Con un vaso de whisky

marzo 13, 2014

Las chispas del agujero

            En los inicios de Tu rostro mañana (Javier Marías), el profesor Peter Wheeler, en  medio de otras, reflexiona: La vida no es contable, y resulta extraordinario que los hombres lleven todos los siglos de que tenemos conocimiento dedicados a ello, empeñados en contar lo que no se puede, sea en forma de mito, de poema épico, de crónica, anales, actas, leyenda o cantar de gesta, romances de ciego o corridos, de evangelio, santoral, historia, biografía, novela, o elogio fúnebre, de película, de confesiones, memorias, de reportaje, da lo mismo. Es una empresa condenada, fallida, y que quizá nos haga menos favor que daño. A veces pienso que más valdría abandonar la costumbre y dejar que las cosas sólo pasen. Y luego ya se están quietas.

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            Me topé con este fragmento al poco de acabar la nueva bandera de contradicción, True Detective. Por dejar claro en qué bando milito, me parece una de las obras más notables que he visto. Y que la HBO puede sentirse orgullosa de haber confiado en los señores Nic Pizzolatto y Cary Fukunaga. Y en los señores Harrelson y McConaughey.

            Pues bien, este excursus del anciano y astuto hispanista británico de la novela podría haber salido de los labios del detective (o del ex detective) Rust Cohle, bien para exasperación de su compañero Marty Hart en 1995, bien para sospecha de los investigadores, diecisiete años después. O también podría ir dirigido a nosotros, espectadores de esta historia, de esta narración, que intenta triunfar en esa empresa condenada.

            Hay grandes virtudes en esta serie, rutilante y poliédrica. Empezando por las más formales. Han sido ya destacadas por otras reseñas así que no voy a insistir mucho. Esta serie logra lo que otras llamadas a la inmortalidad: una imagen, un color, una apariencia propias. Cualquiera que haya visto The Wire, Breaking Bad, Carnivàle, o Deadwood, por poner unos ejemplos, reconoce de manera instintiva una escena de las misas, antes de que la consciencia confirme la impresión. Hay una atmósfera, casi un sabor y un olor, en ellas. También en True Detective. Y una iconografía (esos cuernos, tan parecidos y distintos a los de Hannibal), que desde los extraordinarios títulos de crédito, amasa la totalidad de la obra.

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            Es también muy acertada su brevedad. Esta serie podría haberse alargado de manera innecesaria, salpicándola de tramas y subtramas, de historias paralelas, a fin de ganar capítulos, de estirarla. Hubiera sido un grave error. La HBO toma nota de esa gran virtud de la televisión británica: si lo puedes decir en ocho horas, no uses nueve. Sé que habrá otra temporada. Pero será otra historia diferente.

            Porque en True Detective se narra una historia. Y aunque se ha criticado, no sin argumentos, que la trama detectivesca es lo más flojo de la serie y aunque el propio creador, en una entrevista con Alan Sepinwall haya dicho que no le interesan los asesinos en serie, la historia está ahí. Y es grande. Es una historia al servicio de unos personajes o, mejor, es una historia de dos personajes. Y de una gran Oscuridad.

            Esta historia de dos personajes se narra usando una técnica depurada, arriesgada, pero usada con precisión de escalpelo. Durante seis de los ocho episodios, Hart y Cohle, mirándonos directamente, nos explicaban lo acontecido lustros atrás. Y nosotros veíamos lo que nos contaban. Las escenas del pasado podían ser muy bien las representaciones, la traducción visual de las palabras de los entrevistados en las mentes de los entrevistadores. De manera claramente inspirada en Rashomon, el espectador era quien debía decidir si lo que se nos mostraba era o no real. O si lo que nos decían los protagonistas era o no real. El pacto implícito es que sí, porque, en un momento dado, la versión oral y la visual se separan radicalmente. Todos, creo, damos prevalencia a la visual. Claro que eso puede llevarnos a cuestionar cuanto hemos visto antes. Y cuanto veremos después. ¿Puede en verdad ser contada la vida de Marty y Rust?

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            Los dos policías del pasado y sus respectivos yos del presente (un cuarteto de personajes, o quizás una pareja desdoblada) llenan el escenario. Pero, y esto creo que es importante, deben parte de su enormidad al escenario donde se mueven. Quiero decir que en otra serie menor, los mismos personajes nos hubieran llamado la atención. En esta serie, con esta música, esta fotografía, este cuento, estos escenarios (que se nos recuerdan en el epílogo; John Ford nos recordaba a sus personajes, con cariño; aquí el sentimiento es de un viscoso desasosiego), son gigantes.

            Cuando una obra descansa casi por completo en dos personajes, estos han de ser diferentes en buena manera. No pueden resultar idénticos. No puedes tener a dos seres rígidos, o flemáticos, o flexibles, o contundentes. Tiene que haber variaciones, contrapuntos, tienen que encajar los bordes de uno en las fisuras del otro. Ahora bien, lo que sí puede haber, y de hecho es quizás adecuado que lo haya, es un poso común. Ser variedades de la misma especie, como esa pareja diabólica formado por Fouché y Talleyrand.

            Hart y Cohle son muy diferentes, como se puede observar desde el primer segundo. En cada conversación (esa gran primera charla en el coche, hasta que Hart declara el vehículo zona de silencio), en cada escena, en cada segundo de su relación se ve que hay simas entre ellos. Pero hay también elementos comunes en su psicología; de ahí que cuando, al final, unan fuerzas tras siete años de separación, y no tras un divorcio aterciopelado, no torcemos el gesto. Es lógico. Al fin y al cabo, Rust ya le dijo a Marty cuál era la verdadera diferencia entre ellos: “You are in denial”.

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            Harrelson. Hart. No sé yo si hay un chiste fonético en este apellido. Porque el detective Hart es mucho corazón y poca razón, aunque haya más seso del que parece a primera vista tras esa frente y esa quijada de jabalí. En el reparto de roles, es la criatura terrenal, la que tiene los pies en el suelo, el perro viejo, el poli de toda la vida, tan de toda la vida que no le falta ni el gusto por el whisky. El sistema filosófico de Hart es simple, pero también confuso y poco concreto. Sus nociones de bien y mal tienden a lo convencional, sin que esto implique que se sienta muy sometido al imperio de la ley. De hecho hay dos escenas, a cada cual más ilustrativa, a este respecto, con los dos bobaranes a quienes pilló jugando con su hija y con uno de los secuestradores de niños.

            Esa propensión a la violencia es coherente con la propensión de Hart al sexo. No es que me ponga yo aquí a hacer paralelismos puritanos. Digo que tras la cara pública de Hart (buen padre, buen marido, buen policía) hay justo lo contrario: un padre nefasto, un marido desleal, un policía rozando la línea o sobrepasándola. Hart tropieza con la misma piedra de la carne, igual que con la piedra de la bebida, con su propia miseria oscura, hasta que esos tropiezos le vuelven en forma de retribución por parte de su sufriente esposa; entonces Hart, tras un último estallido de ira salvaje, entra en su propio desierto, largo, solitario, deprimente.

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            McConaughey. Cohle. Estamos todos a sus pies. No es ser hipócrita alábalo ahora, igual que nos hemos pasado años poniéndolo a parir, por papeles y películas nefastas. Sencillamente, ahora sabemos que, cuando quiere, este hombre es un actor acojonante. También es cierto que se le da el papel más jugoso; y el más complicado.

            Rust, para mí, ha venido a esta serie parido de una novela. La terrible y magnífica Meridiano de sangre, creo yo, es acreedora de True Detective en muchas partidas. Los monólogos de Cohle, una de las joyas de la corona, podrían engarzarse en las conversaciones que el Juez Holden (uno de los villanos más terroríficos de la literatura) mantiene con la compañía de asesinos a sueldo del Grupo Glanton. Rust es el Chico, tras vivir cerca de Holden, si el Chico hubiera tenido capacidad intelectual para absorber siquiera parte del radiante nihilismo belicoso y destructivo del Juez.

            En Rust se dan varios tópicos, muy bien hilados. La circularidad del tiempo, la vida como prisión (Hamlet, ese gran nihilista, ya dijo que Dinamarca y el mundo entero eran una cárcel), la eternidad como algo ajeno y amenazador, el eterno retorno… El episodio 6, muy criticado, no sólo me parece brillantemente duro desde el punto de vista psicológico, sino que cambia nuevamente de ritmo, jugando con uno de los temas de la serie, el tiempo y su perspectiva, su desgaste, su circularidad, su rutina, ese tiempo que se desliza como arena entre los dedos. Nietzsche dijo, más o menos, que siempre hay un cierto desprecio en el acto de hablar, porque sólo encontramos palabras para lo que ya está muerto en nuestro interior. Rust sin duda tiene mucho de qué hablar y ese desprecio ontológico es patente. Es un señor de palabras y gran parte de su pericia como perverso confesor le viene de entender la necesidad de los miserables a quienes interroga de una narración que les dé, a ellos, forma y estructura, aun cuando él no crea en nada de eso.

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            Tiene mucho mérito lograr una serie tan densa y rica con sólo dos personajes. Los investigadores, Gilbough y Papania, son meros recursos y hubiera preferido no verles las caras. Las amantes de Marty, los moteros de Rust, hasta los habitantes de los pantanos… ni uno alcanza la categoría de personajes. Sólo tiene algunos momentos Maggie, como esa turbadora escena en la cocina de Rust, sobre todo ese segundo terrible en el que el austero detective comprende qué ha ocurrido.

            Y estos dos grandes personajes investigan un caso. Caso que ha dado mucho de qué hablar y ha propiciado hipótesis muy interesantes. Y la teoría del Rey Amarillo, claro, que es divertidísima. Caso que siempre estuvo a un tris de devenir en historia de horror. Con gran acierto, creo yo, se nos deja en cierto misterio, aun cuando pistas para el desenlace hay. No obstante, no veo como un error dejarnos entrever, más que analizar hasta el último pelo, la mitología infernal de los pantanos, los secretos de Carcosa, los misterios del Rey Amarillo (yo lo vi, sencillamente, en ese tétrico espantajo, de harapos amarillentos, coronado por dos cráneos, uno pintado de amarillo). Al fin y al cabo, Lovecraft era mil veces más siniestro cuando sugería que cuando se ponía a acumular bichos blasfemos, tentaculares y gomosos. Inteligentemente, se nos hurta el contenido de la cinta de vídeo. Sólo sabemos que ahí hay algo que hace aullar de horror a un hombre que ha visto el cadáver de un bebé en un microondas. Nuestra mente hará lo demás.

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            El horror está, sin embargo. La secuencia de Rust examinando los restos de la escuela evangélica, en solitario, es inquietante; la referencia al monstruo que acecha al final del cuento, con ese obeso en calzoncillos, tan grotesco que casi era ridículo (casi). O el vistazo a la vida Erroll Childress y su cambiante voz (un detalle de creación brillante, explicado en la entrevista de Sepinwall). El atroz combate final no me disgustó en absoluto: nos prometieron un monstruo y nuestros nada heroicos cazadores derrotan al ogro en un escenario digno de una pesadilla. Lucha existencialista: el Mal es invencible, pero hemos de enfrentarnos a él.

            Y luego de esto, el epílogo. Menudo epílogo. Una serie que ya se había arriesgado en la forma y el fondo, echa el resto. Todo hacía presagiar un final tétrico. Childress había muerto, pero las raíces de la conspiración y su misterios no serían desenterrados (Marty lo asume como el realista terreno que es). Hart tiene un reencuentro con su familia que, por un segundo, le da la ilusión de un futuro, pero no hay futuro luego del pozo de donde viene y llora. Rust contempla la oscuridad desde su habitación… y dentro de esa oscuridad, más allá de ella, encuentra esperanza.

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            Aquellos que hayan alzado la ceja ante las diatribas de Cohle y aquellos que hayan chasqueado la lengua tras su epifanía hacen mal. Cohle está tan lúcido o loco en un momento y en otro. Podemos no compartir su visión de la vida, ni antes ni después, respetando en ambos casos que esa mente poderosa habla desde vivencias hondas y desgarradoras. Ni a Marty ni a Rust les espera una vida feliz, ni agradable. La epifanía de Rust le ha despertado a las emociones sepultadas y, por eso, al final no encuentra ya palabras (tampoco Hart, pero eso no es tan sorprendente) y también llora.

            Cormac McCarthy no dejó que el triunfante Holden (está bailando, bailando, dice que nunca morirá) tuviese la última palabra en su novela. Un críptico final presentaba a un hombre que saca chispas de agujeros en la roca. Tampoco aquí la oscuridad tiene la ultimísima palabra. La luz planta batalla. Que sea consolador o no, eso será el espectador quien lo determine.

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