Con un vaso de whisky

noviembre 18, 2014

La Raíz (IV)

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 7:11 pm
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Sam y Higgins son personajes creados por @Ismurg y empleados con su permiso

           Higgins y Sam escucharon el motor (probablemente también el encargado; lo cierto es que no salió de su oficina, dejando sus motivos a la especulación). La reacción de Higgins fue cerrar la biblia y posarla con cuidado sobre la mesilla de noche. La de Sam, acercarse a la ventana, levantar las persianas venecianas y abrirla (sería la única ventana abierta del motel). Después, colocó el maletín sobre la mesa que hay en toda habitación de motel. Finalmente, se sentó en una silla, de manera que quedó mirando de frente a la puerta; con la mochila y su contenido a mano.

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            Picaron a la puerta. Cuatro golpes, en intervalo rápido, el cuarto un poco más espaciado. Higgins sonrió.

            -Está abierto.- dijo Sam.

            Giró el picaporte. Entró una mujer.

            Tendría unos cincuenta años, era baja, corpulenta, de pelo corto; vestía un traje pantalón gris y zapatos de tacón bajo. No parecía agobiada por el calor, pese a ello. Llevaba un punto intermedio entre el bolso de mano y el maletín. Unos ojos miel con vetas cobrizas observaban tras unas gafas de montura de concha.

            No muchos, pensó Sam, al entrar esta mujer en un salón atestado advertirían su presencia de buenas a primeras. Pero sí, pensó Higgins, advertirían su ausencia de cualquier lugar en el que hubiera permanecido un tiempo.

            Esos ojos batieron la habitación, demorándose uno o dos segundos en la mochila de Sam (sin que hubiera reacción), en la biblia de la mesilla (una leve sonrisa bailoteó en sus labios rectos), en el maletín, en fin (y un relámpago iluminó las vetas de cobre.

            -La señora Pécuchet, sin duda.- dijo Sam, negándose aquella vez, también, a ser fiel a las palabras del condenado Stanley.

            -Y usted es Sam. Y usted es Higgins.- repuso ella, aceptando la afirmación de Sam con ese “Y”; tenía una voz carnosa, que, de alguna manera, meditó el detective, no cuadraba con su aspecto.- Y, por seguir confirmando hechos probables, ese maletín contiene lo que les encargué encontrar y entregarme.

            -Y, por lo cual, vamos a ser pagados.-apostilló Sam.

            -Obviamente.

            -No.- dijo Higgins- Usted acaba de decirlo, confirmamos hechos probables. No obvios. Ni notorios.

            Pécuchet sonrió, exhibiendo unos dientes de buen tamaño. Fue una sonrisa natural, espontánea, de persona estrictamente risueña, que, como la carnosidad de la voz, tampoco cuadraba, pese a ello. Sam tuvo una imagen de aquella mujer como un collage, de partes auténticas individualmente que parecían artificiosas al conjugarse.

            -En tal caso, permítanme que compruebe si el contenido probable es, en efecto, el cierto.

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            Con movimientos tranquilos, se dirigió al maletín. Sin moverse ni mediar palabra, Sam le lanzó la llave. Pécuchet no la cogió al vuelo. Tuvo que agacharse para recogerla de la moqueta. No pareció irritada ni humillada. Abrió el maletín, cogió con cuidado lo que contenía (sí, aquí hubo un leve temblor), extrajo un libro de simples tapas negras, lo posó, cauta, sobre la mesa. Acto seguido, de su bolso extrajo una pequeña linterna. Abrió el libro por la primera página, por aquella donde nunca hay nada escrito, y la barrió con la luz violácea, hasta que una marca se reveló en la blancura. Entonces suspiró, satisfecha.

            -Es auténtico. Hice colocar estos ex libris en cada uno de los volúmenes publicados. Sí,- repitió, esta vez como para sí misma- es auténtico. Radix omnium malorium.

            La espalda de Higgins adquirió un nuevo tipo de rigidez; no era ya de mera defensa frente al mundo, ahora había un matiz de alerta.

            Pécuchet metió el libro en el maletín, lo cerró, guardó la linterna. Ya sólo falta que ordene la transferencia, se dijo Sam, y podremos largarnos de este motel de mierda y volver a algún lugar que parezca civilizado.

            -¿Me permite una pregunta, señorita Higgins?- esto cogió a Sam por sorpresa; a Higgins era difícil saberlo.

            -Si usted me permite otra, luego.

            -Muy bien. Pero mi respuesta dependerá, en buena medida, de cómo conteste usted.

            -Conforme.

            -Cuando ese djinn juguetón le encerró para el resto de sus días en ese farol tan bien oculto bajo la cama, ¿le permitió salir de manera completa bajo alguna condición? Quiero decir, de modo que toda usted salga y se mueva de manera independiente sin ataduras.

            Muy quieta, muy calma, con esa calma terrible del hielo antes de quebrarse, Higgins respondió:

            -Sí.

            Pécuchet esperó unos segundos. Como Higgins no añadiera nada, indicó:

            -Haga su pregunta.

            -¿Qué va a hacer con ese libro?

            -Enmendar un error.

            -¿Qué significa eso?- exigió ásperamente Higgins.

            -No, recuerde que mi contestación dependía de la suya. No espere más de lo que entregue, querida mía. Puede, claro, permitirme otra pregunta y yo aceptaré una más de usted.

            Una inclinación de glaciar.

            -¿Cúando puede usted salir por completo de su farol?

            -Cada día, por mi propia voluntad, en la hora que hay antes de la aurora. En esa hora puedo ir a donde quiera, pero cuando llega el alba, regreso al farol. Esté yo donde esté, esté él donde esté.

            -Ah, la hora del lobo. Le tocó a usted un djinn de gustos poéticos algo sombríos. También algo inexacto. Depende de la estación, de la longitud y de la latitud, su hora es una u otra. Pero es esperable de un espíritu que encierra a una bibliotecaria en el mismo farol que usaba para rebuscar entre libros que no debía, ¿eh?

            Higgins no dijo nada; la mano de Sam rozó la mochila.

            -De todos modos, ese djinn cumplió con sus obligaciones. Quiero decir que podía sencillamente encerrarla, maldecirla sin más. Tenía que haber algo, una regla, una condición, una excepción. Eso es importante. Cada historia necesita esto. Usted tiene su regla o su excepción, según se mire. ¿Por qué la hora del lobo? Bueno, ¿por qué el genio de la lámpara concede tres deseos? ¿Por qué Cenicienta debe regresar antes de las doce? ¿Por qué a Pinocho le crece la nariz, precisamente, al mentir? Porque sí. Porque es preciso. Porque sin esas limitaciones no habría historia, porque una historia exige forma y la forma es algo delimitado, por definición.

            -Entonces, yo soy una historia.

           -Eso ha sonado como una afirmación, no como una pregunta. No tema, querida, no se la habría tenido en cuenta. ¿Le ofende ser una historia? ¿Preferiría ser un sueño del Rey Rojo, como temía Alicia? Yo no.

            Higgins aferró con manos crispadas las sábanas.

            -¿Qué significa enmendar un error?

        Pécuchet torció un poco los labios, en el gesto de quien debe afrontar una cuestión no por esperada más agradable.

            -Contestar hace conveniente una pregunta a su compañero. Créame, no trato de dar largas. ¿Me permite?

            Higgins meneó la cabeza, en hosca aquiescencia.

            -Sam, ¿puede decirme si en la recuperación de mi libro ocurrió algo fuera de lo común? O, siendo usted quien responde, ¿en su línea de trabajo?

            Sam no iba a mostrarse tan infantil como para indicar que aquella forma de ningunearlo, de pedir permiso a Higgins a fin de interrogarlo (como si fuera un criado o un objeto al cual antes de dar uso hay que pedir venia al dueño) le había molestado. Le había molestado. Le había molestado que le molestase, Pero la vida está llena de molestias; no valía la pena tenerlas en cuenta todas. Así que explicó, sin adornos, con prosaica fidelidad, lo que había pasado en los alrededores y dentro de la cabaña de Bouvard. Pécuchet escuchó con interés; Higgins, que ya había escuchado lo ocurrido, no separó la mirada de ella.

            Cuando acabó el informe, Pécuchet, que apenas sí se había movido para apoyar su peso ora en un pie, ora en otro, se dejó caer en la silla que acompaña obligatoriamente a la mesa en las habitaciones de los moteles.

            -Con otra persona lo que voy a decir exigiría muchas más explicaciones y nunca estaría segura de si habría sido creída. Pero no con usted, señorita Higgins, ni con usted, señor Sam.- lo añadió con elegancia, como quien se ha dado cuenta de su fallo y sabe corregirlo sin dejar claro que es una corrección, porque ello ahonda en la humillación, propia y ajena, del primer error.- No, con ustedes no será necesario, por eso les contraté, porque saben encargarse de asuntos como estos.

            Hubo un minuto de silencio (ni un segundo menos, ni un segundo más, Higgins lo contó) y Pécuchet, con un carraspeó, pero sin vacilar, comenzó su historia.

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1 comentario »

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