Con un vaso de whisky

mayo 16, 2013

Esos cuerdos romanos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:06 pm
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            Si ustedes, como un servidor, tuvieron su primer encuentro con los romanos en los geniales comics de Astérix (y he dicho los geniales, cuando Goscinny vivía y, más importante aún, escribía), se habrán pasado unos cuantos años mirando por encima del hombro al Imperio Romano. Cada vez que alguien les mencionaba su poder militar, su habilidad ingeniera, su sagacidad política, su despiadada ambición y su cruel eficacia, ustedes, como yo, sonreían medio burlones, recordando el prodigioso espectáculo de la legión romana maniobrando contra galos, britanos, hispanos o belgas… y su última fase obligatoria, la huida en desbandada.

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            Pero, sin dejar de releer cada cierto tiempo Obélix y Compañía, La residencia de los dioses, Astérix legionario o, qué sé yo, Astérix en Córcega (para evitar herir susceptibilidades), existen otros libros que nos dan una visión de esos legionarios más histórica, muy interesante y, aunque mucho menos divertida, notablemente entretenida. Hay un montón de grandes libros sobre Roma. Hoy les voy a recomendar tres obras (una de ellas, dividida en dos volúmenes). Dos dan una visión general; la otra, se centra en un período concreto, los últimos años de la República.

            Empecemos por esta última, fue escrita por Tom Holland, escritor e historiador británico. El título: Rubicón. La obra de Holland no es perfecta, pero tiene grandes virtudes. Su estilo es pulcro, ligero, incita a seguir leyendo página tras página, algo que no ocurre, por desgracia, en muchos ensayos históricos. El lector arrogante que crea conocer a la perfección el contexto, los protagonistas y el desenlace de los violentos últimos años de la República se llevará unas cuantas sorpresas. Holland retrata con ciertos resabios literarios a César, Cicerón, Craso, Marco Antonio, Octavio y demás jugadores (sin alcanzar nunca la altura de un Stefan Zweig), no apartándose de las fuentes históricas. Hace, además, un meritorio esfuerzo para mostrar al lector lo que Unamuno llamaba la intrahistoria: el día a día de los miles de ciudadanos, patricios y plebeyos, de los extranjeros y de los esclavos que vivían (o sobrevivían) en la gran ciudad.

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            Aquí hay un defecto, pienso yo: Holland pasa de lo intrahistórico a lo personalista con demasiada brusquedad y cierta ligereza, como si temiera aburrir a su lector exponiendo la forma de vida, la cultura, el contexto, como si describir con excesivo detalle el decorado pudiera distraernos de ver la obra. Sin embargo, nunca se entiende mejor una obra que conociendo el escenario. De haberlo hecho con más mimo, el Rubicón de Holland sería el complemento perfecto a la brillante serie de la HBO.

            Holland establece paralelismos entre la situación que describe y la del mundo contemporáneo (también lo hace en su no menos recomendable Fuego persa). Esta es una vieja tentación para los historiadores, tentación que tiene su trozo de razón y de legitimidad. Pero hay que andar con mucho cuidado al hacer comparaciones entre eventos ocurridos con siglos de diferencia. No digo que no se pueda hacer, el estudio de la Historia tiene entre sus atractivos el hacernos reflexionar sobre nuestro presente y nuestro futuro; ha de hacerse, no obstante, con prudencia, una prudencia que, en ocasiones, le falta a este autor. Eso sí, nadie puede regatearle el haber escrito una obra de extensión considerable, sobre uno de los períodos más archiestudiados de Roma y haberla hecho rigurosa, entretenida y digna de lectura. Poco, no es.

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        Isaac Asimov, además de Fundaciones, robots y obras maestras de la ciencia ficción, escribió varios ensayos filosóficos, científicos e históricos. Y la gran potencia del Mediterráneo tenía que captar su atención. Por mucho que me guste Asimov, como autor de novelas o relatos y como divulgador, sus dos volúmenes La República romana y El Imperio romano forman la obra que menos me ha entusiasmado de todas las que ahora estoy comentando. Condensar de manera comprensible, coherente y sin falseamientos o simplificaciones casi dos mil años de Historia no es nada sencillo. Asimov, además, narra con cierta ironía los acontecimientos. Y su exposición de las Guerras Púnicas me parece notable. Es una buena obra introductoria, si no se ha leído uno nunca una Historia general de Roma, equilibrada y razonablemente entretenida. Pero, para mí como lector, llegó tarde. Porque había leído antes a Indro Montanelli.

            ¿Cómo iba a faltar un autor italiano? Historia de Roma. Un periodista e historiador italiano. Lectura obligatoria. Y es que Indro Montanelli no fue cualquier periodista italiano. Durante su extensa vida, en uno de los períodos más convulsos, política y socialmente de Italia (¿cuándo ha tenido Italia tiempos poco convulsos?), Montanelli se convirtió en el periodista, culto, penetrante e irónico. Pregunten a cualquier italiano, vaya. Tenía, además, una virtud que no escaseaba en su tiempo más que en cualquier otro: sabía escribir.

          Por eso su Historia de Roma, más que su algo menor Historia de los griegos, hace tanta sombra a Asimov. El italiano, elegante, sutil, ingenioso, a medias cariñoso, a medias escéptico, a medias burlón (sí, son tres medias, así de grande era el hombre), desgrana la aparición de las distintas tribus, los mitos fundacionales, la época etrusca, la monarquía, los inicios y el desarrollo de la República, su agonía, la llegada del Principado, del cristianismo, el cenit del poderío imperial, su declive, su degeneración, la lenta caída de la superpotencia, su transformación en una tetrarquía, en dos imperios, uno que aguanta aún mil años, otro que se deshace en pequeños reinos. De Rómulo, Remo, Eneas y los oscuros habitantes del Lacio y las siete colinas, a los albores de la Edad Media.

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           Se puede, si es rígido, echar en cara a Montanelli cierta debilidad por Augusto o Domiciano; que en ocasiones, sin llegar a serlo nunca, su relato flirtee con la hagiografía. Pero, por un lado, es sencillo entusiasmarse literariamente cuando se describe a gigantes; por otro, en cada frase de Montanelli hay una ironía, triste o cínica, acechando; por fin, los rígidos son malos críticos literarios.

        Montanelli, el que más de estos tres autores, hizo Literatura con su Historia. Así nos dio esta obra mestiza, ni seco trabajo académico, ni pura belleza o ingenio, a medio camino entre ambas orillas. Una obra brillante y divertida, que tiene bastante de verdad. Y que, si bien no nos quita la simpatía por los irreductibles galos, sí consigue que no podamos ya ver el SPQR como una broma. Porque detrás de ese estandarte estaba el más grandioso, cruel, eficaz y despiadado poder que había visto Europa y vería en muchos años. ¿Locos, Obélix? Quizás, más de lo que tú creías. Tan locos, que eran cuerdos. Y los cuerdos son, siempre, los humanos más temibles. ¡Ferpectamente!

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