Con un vaso de whisky

octubre 20, 2014

La Raíz (I)

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 6:04 pm
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        Sam y Higgins son personajes creados por Ismurg (@Ismurg) y de su propiedad, empleados con su permiso. Imagen por Ismurg

             La máquina de hielo estaba estropeada.

           Casi treinta grados centígrados. Las once de la noche. Se suponía que el puñetero desierto podía abrasarte los huesos durante el día, a cambio de congelarte los cojones por la noche. Pero no. Al menos, no en esta parte. Tal vez el desierto creyera que si había una carretera, un motel y una gasolinera a seis millas ya no era tan desierto y no tenía que respetar las reglas. Así iba el mundo. Ni en el desierto se podía ya confiar ya.

        Un perro aulló. O tal vez un coyote. Sam no estaba seguro, nunca se le había dado bien distinguirlos. Perros, coyotes, lobos, chacales. Tenían rabo, cuatro patas, dientes y más o menos el mismo tamaño. Porque un chihuahua o un yorkshire, evidentemente, era un pariente de los hamsters o de algún ser aún más indigno.

        Sam se secó la frente con el brazo. Sopesó volver a la habitación, coger el hacha y usarla como argumento definitivo en su discusión con la máquina del hielo. La Historia estaba de su parte: había sido empleado en conflictos aún más peliagudos. Y eso que este tampoco era desdeñable. Porque en la habitación no había aire acondicionado. El ventilador del techo era un sarcasmo traqueteante. En el minibar había una botella de ginebra que un barman con dignidad no usaría ni para desinfectar la barra. Y no tenían hielo. Porque la puta máquina estaba estropeada. “Si quieren hielo, usen la máquina que está junto a las escaleras, a la altura de la habitación cinco”, había dicho el encargado, sin apartar la vista del televisor portátil (la última ola de tecnología aún no había llegado a aquel motel; la penúltima, tampoco), donde una adolescente llorosa y de escasa ropa insultaba a sus padres porque el descapotable que le habían regalado era más pistacho que azul turquesa.

             Así que no había hielo.

              Y Sam tenía sed.

             Rezongando, subió los peldaños y desanduvo el pasillo hasta la habitación. Para su sorpresa, a medio camino se encontró con el encargado. Tenía cara de espantado, que en él era una mera variación de la imbecilidad. Miró a Sam mientras la distancia que les separaba iba menguando. Cuando quedó reducida a su mínima expresión, farfulló:

             -Tío, no me dijiste que estabas acompañado.

            -¿Ha estado en mi habitación?- peguntó Sam con tono neutro.

           -Llamaron.- replicó el encargado, a medias acusador, a medias azorado, como si no supiera muy bien qué estaba legitimado para sentir- Pidieron unas cervezas. No me dio tiempo a decir que no había. He tenido que ir a buscarlas a la jodida gasolinera.

          -¿Y por qué fue?- inquirió Sam, esta vez con la calma maliciosa de quien conoce la respuesta y sabe que quien debe contestar, no. De hecho, el encargado no fue capaz de articular palabra: boqueó un par de veces; finalmente, continuó su relato saltando por encima del obstáculo.

         -Entré para ver quién había llamado, ¿comprendes? Porque no podías ser tú, era voz de tía, coño. Así que entré. Y allí estaba la tía, leyendo, hostias, en la cama, como si la habitación fuera de ella.

            -Es una amiga.- dijo Sam- Se ha presentado de improviso. Lamento no haber dicho nada.

           El encargado podría muy bien haber argüido que no había más vehículos en el aparcamiento que su coche y la furgoneta de Sam; que tampoco había visto llegar ningún taxi; que la última línea de autobús había dejado de pasar por allí hacía cuatro años. Pero no dijo nada. Siguió su camino, tras una mirada confusamente airada. Al cabo de cinco pasos, se giró y disparó a la espalda de Sam su último cartucho:

             -¡Te cobraré las cervezas y la gasolina! ¿Te enteras?

             Sam giró el pomo, empujó la puerta, entró en el cuarto, fue a la nevera, cogió una lata del paquete de doce, abrió la misma, echó un trago (estaba tibia, era floja y sin cuerpo; pero había un rastro de alcohol en alguna parte), se rascó el cogote y suspiró:

            -¿Se puede saber qué le has dicho?

            Higgins, desde la cama, respondió con su voz fría, en la que una crítica puntillosa aguardaba su momento en cada sílaba.

           -“Porque el hombre y la bestia tienen la misma suerte: muere el uno como la otra; y ambos tienen el mismo aliento de vida. En nada aventaja el hombre a la bestia, pues todo es vanidad.”

            Pasó una página, alzó una ceja y apuntó:

            -Estaba gruñendo que no era una mula de carga de los clientes.

            Que una mujer en top negro y melena de caballo, con una mirada capaz de hacer sentir a un asesino a sueldo como un colegial pillado en falta esté inesperadamente en una habitación y te fustigue con semejante cita habría dejado fuera de juego a hombres más notables que el encargado. Sam tuvo un fugaz parpadeo de simpatía por él.

         Sam terminó la lata y fue a por otra sin hacer comentarios sobre la biblia que sostenía sus socia. Sería el único libro de la habitación. “Libros”, habría corregido Higgins. Y, con libros de por medio, Sam no debatía con Higgins. Bien, además, no habría sido exacto hablar de “único”. Al fin y al cabo por eso estaban allí. Se aproximó a un maletín, con cerradura, apoyado sobre la pared, invisible desde la puerta.

            -¿Por qué llamaste?

          -Tenías sed. Dijiste que sin hielo esa ginebra no se la darías a beber ni a un leprechaun con el mono. Tardabas en volver con hielo, así que supuse que había algún problema con la máquina. ¿Era así?

            -Sí.

            Una mínima sonrisa satisfecha.

            -¿Está buena la cerveza?

            Chasquido de la lata al abrirse, un trago lento.

            -No.

            -Oh.

            -Fue una estupidez. Agradezco el gesto.

            Higgins regresó a su lectura, dando por terminada la conversación sin más ceremonia. Sam tocó con el pie el canto del maletín, con más fuerza de la debida. Higgins le traspasó con los ojos, por encima de las gafas. Sam bebió un sorbo meditativo. Estuvo a punto de hablar. “Higgins, dime, si estuviera colgado de un acantilado, sí sólo tú pudieras ayudarme, pero necesitaras las dos manos y al sacarme el libro, un gran libro, que llevases en la mano se cayera al vacío, ¿caería yo o el libro?” Pero eso sería una especulación; Sam las odiaba. Además, ¿para qué hacer una pregunta a su socia cuya respuesta ya conocía?

           El ventilador dio un chasquido y ralentizó sus giros. Asco de motel. Al menos no llevaba libro de registro y sólo había una cámara, colocada en un ángulo tan astuto que enfocaba al encargado en su cubículo, pero no a los visitantes. Alguien iba a darle al imbécil ése una sorpresa muy desagradable un día. Miró su reloj. Su cliente llegaría de un momento a otro. O eso esperaba. Porque tendría cojones, carajo, que después de lo que había costado conseguir el libro éste, no viniera por él.

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1 comentario »

  1. […] Ir a la parte I […]

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