Con un vaso de whisky

septiembre 24, 2014

Urquhart versus Underwood

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:52 pm
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            Como decía el tipo trajeado de la NASA, destrozando por un momento las esperanzas de Homer, Podría decirse que los dos han ganado; pero si nos ponemos a concretar, Barney ha ganado. Bueno, pues si nos ponemos a concretar, entre la “House of Cards” estadounidense (en adelante HCUSA) y la “House of Cards” británica (en adelante HCUK), gana la segunda. Y si se batieran Frank Underwwod y Francis Urquhart, en duelo de mentes tenebrosas, el inglés se comería con puré de patatas al norteamericano. Además, las tres entregas de HCUK son las basadas en las novelas de Michael Dobbs.

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            No quiero decir con esto que Kevin Spacey lo haga mal, ni mucho menos. Mr Spacey es un actor que hasta cuando no le dan un papel digno de él sabe sacarle jugo. Aquí alcanza momentos notables. Pero es que Sir Ian Richardson es Sir Ian Richardson. Con sólo mover levísimamente los labios, en un amago de sonrisa, este grande lograría hacer temblar a unos cuantos barones del Infierno. La serie americana, en un homenaje calculado, se esfuerza en emplear ciertos recursos que HCUK utilizó con genialidad. Por ejemplo, le da a Underwood como marca de la casa los dos golpes secos en la mesa, con una atractiva explicación. Yo prefiero el sinuoso leitmotiv de Urquhart: You might well think that. I couldn´t possibly comment. Otro es charlar con la audiencia.

            La ruptura de la cuarta pared, con los monólogos directos al público, es algo que un aficionado al teatro conoce. Ricardo III, Yago o Edmund dirigen sus soliloquios, en parte al menos, al público, seduciéndolo. Fuera de Shakespeare, he visto hacer lo mismo dignamente a Groucho Marx (otro tipo de seductor) y a estos dos políticos. Spacey aprueba, pero está lastrado por el tono solemne de HCUSA. En cambio, Richardson despliega todo su talento, con miradas de refilón, medias sonrisas y tosecillas burlonas. Con momentos francamente cómicos (como cuando se niega a comentar cierta noche pasada con cierta mujer, pese a la insistencia de la cámara) y otros muy inquietantes.

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            No voy a negar, poniéndome estupendo, que disfruté de HCUSA, especialmente de su primera temporada e, hilando aún más fino, de la segunda mitad de esta. A cambio, he de decir que la segunda temporada se me hizo muy cuesta arriba y que, con escasas compensaciones (ver actuar a Molly Parker o escuchar el vozarrón de Reg E. Cathey es siempre un placer), vi los últimos capítulos casi por inercia.

            Una de las diferencias más notables entre ambas series es de atmósfera. Estando ambientada en Westminster, parecería natural que la británica tirase más por la pompa y circunstancia. Sin embargo, es HCUSA la que emplea un tono, un color y un ritmo más solemne, que, en bastantes ocasiones, se hace pesado como una losa. Vean los créditos iniciales de la versión norteamericana:

            Hay un consciente o inconsciente deseo aquí de ser el reverso oscuro de esa gran serie, “The West Wing”, cuyos créditos estaban acompañados de una optimista fanfarria. En cambio, vean lo concisa que resulta la apertura de HCUK:

            Aunque hay trompetería y vistas del palacio de Saint James, en cada nota amenaza un punto chirriante. Entre otros motivos, por eso prefiero HCUK. Porque se presenta con un aspecto teatral, en ocasiones casi histriónico, mucho más burlesco que su hermana estadounidense. Eso se percibe desde el monólogo inicial del protagonista presentando a sus rivales: más burlón, delicado en la fonética, cuasi shakesperiano, el recitado por Urquhart; más prosaico, más de perro de presa, el de Underwood. Pero lo que acecha tras la máscara del bufón es mil veces más tenebroso que las andanzas de Underwood en Washington.

            A partir de aquí, me temo, hay spoilers.

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            Ambas series parten de la misma premisa: Urquhart y Underwwod, chief whips de sus respectivos partidos, ven frustradas sus aspiraciones políticas; el Primer Ministro y el Presidente, en cada caso, no hacen honor a sus promesas y le escamotean el ascenso. Es el peor error que cometen. Voy a estar comparando a ambos políticos a cada paso, y aquí ya hay un punto interesante, tanto respecto de ellos mismos como respecto a sus mujeres, otros personajes de cuidado, Elizabeth y Claire.

            Francis Urquhart, rabioso ante esta traición, queda momentáneamente hundido por la humillación. Frank Underwwod, también airado, fuma en silencio mientras maquina qué hacer. La iniciativa, si no recuerdo mal, es suya y sólo suya. Claire se limita a exigirle que actúe como espera de él. En cambio, Elizabeth sirve de acicate a su marido en este primer momento.

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            Elizabeth Urquhart es un ser condenadamente perverso. Tiene ciertas similitudes con la Lady Macbeth de los primeros actos, sin su hundimiento posterior en el delirio. Claire, bastante despiadada y compañera leal de Underwood, no resulta ni una décima parte de malvada. Ambos matrimonios son una alianza pragmática. Underwood parece sentir un auténtico amor por su esposa (sólo pierde los estribos cuando la ve amenazada) y ésta un contradictorio afecto por él. Todo el triángulo de Claire con el fotógrafo de la primera temporada es sumamente tedioso, pero, igual que cierta escena de la segunda temporada, demuestra que Claire es una persona con afectos y apetito sexual. Elizabeth, no. El grito terrible de Lady Macbeth, Unsex me!, se ha hecho realidad en esa inglesa de edad madura y temible ambición vicaria. De un modo análogo, Claire tiene sus momentos de remordimientos, en los que las vidas que ha lacerado parecen pasarle factura. Elizabeth es, en cambio, inmune. No hay ni un solo momento en que se le vea ni el más leve atisbo de duda. Es un ser monolítico, pero un monolito de maldad que da gusto.

            Ya que estamos considerando estos aspectos, Elizabeth tiene una relación mucho más inusual con su marido que Claire, lo cual, para una conservadora británica de principios de los noventa, es meritorio. Dudo profundamente que Francis y Elizabeth hayan retozado juntos en alguna ocasión. Lo que si hace Elizabeth es proporcionarle presas a su esposo. Carne fresca. Y mentes frescas. Con esto pasamos un instante a una de las facetas más truculentas de Urquhart, que lo vuelven mucho mejor villano que Underwood.

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            Frank Underwood se acuesta varias veces con Zoe, la joven periodista yanqui. Como le dice brutalmente, el sexo sólo tiene que ver con el poder y sus coitos se enmarcan en un juego de poder y manipulación, donde cada cual trata de sacar provecho de la otra parte. Zoe jamás está rendida ante Underwwod. Ni Underwwod parece mostrar mayor interés en ese sentido. Francis Urquhart juega a otro juego muy distinto con Mattie, la joven periodista inglesa. Desde luego, la usa como peón en su partida. Sin embargo, y esto es decisivo, también la devora. La somete, la doblega y la fagocita. No sólo la posee físicamente, sino que la controla psicológicamente. Urquhart, con Mattie, no se limita a una manipulación estratégica: la convierte en su esclava. Una esclavitud con una inquietante faceta paternofilial. Urquhart se comporta como un sádico, bordeando la psicopatía. Y es aún más lúgubre que Mattie, en ocasiones, parezca en su mente una personificación de Inglaterra: poseyendo a Mattie, Urquhart goza de un modo físico su proyectado control del país. ¿No les había advertido que era más oscura la versión inglesa? De ahí que el asesinato de Zoe resulta para Underwood un movimiento extremo pero sin mayores consecuencias personales. En cambio, eso mismo causará a Urquhart un trauma, que trata de aliviar con otra presa, a la que también fascina y domina. Sin embargo, las pesadillas atormentarán desde entonces al pérfido político. En cambio, muchas de sus otras víctimas serán para él meros nombres en una lista.

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            Estas ansias por dominar de Urquhart lo diferencia también de Underwood. El bueno de Frank es un controlador, un arribista y un trepador sin escrúpulos. Es un amoral sin ideología, aunque milite en el Partido Demócrata. No es que lo critique. Miren a mis queridos Fouché y Talleyrand: eran eso, pero con mucho más talento e interés. Urquhart, en cambio, es un torie. Un torie de verdad, pata negra. La acción de HCUK comienza justo cuando Margaret Thatcher deja el cargo de Primera Ministra. Urquhart decide, tras el espaldarazo de su mujer, seguir el legado de Maggie y superarla, hasta convertirla casi en una comunista. Si bien en la primera miniserie, la ideología de Urquhart es algo de menor importancia (porque aquello es una lucha a muerte entre tories), en las dos siguientes (“To play the King” y “The final cut”), el flamante Primer Ministro dejaría sin aliento a los más fervorosos neoliberales. Hasta el punto que su inicial admiración por Thatcher se convierte al final en un desdeñoso regodeo, al considerarse más astuto, implacable y ambicioso que la Dama de Hierro. Demonios, Urquhart hace que el Rey de Inglaterra pase a convertirse en el jefe de facto de la oposición a su acción de gobierno. Lo cual presenta una deliciosa ironía: aquellos espectadores que no comulguen con la ideología de Urquhart apoyan de manera instintiva al Rey. Pero esto, como apunta con malicia el mismo Francis, implica apoyar a una institución no elegida contra una institución que tiene el apoyo del Parlamento, o sea, de los representes del pueblo, elegidos democráticamente. Jejeje. Además, desde luego, el pobre Rey no tiene nada que hacer contra una araña tan diabólica.

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            HCUK, la primera miniserie, son cuatro capítulos. De una hora cada uno. HCUSA son, por ahora, dos temporadas, de trece capítulos cada una. Cuando Underwood alcanza la Presidencia de los Estados Unidos llevamos veintiséis capítulos con él. Urquhart logra instalarse en el número 10 de Downing Street en cuatro horas. Esto es importante. Urquhart, bien apoyado por sus aliados, es un astuto manipulador, pero sabe que la rapidez es esencial. La primera miniserie inglesa consiste en ver cómo teje de manera frenética su tela, sonriendo cordial a todo el mundo, sin dejar que nadie vea sus propios fines. Un poco a lo Ricardo III (a quien parodia en una escena), Urquhart enfrenta a sus rivales y acaba con ellos hasta que comprenden, demasiado tarde, lo que ha ocurrido. La rapidez es esencial, porque si deja pasar mucho rato, sus enemigos empezarán a sospechar. Luego, una vez alcanza el poder, se quita la máscara. Sigue siendo un manipulador, pero ya no juega la carta de “el bueno y honesto Francis” (o Yago; no, me he pasado), sino que utiliza sin escrúpulo el chantaje, la desinformación, el terror y si se tercia, la violencia. Underwood se arrastra al Despacho Oval como un caracol. Cualquiera de los rivales de Urquhart lo hubieran calado al principio de la segunda temporada. Que Underwood triunfe no se debe a su brillantez, sino a la extraordinaria estupidez de quienes le rodean. Por eso, sobre todo, me decepcionó tanto la segunda temporada. Por eso y por tanta subtrama absurda, como el encoñe de Stamper con la pobre Rachel.

            Reconozco que, en ocasiones, Underwood resulta más empático. Spacey clava el papel en los episodios más introspectivos, como esa visita a la vieja alma mater de Frank o su indagación en su antepasado, muerto en la Guerra de Secesión. En cambio, Urquhart alcanza un estado demoníaco, de megalomanía, con su punto álgido en la última miniserie y que provoca, de manera irónica, una caída que en realidad afianza la obra de toda su carrera.

            Qué quieren. Prefiero reptar por Westminster que por el Capitolio. Ustedes son muy libres de ir donde les plazca. Desde luego.

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1 comentario »

  1. Thhis blog was… how do you say it? Relevant!! Finally I hwve found something which heled me.
    Thanks a lot!

    Comentario por cams porn — diciembre 10, 2015 @ 10:37 am | Responder


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