Con un vaso de whisky

noviembre 12, 2014

La Raíz (III)

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 7:37 pm
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              Sam y Higgins son creación de @Ismurg y han sido empleados con su permiso

           La nieve crujía bajo las sandalias, pero no cedía. Dura y resistente, como cemento con una capa de azúcar glasé, aguantaba el peso de que Sam imponía en cada uno de sus sigilosos pasos. Uno después de otro, se fue acercando a la cabaña, dejando atrás los árboles, igual que antes había dejado atrás el camino medio oculto por el barro helado y, antes incluso, la carretera donde la furgoneta esperaba paciente a su dueño.

          Sam se reacomodó la mochila. El farol tintineó, osciló, precario el enganche, en apariencia, pese a que Sam se había asegurado de que una ventisca negra podría azotar con toda su energía que farol y mochila seguirían tan indisolublemente unidos como un matrimonio tridentino. Higgins nunca tendría quejas en ese aspecto, al menos.

           Sacó del interior de un bolso un catalejo, lo desplegó y oteó los alrededores. No se veía bicho viviente. La propia cabaña parecía desierta, ni una voluta de humo salía de su chimenea, ni una luz en las ventanas (el amanecer estaba despuntando, aunque el Sol tardaría en aparecer y unas tozudas nubes no renunciaban a su porción de cielo); pero la cabaña no mostraba signos de abandono, ante la puerta no había nieve acumulada en demasía, bloqueando el acceso, los cristales estaban limpios. Alguien se ocupaba de aquel refugio en la montaña. Y como no había vehículo en los alrededores, fuera de la furgoneta de Sam, y no había marcas en la nieve que indicaran la llegada y marcha de ninguno (en los últimos días, seguro, ni en las últimas semanas, probablemente), era prudente concluir que ese alguien estaba dentro de la cabaña. Teniendo en cuenta, además, que esa cabaña tenía dueño y dicho dueño no dejaba que nadie, salvo él mismo, entrara en ella, Sam podía atreverse a poner nombre al tal alguien.

             Bouvard. Su cliente se había reído, con una risa extraña, hueca, distorsionada por el teléfono, cuando Sam le comunicó que las pesquisas habían dado fruto, que el consultor que había adquirido el volumen les había confesado por cuenta de quién había actuado. “Bouvard, qué apropiado, en ese caso les puedo darme un nombre, o dárselo a ustedes. Si él es Bouvard, yo debo ser Pécuchet, es lo justo.” Sam no había entendido. Higgins, sí, por el leve fruncimiento de labios que en ella hacía las veces de sonrisa (o no del todo de sonrisa, porque no tenía ninguno de los mil matices que una sonrisa puede desplegar para ser significante de mil significados, sino más bien era su gesto para dar a entender que encontraba algo ingenioso o, incluso más exacto, que reconocía algo como ingenioso sin que ello implicara que le moviera a la risa, ni que le divirtiera, ni que despertase en ella ninguno de los sentimientos, emociones, sensaciones que pretende despertar el ingenio, o que despierta aun sin pretenderlo). Así que habían seguido el rastro de este Bouvard. Hasta allí.

         Plegó el catalejo, lo guardó, dio otro par de pasos, aún bajo la protección de los silenciosos abetos. Pronto no tendría más remedio que salir a campo descubierto, si quería seguir aproximándose. En lo alto de una pequeña colina, un terraplén, en realidad, aunque a veces parecía una colina con todas las letras, sólo unos segundos, sin vegetación, ni formaciones rocosas, ni obstáculos para la vista, ni escondites para un visitante indeseado o no. Salvo por que no había foso, el señor de la cabaña había parecido pensar en el emplazamiento de un baluarte. Quizás lo fuera, para su propia soledad. Sam podía simpatizar en parte con dicho propósito, aunque más bien porque los individuos que necesitaban un refugio tan alejado de la soledad estaban mejor en él y, cuanto más tiempo, más felices serían individuo y sociedad.

snow-hut

            El ataque no fue del todo inesperado. Es la desventaja de un terreno despejado: se ve llegar al enemigo, pero el enemigo te ve venir a su vez. Cuatro perros, mastines habría observado Sam, de haber tenido alguna noción canina. Pero no la tenía; para él eran cuatro moles de músculos, sobre cuatro patas robustas, unas cabezas enormes y unas bocas llenas de dientes ansiosos por comprobar cuánto podían hundirse en su carne. Lo cual, si uno lo piensa, era una noción más que suficiente en aquellas circunstancias.

           Aunque los perros se acercaban a una velocidad preocupante, Sam tuvo tiempo para unas medidas indispensables. Abrió la mochila, sacó de ella una hachuela, metió dentro el farol, cerró la mochila y cubrió la misma bajo una capa de nieve de varios centímetros. Luego cogió dos pedruscos. Uno lo colocó encima de la mochila, con esos centímetros de nieve en medio. El otro lo lanzó contra el mastín que iba en cabeza, con bastante buena puntería.

        El animal lo atrapó al vuelo con la boca y lo hizo pedazos. Un hilillo de sangre le goteó de las quijadas. Sam masculló una blasfemia.

          Los mastines se estaban volviendo más grandes a cada zancada, y no por el mero cambio de perspectiva. Sam agarró el mango del hacha de determinada manera y ésta también creció, proporcional, hasta alcanzar el tamaño de un hacha de leñador capaz de poner nerviosa a una secuoya. Afianzó las piernas, hizo oscilar el hacha, la equilibró, aguardó. El primer perro, ahora del tamaño de un puñetero ternero, le sacaba distancia considerable a sus compañeros y no tenía los buenos modales de esperar por ellos. Cargó contra Sam, con la lengua colgante.

           Sam se dejó caer hacia atrás, sin doblar las piernas, igual que un tronco derribado. Pero el hacha estaba firme en sus manos, y los brazos estaban extendidos, de manera que el filo esperara en el lugar justo. El perro pasó por encima de Sam, hasta encontrarse el filo del hacha, que cortó piel, tendones, músculo. Sam, giró a su derecha, esquivando la sangre y las entrañas en su mayor parte. Se puso en pie de un salto. El perro, tendido sobre una mancha roja que la nieve chupaba, ávida, gruñó de dolor e impotencia. Dos hachazos más, en el cráneo.

        Sam se encaró entonces a los otros tres. Pudo comprobar, al dar un vistazo a su alrededor, que yo no había tres, sino uno. Uno que ocupaba el volumen de tres. Que tenía tres cabezas. Que parecían todas ellas igual de ansiosas por despedazar al intruso que cuando remataban cuerpos separados, lo cual era un gesto de tranquilizadora continuidad en aquel mundo cambiante.

        Lo que siguió, según comentaría más adelante a Higgins, fue la prueba incontestable de que los combates han de tener coreografía, porque son una danza. En el caso del combate con hacha frente una monstruosidad policéfala, una digna de una discoteca, la música sintética bramando y dos o tres drogas de diseño distintas y de mezcla desaconsejable en el cuerpo. Al final, el hacha se impuso al diente y la garra. A cambio, sí, de que Sam recuperase la mochila todo lo rápido que fue capaz, sacara con manos temblorosas cierta cantimplora, bebiese todo su contenido, hasta la última gota, aun sabiendo que ello implicaría pasarse una semana entera, a partir del día siguiente, en un estado cuasi comatoso, aunque siendo capaz de percibir el dolor que retorcería cada nervio de su cuerpo. Pero le había permitido ponerse en pie, coger mochila y hacha, llegar hasta la cabaña, abrir la puerta de una patada. Porque el baile, hay que admitirlo, diría luego Sam, no te deja con ganas de mostrar modales de vizconde.

         Al entrar, pudo reprimir la exclamación: “Me cago en la puta. ¡Es más grande por dentro!”. Pero lo pensó.

        Porque lo era.

private-library

            El interior de la cabaña era un inmenso salón octogonal, con una amplia chimenea, un sofá, un diván, un sillón con orejeras, un pequeño comedor y por encima de todo, alrededor de todo, cubriéndolo todo, estanterías llenas de libros, hasta un techo que se vislumbraba mucho más arriba de donde debería estar. Una biblioteca inmensa, interconectada por corredizos con barandilla, adarves de madera, escaleras, desde una de las cuales, según pudo apercibirse Sam, luego de unos segundos de parpadeo, le observaba un hombre encogido.

          -El señor Bouvard, espero.-dijo Sam con el tono algo cansado de un cartero que ha llegado a su último buzón y está soñando con su casa (de ahí el “espero”, nada del “supongo” de Stanley, ese periodista engreído).

           El hombrecillo, mudo, pálido, descendió con lamentable lentitud. Sus ojos no se separaron del visitante, ni tan siquiera cuando pisó mal un escalón y a punto estuvo de desnucarse. Cuando llegó a ras de suelo, se retorció las manos una vez. Después, se quedó inmóvil, como una estatua que sudara frío.

          -Señor, le confieso que no tengo interés en estar aquí mucho rato. Vengo a buscar un libro. Un volumen muy concreto. Quien me ha contratado me ha probado que es suyo. No se moleste en negar nada. Sé que ese libro fue adquirido por Carl Spector. Él fue el último poseedor en la lista oficial. Pero no lo consiguió para él mismo, sino para usted. También sé que no se encuentra en ninguna de sus otros inmuebles en este país, señor. He buscado en cada uno. Sólo me queda éste. En el que usted lleva recluido los últimos dos meses. Así que, señor Bouvard, ¿por qué no nos hace un favor a los dos y me da el libro?

        El hombrecillo tuvo una especie de convulsión nerviosa; Sam bien podía haberle dicho que le entregara su hígado de una vez. Luego se limitó a negar con la cabeza, de un modo lento, mecánico, inconsciente.

       -Señor Bouvard, no me apetece, créame, pero si hace falta haré astillas su biblioteca hasta encontrar ese libro.- ¿Fue una simple impresión, o el farol se agitó dentro de la mochila?

      -¡Pero es el último!-sopló Bouvard, su garganta semejaba una caña hueca- ¡El último ejemplar! ¡Lo más cercano que existe al manuscrito original! ¿No lo comprende? ¿No comprende lo que significa tener este libro?

          -Lo que sé es que me han contratado para recuperarlo. Y yo cumplo mi parte en los contratos.

        -¡Ah, ah, pacta sunt servanda.- murmuró Bouvard; luego dirigió a Sam una mirada de angustiada esperanza- ¿Cuánto le paga? Porque doblo la oferta. ¡No! ¡La triplico!

           Sam meneó la cabeza. Cierta gente siempre intentaba esa negociación patética. Al principio, Sam trataba de explicarles por qué no podía aceptar. El respeto a la palabra dada, la reputación como hombre fiable ante futuros clientes, el respeto a su compañera (una vez se asoció con Higgins), el orgullo profesional… Algunos hasta lo comprendían. Pero todos ellos, sin excepción, todos los de cierta clase se aferraban a la negociación, que era lo mismo que decir a la negación. Porque no podía ser, sencillamente, no podía ser, que no hubiera forma de que ellos, al final, se salieran con la suya, pagando, pactando, prometiendo. Así que había dejado de intentarlo. Y por eso no perdió resuello con Bouvard.

        Escrutó la estancia, sin ver vitrinas ni atriles expositores. Hubiera sido demasiado fácil, en un coleccionista como Bouvard. En cambio, sí había un pequeño escritorio, cerca de una lámpara de pie. Un escritorio con secreter. Así que se echó el hacha al hombro, enfiló hacia el escritorio, incluso tuvo ánimos de silbar una melodía (“Dixie”; ¿por qué carajo “Dixie”? Hay cosas inexplicables). Bouvard mantuvo el tipo hasta que Sam alzó el hacha. Antes de dejarla caer ya estaba alzando los brazos en un gesto de rendición.

         -¡Tenga la llave!-gimió, tendiéndola- ¡Deje el mueble! ¡Podría dañar el libro con esa hacha infernal!

         -Casi, pero no.- sonrió Sam. Cogió la llave, encontró el cajón donde encajaba, lo abrió.

         Y allí estaba.

        Unos segundos después, el libro iba a buen recaudo, dentro de la mochila, colgada del hombro de Sam. El farol oscilaba. Sam traspasó la puerta hacia el exterior, sin una mirada a Bouvard, derrumbado, sollozando, en su sillón, rodeado de libros que, ay, no eran el libro. Una bofetada de viento le recibió. Con una simple ojeada identificó la dirección hacia la que tenía que ir para llegar hasta la furgoneta. Tras de sí, en la nieve, dejó los cadáveres destrozados de cuatro mastines.

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2 comentarios »

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