Con un vaso de whisky

junio 5, 2013

El Gran Juicio

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:41 pm
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            Stanley Kramer no es uno de los grandes artistas del cine. Pero sí uno de los grandes artesanos. Director competente y concienzudo, tiene en su haber, al menos, tres películas que me veo del tirón de tanto en tanto. En las tres actúa Spencer Tracy (es un aliciente mayúsculo), dos de ellas son muy conocidas y a la tercera, injustamente olvidada, vamos a darle un pequeño repaso. Las conocidas, para no dejar nada pendiente son Judgment at Nuremberg (tontamente titulada en España como “Vencedores o vencidos”) y Adivina quién viene esta noche (la última película de Mr. Tracy, junto a Katharine Hepburn).

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            Inherit the wind (“La herencia del viento”) toma su título del Libro de los Proverbios: El que perturba su casa, sólo heredará el viento, y el insensato, será esclavo del sabio de corazón (Proverbios, 11, 29); adapta una obra de teatro escrita por Jeremy Lawrence y Robert E. Lee, y está basada en uno de los grandes juicios de Norteamérica, del que cambia ciertos detalles. Este caso, el llamado “juicio del mono”, tuvo lugar en 1925, en Dayton, Tenesse. Un profesor de ciencias, John Thomas Scope, fue juzgado por enseñar la teoría de la evolución de Darwin; su defensa corrió a cargo de Clarence Darrow (Harry Drummond en la película, interpretado por Spencer Tracy), mientras William Jennings Bryan (Matthew Harrison Brady en la obra, interpretado por Fredric March) llevaba la acusación. Darrow fue uno de los grandes abogados defensores de la primera mitad del siglo XX en Estados Unidos; Bryan, miembro del Partido Demócrata y Secretario de Estado bajo el Presidente Wilson, era un reconocido orador y político, hasta este juicio, que le hizo perder buena parte de su prestigio.

            La película, muy bien rodada, saca lo mejor de la obra. Porque la misma obra, en manos de un director incompetente y unos actores mediocres, hubiera sido un bodrio de sobremesa, uno de esos telefilmes infames que uno aún se traga a veces, sin saber cómo ha pasado (tienen algo hipnótico, de malos que son). Pero, como digo, había un buen director y grandes actores, y, en especial, tres que hacen de vértices: Tracy, March y Gene Kelly.

            El tema de la obra no es el de ciencia enfrentada a religión, en mi opinión. Sobre este tema ya se celebró un fascinante proceso en Springfield, estando acusada Lisa Simpson y dictando una excelente sentencia el juez Snider. No, el caso es de mayor calado. Es el mismo que enfrentó, de manera aún más terrible, a Castelio contra Calvino, ambos hombres de indudable fe religiosa. Es el Gran Juicio: el enfrentamiento entre el respeto a la libertad de pensamiento, de palabra y de enseñanza, frente al autoritarismo dogmático que ve su posición como la única verdadera, cierta, justa y respetable y persigue como criminales todas las demás. Los créditos iniciales de la película, con el himno protestante “Give me that old time religion”, nos prepara para la batalla:

            La religión no es el adversario en esta obra. El fanatismo lo es. Ciertamente, el fanatismo religioso es uno de los más despreciables, peligrosos y cansinos que hay. Y cuando ahoga a la ciencia, pocas fuerzas existen más nefastas. Ahora bien, muchos de los alegatos de Drummond podrían emplearse para defender cualquier idea, mejor dicho, la idea de que cada individuo tiene el derecho inalienable de pensar por su cuenta y que no hay ley que deba atreverse a condenarle por ello. Tesis ésta que cuenta siempre con muchos defensores acérrimos, menos cuando el pensamiento del individuo acusado es poco popular. Y conste también que no soy un seguidor del mantra “toda opinión es respetable”. Entre respetar y meter en la cárcel hay un trecho.

            Teniendo en cuenta que Drummond defiende al profesor, que defiende la libertad de pensamiento y que el actor es Spencer Tracy, las simpatías del público (al menos de buena parte) están claramente de su lado. Lo sencillo hubiera sido pintar a su adversario, Brady, como un fanático caricaturesco y odioso. Pero la obra y la película son más inteligentes que eso. A su llegada al pueblo donde se celebrará el juicio es saludado como uno de los campeones de la alfabetización en Estados Unidos y como el gran promotor del sufragio femenino; más adelante se nos dice que si Brady perdió las elecciones presidenciales fue, en parte al menos, por negarse a pactos que iban en contra de sus principios. No, no será un cualquiera o un hipócrita contra el que tenga que luchar Drummond. March hace un digno trabajo: tiene que interpretar a un gigante en plena decadencia. La época grande de Brady ya pasó, pero, por patético que resulte en ocasiones, hay aún claros rasgos de su antiguo poderío, del hombre al que Drummond admiró y ayudó.

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            Porque, para sorpresa de muchos, Brady y Drummond son viejos conocidos y, en su día, fueron amigos íntimos. Desde la llegada de ambos, hay una constante comparación entre ambos, recalcando sus diferencias, personales y sociales, de mil maneras. Brady llega en coche descubierto, junto a su esposa, como un triunfador, rodeado de cánticos, pancartas y banderas. Drummond, en un destartalado autobús, solo, siendo recibido únicamente por el periodista Hornbeck (del que luego nos ocuparemos). Brady se da comilonas permanentes, Drummond come y bebe con austeridad. Brady va siempre bien vestido, aun cuando, a medida que la obra avanza, la tensión y el calor hacen mella en su vestimenta y en sus modales, mientras Drummond anda desaliñado, despeinado y con una chaqueta infame. Brady da entrevistas, acude a asambleas civiles y religiosas, pronuncia comunicados con voz sonora, Drummond calla, mantiene su silencio hasta el día del juicio. Con bastante ironía, Drummond, al enterarse de que el Gobernador ha nombrado a Brady coronel honorario, reclama que se mantenga la igualdad entre las partes; el juez y el alcalde, dos alfeñiques, se apresuran a nombrarle coronel honorario temporal, para burlón regocijo del abogado.

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            Estos dos rivales se enfrentan sin pedir cuartel. Brady tiene a su favor a la opinión pública del pueblo, creyente ciega y fanática. Tiene a su favor, en principio, a las fuerzas fácticas. Tiene a su favor a la Ley y al juez. Drummond tiene a su favor una mayor habilidad dialéctica y a una gran capacidad de argumentación lógica. Los diferentes interrogatorios son buena prueba. El momento culmen es aquel en que Brady acepta subir al estrado y, Biblia en una mano y lógica en otra, Drummond toma al asalto sus posiciones, obligándole a refugiarse en aseveraciones trilladas, inconsistentes e incluso contradictorias, aplastado por las palabras de su inquisidor: “La Biblia es un libro, y es un buen libro, pero no es el único libro.” La fe de Brady es propia de todo dogmático, inmadura, nunca sometida a la duda. Y, como todo lo inmaduro, todo lo rígido, es tan dura como frágil. Veamos dos embates de Drummond:

            Pero Brady, incluso en sus momentos más bajos, no se nos presenta nunca como odioso. Drummond le acosa en el acto del juicio y se indigna ante algunas de sus afirmaciones y acusaciones, ya sean insultantes para los ateos, a los que tacha de personas sin código moral, ya sean contra los científicos. Sin embargo, al final, siempre es una mirada profundamente triste la que le dirige, igual que su leal y digna esposa, por la que Drummond siente una más que evidente, aun cuando muy caballerosa, debilidad. Y, tras la fenomenal paliza que recibe en el estrado, Brady, perdido, puede inspirar lástima, un hombre honesto, convencido de su verdad, de la importancia de ella, que se siente demasiado débil y ridículo para su misión.

            Y es que en esto no hay diferencia entre Brady y Drummond. Irreconciliables enemigos en el mundo de las ideas, ambos son igualmente honrados. Son otros los hipócritas: el juez, el alcalde, los empresarios, que primero recibieron a Brady como un cruzado, que han oteado por dónde sopla el viento más allá de su minúscula ciudad y que, en el último momento, hacen un cambalache bastante torpe: un veredicto de culpabilidad, pero una pena ridícula, una multa de unos cuantos dólares. Drummond y Brady, cada cual por motivos diferentes, están asqueados. El primero rechaza el veredicto; el segundo, la pena. Ambos tienen razón. Ambos son coherentes. Pero la coherencia tiene para las fuerzas vivas tan poca importancia como la sutileza.

            Entre estos duelistas de ideas puras hay un tercero en discordia, un arlequín malicioso, cínico y sonriente. E.K. Hornbeck es uno de los hallazgos de la obra. Kramer tuvo que convencer a Genen Kelly diciéndole que ya tenía a Tracy y a March a bordo para que aceptara el papel, cuando aún no era así. Me extrañé al leerlo. Suponía que un papel sin canciones, ni bailes y bastante turbio sería un agradecido cambio de aires para el señor Kelly.

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            Drummond y Brady creen cada uno en sus ideas. Hornbeck, siempre con un sarcasmo en la lengua, es el descreído; es un soplo de aire viciado entra tanta altura y tanta profundidad. Desprecia con toda la intensidad de un urbanita culto a las masas borreguiles y detesta a Brady, a quien ridiculiza de manera constante. Brady está indefenso ante los dardos de Honrbeck, porque es un dogmático sin sentido del humor. Pero, aunque toma partido en sus artículos por el profesor, y su periódico paga la defensa que lleva a cargo Drummond, tampoco es bien recibido por ellos. En otra conversación nocturna, el periodista deja claro su desdén sardónico por la especie humana entera, contra el humanismo bronco del letrado.

           Es corrosivo con todos, hasta conseguir que el abogado, harto ya, le dirija su más duro rapapolvo (y no es que haya lanzado pocos): You poor slob! You’re all alone. When you go to your grave, there won’t be anybody to pull the grass up over your head. Nobody to mourn you. Nobody to give a damn. You’re all alone. Cuando Tracy le dirige estas palabras es la única ocasión en que Kelly cambia la expresión de su rostro: no hay ya sombra de ironía, su sonrisa se ha desvanecido, sus ojos están vacíos, y siempre tengo la impresión de que Hornbeck va a quitarse al fin la máscara y dejarnos ver su sombrío interior. Pero, en parte es una suerte, se la vuelve a colocar con endiablada rapidez, sonríe, para descanso de todos los que, en vez de una revelación nihilista se temían una conversión a la bondad, y da su última y afilada réplica: You’re wrong, Henry. You’ll be there. You’re the type. Who else would defend my right to be lonely?

            Bien escrita, bien dirigida, bien interpretada, sin maniqueismos, pero con un evidente mensaje, esta película da para un par de vasos de whisky, una buena charla tras ella y no poco que pensar. Nos da a elegir entre un inquisidor honrado, un solitario defensor de causas perdidas y un glacial bufón sonriente. Ustedes verán.

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