libros. ¡Una biblioteca gigantesca que cabe en una pequeña cabaña, lejos de todo! ¡Un sueño para alguien así! De los mastines, en fin, no estoy segura. Y fue, con todo, un ejercicio limitado, de alguien menor. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que llegue una mujer o un hombre con voluntad e imaginación? No tiene que ser alguien de inteligencia o talento superiores; pero sí alguien a quien el libro alimente y que, tal vez, alimente el libro, en una espiral hacia quién sabe dónde. ¿Qué podría hacer alguien así? No voy a esperar a averiguarlo. Soy la creadora de esta maldita cosa. Así que asumiré mi responsabilidad y destruiré a mi criatura.- Pécuchet se detuvo, jadeando un poco; apuntó con un vago dedo a la biblia- En ese otro libro, el Creador decide volverse el Destructor ante las consecuencias de lo creado. Yo no necesito un Diluvio.

             -No lo destruye todo.- replicó Higgins- Y jura no destruir nunca más.

            -Sí, sí. ¿No es curiosa la idea de esos hebreos? Un ser omnisciente que se arrepiente de su propia obra y luego se arrepiente de haberse arrepentido. Una concepción muy dubitativa de la divinidad. Pero yo no soy ningún dios vacilante. Ni optimista. Haré lo que debo.

            -¡No!- no fue un grito, fue una negación seca, que paralizó toda la habitación un instante.

           -¿No?- tosió cordial, Pécuchet.

            -No. No tiene derecho.

            -¿No tengo derecho?- había una incredulidad casi ultrajada en esta pregunta- ¿No tengo derecho? Es mi libro. Mi creación. Mío. Tengo perfecto derecho a hacer con él lo que considere oportuno.

            -No es cierto. Dejó de ser su libro en cuanto alguien lo leyó. Entonces fue también suyo. El escrito es del escritor hasta que pone el punto final. Entonces ya no es sólo de él. Pertenece a quienes lo leen. Porque sin lector no hay libro. Y cada lector puede reclamar el libro como suyo. Hay tantos libros como lectores. El escritor no tiene derechos superiores. Es uno más.- Higgins había hablado muy deprisa, dando la sensación de un carrete de cable que se desenreda a toda velocidad y va a romperse con un chasquido de un momento a otro.

            -¿No ha oído lo que he explicado? ¿Lo que hace este libro? ¡No puedo permitir que continúe! No puedo permitir que él o su contenido o lo que sea siga cambiando la vida.

            -Es sólo lo que todo escritor sueña- dijo Higgins- ¿Para qué escribir si no es para cambiar de alguna manera la vida de la gente? No puede destruir un libro por hacer demasiado bien aquello que es su esencia. No puede destruir para siempre un libro. Eso es un crimen. Eso es asesinato.

               -Pero alguien…

               -Podría usarlo, sí. Escriba otro.

                -¿Qué?- por primera vez Pécuchet se mostró desconcertada.

           -Escriba otro. Si no le gustan los efectos que tiene éste, haga lo que debe hacer un escritor. Combátalo escribiendo. Escriba otro libro. Deje sin efecto su anterior obra con la nueva. No la destruya. Siga adelante. Dice que tiene un don. Aprenda a usarlo. Conózcalo a fondo. Porque lo único que he escuchado con claridad de toda esta historia es que lleva toda su vida asustada de ser quien es.

            Pécuchet clavó los ojos en la moqueta, largamente. Luego se volvió al maletín. Lo abrió con un movimiento nervioso. Sacó el libro. Lo sopesó entre sus manos. Acarició el lomo con el pulgar. Alzó la mirada y se encontró con la fija de Higgins. Sin desviarla, metió la mano en un bolsillo de su americana y extrajo un pequeño objeto cilíndrico. Un moderno mechero soplete, ideal para encender un fuego en cualquier circunstancia. Lo activó. Lo acercó a las páginas del libro.

            Higgins se proyectó hacia delante.

            No fue un mero salto, fue una embestida, veloz e imparable. Las manos de Higgins aferraron por el cuello a Pécuchet. Ésta dejó caer libro y mechero. Cayó hacia atrás. Se golpeó la nuca con el canto de la mesa. Los ojos de la escritora se llenaron de lágrimas, los de Higgins no. La sangre de Pécuchet manchó las manos de Higgins. El cadáver quedó sobre la moqueta.

            Sam se puso en pie, tras un par de segundos. Higgings flotaba cerca del cuerpo. Daba la impresión de estar arrodillada. Miraba con mirada vacía la mancha roja oscura que se extendía blandamente. Sam dio dos zancadas, recogió el libro. Recogió el mechero. Prendió fuego al libro.

            Higgins giró la cabeza, desorbitados los ojos, preguntando sin palabras, horrorizada por todo.

            -No cobraremos.-dijo Sam- Pero acordamos que le entregaríamos el libro. Así que se lo entrego.

            Con el libro en llamas entró en el cuarto de baño y lo lanzó al plato de la ducha. Dejó correr el agua. El libro era un amasijo de papel y cenizas irreconocible.

            -Los pactos deben cumplirse.- murmuró; luego exclamó,- Vuelve al farol. Nos vamos de este puto motel y de este puto estado. De una vez.

            Cortó el agua. Cayeron dos gotas, dip-dip. Luego, silencio.

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