Con un vaso de whisky

mayo 2, 2014

Festines de vida y de muerte

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:09 pm
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            Desde la eucaristía cristiana al banquete de Odín en el Valhalla, la afición humana a agruparse en torno a la pitanza es universal; lo cual no deja de ser consolador, teniendo en cuenta otras aficiones humanas también universales. Claro que llegar, comer, beber y largarse fue pronto visto como señal de escasa educación (existen invitados que siguen haciendo exactamente eso, pero dispararles con un rifle de caza se entiende justo), por lo que bien pronto se buscaron razones sociales, religiosas o personales para celebrar estos eventos. En ocasiones, estas razones llegan incluso a ocultar a la propia comida, aunque bien es cierto que ello suele deberse a la poca pericia de la cocina. De todos modos, resulta bastante significativo que, junto a eros y caritas, agape sea una de las tres clases de amor humano, según ciertas clasificaciones, y que hoy día ágape signifique lo significa en el lenguaje no técnico.

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            Las cenas, comidas, banquetes y reuniones varias donde hay comida y bebida a espuertas llenan páginas de obras literarias, horas de cine y televisión y algún cuadro que otro. A poco que pensásemos, podríamos pasarnos horas rememorando escenas culinarias en el arte, lo cual no daría un hambre y una sed tremendas y ¿ven ustedes cómo empieza un círculo virtuoso, así, tan fácil?

            Hoy, si me permiten, les recomiendo dos películas que tiene una cena en el centro. Dos películas del mismo año, 1987, excelentes ambas. La predilección es aquí subjetiva. Esto es, que a uno le puede gustar más Dublineses que El festín de Babette, pero no decir que una es sustancialmente peor que la otra. Y conste que la primera fue la última película dirigida por John Huston, así que poca broma.

            No voy a entrar en un análisis cinematográfico de cada una de ellas. Tampoco haré comentarios sobre las obras literarias originales. No he leído ninguno de los relatos en las que están basadas (y eso que Dublineses se basa nada menos que en un relato de James Joyce), así que estaría fuera de lugar. Me limitaré a apuntar algunas ideas, señalar ciertas diferencias y recomendarles vivamente que las vean. Ojo, si pueden hacerlo con una botella de vino o de whisky, mejor. En compañía escogida, si cuadra.

            Vi ambas películas hace ya años. Volví a verlas hace cierto tiempo, con escasas semanas de diferencia. Fue entonces cuando percibí, con la ventaja de tener ambas recientes, el peculiar contraste que ofrecían. En las dos un grupo de personas se reúnen en torno a una mesa, para cenar. Y en las dos la cocina es de calidad. Y ahí se acaban las semejanzas.

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            Las atmósferas y las estructuras son radicalmente opuestas, así como los escenarios. El festín de Babette tiene lugar en un pequeño pueblo del norte danés, por Jutlandia. Dublineses, en una casa de la clase alta de la capital irlandesa. La película de Huston transcurre en una sola noche. La de Gabriel Axel ocupa varios años hasta llegar a la cena del título. Huston nos encierra en el domicilio al que acude el matrimonio Conroy y no nos deja abandonarlo más que al final, y sólo para encerrarnos en el dormitorio de estos. En cambio, por Dinamarca nos movemos con más libertad, aun cuando la mayor parte del tiempo lo pasemos en la aldea regida por un pastor presbiteriano que parece bondadosamente cargante y rígido, o sea, de la peor calse de bondad existente.

            Ambas películas, en el fondo, versan sobre el pasado y cómo su sombra se proyecta sobre el presente y el futuro. Esto resulta claro a medida que avanzan los metrajes. Pero en Dublín las referencias son más implícitas que explícitas, mientras que en Dinamarca nos lo cuentan francamente, a la cara.

            Así, casi la primera mitad de El festín de Babette nos narra la juventud de las hermanas Filippa y Martine, hijas del pastor. Las dos, en un momento dado, tienen la oportunidad de abandonar aldea, comunidad y padre. Una de la mano de un joven y ambicioso oficial; otra, siendo compañera de arte y vida de un célebre cantante francés. Todo el mundo se abre ante ellas. Y ellas rechazan al mundo. Resulta discutible, y daría para encendidos debates, si el responsable del rechazo es el padre (que, desde luego, se opone de manera cortés pero firme a los dos compromisos), si es decisión de las hijas o hay una mezcla de ambas. Lo seguro es que Filippa y Martine se quedan, envejecen en mutua compañía y, cuando muere su padre, pasan a ser ellas las líderes de la comunidad, preservando las enseñanzas y el recuerdo del pastor. No se nos muestran amargadas en momento alguno, sino en una peculiar mezcla de tranquilidad, resignación y satisfacción por su vida.

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           Pero el pasado está allí y no olvida. Y ese pasado les manda a Babette, carta del cantor Monsieur Achille Papin mediante. Una refugiada francesa, parisina, que debe reorganizar su vida en el adusto pueblo, una mujer inteligente, con gusto, que ha de saber vivir entre gente vestida de negro y blanco llueva o haga sol. Lo milagroso (y esta película es quizás la narración de un largo milagro) es que Babette vive, y vive felizmente durante años con las dos hermanas. Hasta que el mundo hace su movimiento, en forma de fortuna inesperada: un dinero que permitiría a Babette volver a Francia, recuperar su vieja vida o construir una nueva. Doloridas pero sin reproches, las hermanas libran a Babette de su servicio. Y Babette organiza un banquete de despedida.

           Ahora regresamos a ese banquete, pero viajemos un momento a Dublín. Porque allí el pasado también existe. De un modo más sombrío. El aire que se respira en la película de Huston es infinitamente más tenebroso. Es esta una película nocturna, e invernal. Es la cena de Nochebuena, aunque no hay mucho jolgorio angelical. Hay también dos ancianas solteronas, pero nada de serena felicidad. Toda la cena está envuelta en una capa de fría corrección. Es, en el fondo, una obra de teatro. Cada invitado sabe qué debe hacer, cómo debe comportarse, porque es lo que toca, lo que siempre se ha hecho, lo que siempre se hará. Conroy repasa, angustiado, una y otra vez su discurso, porque sabe que es su momento de gloria en la función, que si fracasa decepcionará a todos y a su vanidad la primera. Sólo el pobre Feddy es incapaz de seguir el texto silenciosamente acordado, y es por ello visto (con censura o compasión) como un indigno.

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          El título original de Dublineses es lo más directo de la obra: “Los muertos”. El espectador ha de preguntarse quiénes son esos muertos. ¿Los fallecidos de los que hablan y rememoran los comensales? ¿O los propios invitados? Mientras que en Dinamarca los fantasmas del pasado tienen la educación de regresar (Papin a través de su carta, sin rencor, el joven oficial, ahora general Löwenhielm, como un invitado al banquete), en Dublín ejercen su poder desde las tumbas, y hacen de los vivos propiedad de la muerte.

           He ahí la diferencia radical entre una y otra película. Babette gasta de manera generosa toda su fortuna en la preparación de un banquete como nunca ha habido (y seguramente, nunca habrá) en el pueblecito. Menos el general, hombre de mundo, ninguno de los invitados, los ancianos aldeanos, ha probado jamás los sabrosos y delicados manjares que se despliegan ante ellos. Ni tampoco probado esos vinos llenos de color. Poco a poco, una nueva vida enciende a estos seres buenos pero oscuros, la cual tratan de verbalizar torpemente; el mismo general siente un gozo de vivir que creía olvidado. El mundo ha ofrecido a Babette una vida en potencia y ella ha usado esa potencia para llenar de vida su ya hogar. Sus invitados y ella misma salen, un tanto achispados, a danzar bajo las estrellas.

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             Así, en Dinamarca ha habido un festín de vida, y el pasado ha engendrado un presente y un futuro no perfecto, no ideal, pero que se niega a abandonarse a la muerte antes de que llegue su hora, sea lo que sea lo que aguarde detrás. En cambio, en Dublín, la cena es tensa. Como si un horror aguardase, por debajo de las educadas maneras y las palabras de mutuo cariño. Acabada esa fiesta siempre a un paso del velatorio, Gabriel y Gretta regresan a casa. Y allí, en su intimidad, el pasado asoma la cabeza, por fin, el pasado perdido, irrecuperable, venenoso. Un pasado que ha convertido su presente y su futuro en una tumba y a ellos en seres que subsisten, sin poseer vida.

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             Dicen algunos que el vino consuela en el duelo y acompaña en la alegría. ¿Ven cómo el vino era buena idea, en los dos casos?

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