Con un vaso de whisky

agosto 15, 2013

El Leviatán

            En Los miserables, Víctor Hugo afirmaba que si nos viéramos forzados a la opción entre los bárbaros de la civilización y los civilizados de la barbarie, escogeríamos a los bárbaros. Pero, gracias al cielo, hay otra elección posible. No es necesario ninguna caída a pico, ni hacia delante ni hacia atrás. Ni despotismo ni terrorismo. Moore y Lloyd no son tan considerados con nosotros. Nos niegan la tercera vía. Nos colocan ante la lucha entre un Estado todopoderoso y un terrorista invencible. Y nos invitan a tomar partido.

            En ningún momento se expone con mayor claridad semejante choque como en el capítulo cinco del libro I, “Versiones”. El Líder, Adam Susan, expone en su soliloquio las líneas maestras de la teoría fascista. La Patria está en peligro, para salvarla hace falta unidad, porque de la unidad nace la fuerza. Y si esa fuerza, esa unidad de propósito exige uniformidad de pensamiento, palabra y obra, que así sea. ¿Las libertades individuales? Son lujos. No creo en los lujos. La guerra acabó con los lujos.

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            Volveré en un momento con el señor Susan y con el Estado fascista que lidera. La segunda versión es un teatral (¡cómo no!) diálogo que V “mantiene” con la estatua de la Justicia que corona el Old Bailey. V se presenta a Madame Justicia como un antiguo admirador, un enamorado platónico en su infancia y juventud. Un enamorado que ha visto como su amada se ha ido de picos pardos con un tirano brutal. Acusa de infidelidad a la Justicia. Es decir, a la Ley, al antiguo orden, a la democracia, al sistema anterior a la guerra. V fue un fiel ciudadano en el pasado. Respetó la ley. Obedeció al sistema. Porque el sistema prometía paz, justicia, igualdad y libertad. Pero cuando esa Ley se alía con el poder del terror, V ve con claridad que será siempre una enemiga de la Libertad. Así que se entrega a los brazos de otra amante, la Anarquía, la cual le enseña que la Justicia no significa nada sin la Libertad. V se despide cortésmente de Madame Justicia, le entrega un último regalo. Y vuela en pedazos el tribunal.

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            Primero, el Estado. Todo Estado sueña con ser totalitario. Igual que el Mercado ansía ser rapazmente libre para devorarlo todo, el Estado desea ser completamente absoluto para dominarlo todo.

            En esta Inglaterra que examinamos, el Estado lo ha logrado, o casi.

            Las viejas portadas del Leviathan, de Thomas Hobbes, mostraban al Estado como un hombre gigantesco formado por hombres más pequeños, los ciudadanos. Parece una sombría parodia de la metáfora de San Pablo (Primera Carta a los Corintios 12, 12-30). La imagen del cuerpo estatal, constituido por los ciudadanos (o, peor, por los súbditos) es la predilecta de la teoría organicista.

            Según esta visión de la sociedad, el ser humano es un miembro del grupo y es el grupo el que transmite derechos al individuo. Éste es algo sólo mientras pertenezca a un grupo, a un organismo. La crítica clásica al organicismo es su alegre tendencia al totalitarismo. Su visión del Derecho es muy reveladora: es la medicina para sanar las enfermedades del cuerpo social.

            No cabe duda de que el Líder es un organicista. Tan es así que ha establecido un gobierno conocido como la Cabeza. Toda la poderosa Administración depende de alguna parte de esta Cabeza. Examinémosla.

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            Tenemos, en primer lugar, el Ojo, encargado de observar hasta el más mínimo detalle. En las primeras viñetas del comic, una cámara de video-vigilancia grababa fríamente a los viandantes bajo el familiar lema “Para su protección”. A lo largo de la obra, es claro que no hay intimidad en Inglaterra. Tampoco los miembros del Partido se libran de ellas, ni siquiera en sus propios dormitorios. Orwell ya pensó en este sistema, en 1984 (novela con la cual V de vendetta tiene más de una deuda).

            Una misión análoga tiene el Oído. Sus funcionarios escuchan con paciencia, con aburrimiento, cada conversación, cada charla. No hay una línea telefónica o telegráfica que no esté intervenida. La Stasi, en la Alemania del Este, sabía muy bien lo útiles que podían resultar estas escuchas.

            La Boca, en cambio, pretende alentar al pueblo. Alentarlo a la obediencia, claro. Y al orgullo patriótico. Y al miedo al caos que, inevitablemente, asolará las verdes campiñas inglesas si el gobierno cae. Con Prothero como la Voz del Destino (ahora veremos quién es Destino), a las horas previstas los boletines llevan tranquilidad, morfina, éxtasis, odio o cualquier otro sentimiento que la Cabeza considere necesario inocular a sus órganos inferiores.

            Por último, tenemos los elementos represores. Pero no existe un departamento dedicado a ello en exclusiva, sino dos. La Nariz se encarga de las investigaciones criminales. Es la policía, la policía común. La que tiene el Estado más democrático y más respetuoso con los derechos humanos y libertades públicas. Luego está la Mano. Y sus Dedos. Los mismos que trataron de violar a Evey. Los Dedos son la Gestapo, las SS, la NKVD, la KGB y la Stasi. Son la policía secreta, la policía política. La que se mueve siempre en la sombras, la que purga el cuerpo de los elementos extraños. No los meros delincuentes, que también pueden caer en sus garras. Sin duda, la Mano se encargó de los campos de concentración y es la que se ocupa de cualquier rebelde o inconformista, de cualquier librepensador. Es la Mano que agarra, golpea y estrangula. La Nariz se limita a olfatear. Y a taparse las fosas cuando la Mano entra en acción.

            Ojo, Oído, Boca, Nariz y Mano están al servicio del Líder, que los controla desde su despacho. Esta estancia bien podría llamarse el Cerebro. Los miembros del Oído y los del Ojo dan sus informes al Líder. Para consultar datos de otros departamentos hace falta permiso del Líder, o actuar a sus espaldas. Sólo este cerebro sabe con exactitud lo que ocurre en su reino.

            Porque en la Cabeza reside Destino. Destino es un ordenador, una inmensa base de datos, la información archivada, controlada, consultada y cotejada sin descanso. Destino es lo que sería una Internet bajo férreo control gubernamental. Destino es el genio místico que anima al Estado. Los ciudadanos escuchan las noticias de la Voz del Destino. Incluso creen que Prothero es la auténtica voz del ordenador. Aunque el Líder, sólo el Líder, tiene acceso al sancta sanctorum donde Destino se encuentra.

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            Este Líder, este Adam Susan, ¿quién es? Es Calvino. Es el personaje histórico al que más me recuerda. Con una idea fija, ambos, con un desprecio absoluto hacia sus gobernados. Convencidos de estar haciendo lo correcto, convencidos de que todos los medios son legítimos para conseguir el elevado fin que persiguen. Y tan despiadados consigo mismos como con los demás.

            En su retrato de Calvino, Stefan Zweig nos muestra un hombre severísimo, implacable. Un hombre que jamás descansaba, que jamás se relajaba. Un hombre que sólo sabía trabajar, gobernar, administrar. Incluso sus escritos y sus oraciones eran actos de gobierno, porque, como teócrata, Dios entraba en sus funciones de dictador.

            Susan da una descripción de sí mismo que se aleja poco de la del señor de Ginebra. ¿Me reservo la libertad que niego a otros? No. Me siento en mi celda y no soy sino un siervo. […] No soy amado, lo sé. Ni en alma ni en cuerpo. Nunca he conocido los suaves susurros del cariño. Nunca he conocido la paz que yace entre los muslos de una mujer. Pero soy respetado. Soy temido. Eso bastará.

            Pero, como señalaba también Zweig, un cuerpo siempre fustigado por la mente acabará por rebelarse. Calvino se pasó casi toda su vida enfermo. El Líder se vuelve loco. Su idolatría por Destino como encarnación del poder absoluto, como su dios mecánico, le lleva a amarlo de un modo, incluso, enfermizamente físico. Véase la página 196.

            V, manipulador genial, es quien inicia la reacción en cadena que destroza la mente del Líder. Una mente que es igual a la sociedad que ha creado, rígida, rigurosa, poderosa, pero frágil, precaria, como el mismo V afirma. Mientras el Líder se hunde en la irrealidad y luego en la depresión, V desmonta metódicamente la dictadura que había establecido.

            La verdad, es un tanto injusto para Susan que le veamos en su decadencia. Su ascenso al trono tuvo que ser digno de estudio. Su establecimiento de una dictadura tan bien pensada, en medio de una posguerra nuclear, sin duda alguna fue una obra maestra del totalitarismo. El tiempo, sin embargo, pertenece a V.

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