Con un vaso de whisky

marzo 18, 2013

Animación a tres bandas

            Estamos en la tercera década de la época de las Grandes Series. Aunque aún se hacen buenas e incluso excelentes películas, la televisión sigue ganando al cine cinco de cada seis batallas. La última región donde el cine triunfa es en la animación. Porque se están haciendo brillantes películas de animación. Pero las series tienen también tropas en este teatro de operaciones. Y hay tres regimientos muy amenazadores. Sus nombres: Phineas and Ferb, Adventure Time, GravityFalls. ¡Descansen!

            Estas tres series de dibujos animados comparten un elemento con sus adversarias, las películas de (sobre todo) Pixar y Dreamworks: astutamente diseñadas para que parezcan infantiles (y, en efecto, los niños pueden verlas y disfrutar), atrapan a los adultos. Ahora bien, entre sí, difieren de manera muy considerable. Es por ello que resulta tan interesante echarles un vistazo conjunto. Advierto desde ya que a Gravity Falls (a día de hoy mi preferida, por poco) le dediqué un artículo completo. Por eso, aparecerá aquí cuando compare este terceto, pero tendrá menos líneas que las otras dos.

dm

(si les damos la oportunidad, estos dos se hacen con todo, otra vez)

            Si colocásemos a estas tres series en una cuerda, es probable que Phineas and Ferb y Adventure Time estuvieran en los extremos, mientras Gravity Falls andase por el centro. Las aventuras de los dos niños genio del Área de los Tres Estados (y las misiones secretas de Perry, el Ornitorrinco, curse him!) tiene muy poco o nada que ver con los deambuleos por la Tierra de Ooo de Finn el Humano y su hermanastro, Jake el Perro (quien acumula el solo un tercio de la genialidad de la serie). Lo más cercano que tienen es el número de protagonistas principales, dos y aun esto no es exacto, porque Perry y Candace, la hermana mayor de Phineas y Ferb, podrían reclamar el mismo rango que los niños. Sin olvidar al Doctor Heinz Doofenshmirtz.

DoofySings

(científico malvado, autónomo megalómano, hombre del espectáculo)

            Bien, me corrijo: las tres tienen más en común: son comedias (aunque ese término es ambiguo y Adventure Time es muy suya) y sus episodios son, con ciertos matices, autoconclusivos. En esto último vamos a detenernos un segundo: que entren los matices. Gracias. Phineas and Ferb y Adventure Time dedican diez minutos (la mitad que las sitcom canónicas) a cada episodio. Y son episodios independientes unos de otros. Durante bastante tiempo uno bien podía ver sin orden, por pura casualidad, tres capítulos de cualquiera de las dos series y no importaba nada. Podías, de hecho, verlos en el orden contrario y ni te enterabas. Todavía hoy, en Phineas and Ferb esto es posible. Sólo unos pocos acontecimientos de episodios anteriores tienen relevancia futura y tampoco cuesta demasiado asumirlos; por ejemplo, Candace estuvo tiempo tirándole los trastos a otro personaje, Jeremy, y, cuando parecía que los guionistas la habían condenado a una eternidad de sueños sin esperanza, hale, les permitieron ser novios.

            Adventure Time, en cambio, hacía bandera de la falta de continuidad. Uno de los atractivos de sus primeras temporadas era que cada episodio partía, casi, de cero. No había continuidad aparente, ni cronológica, ni personal; los personajes principales eran muy fácilmente identificables: la primera vez que uno veía al Rey Hielo sabía cuanto necesitaba para seguir el episodio. Nada de lo que hubiera ocurrido antes tenía importancia. Luego empezamos a intuir que eso no era tan así, que Pendleton Ward y su gente no actuaban a tontas y locas o que, si lo hacían, sabían muy bien sacar partido de sus locuras. Hasta que la continuidad hizo aparición en Adventure Time y ver los capítulos por orden dejó de ser optativo a ser imperativo. Lo cual no quiere decir que se pasase a una trama tipo “introducción-nudo-desenlace”, ni mucho menos. Pero cada vez más detalles, cada vez más episodios, cada vez más personajes dependían (dependen) de los conocimientos que el espectador tuviese del mundo y sus criaturas para funcionar.

Adventure_time.rpg

(o sea, alguien que considere a la Enciclopedia Británica una lectura ligerilla)

            Gravity Falls anda, como digo, en el medio. Desde un inicio era claro que habría continuidad, que era importante ver en su orden cada capítulo. Cada cosa que ocurre puede (y de hecho, muchas la tienen) importancia en episodios posteriores, los cuales, a su vez, continúan siendo autoconclusivos. Me sorprendería que, aunque se vayan revelando algunos de los misterios de esa pequeña aldea de Oregón, se pasase a una estructura lineal.

            Son comedias, todas ellas. Pero los humores son diferentes. Aquí, por fin, metemos el cuchillo en la carne. Resumidamente, en Phineas and Ferb el formato, la estructura, el orden, están en el centro de la comedia: es una especie de serie de ingenieros no aburridos. En Gravity Falls, la más sitcom de todas, existe libertad dentro de unos límites, como quien da un marco a un dibujante y le deja llenarlo de lo que quiera. En Adventure Time la comedia está en el absurdo, sin límites, sin cortapisas, sin cordura. Hasta cierto punto, esto se nota en el estilo de los dibujos, más caartonish tradicionales los de Phineas and Ferb y Gravity Falls, no como Adventure Time, con su alegre desprecio por las reglas de la anatomía.

            Vayamos a Ooo:

(Critics Time!)

            Con casi todos los episodios me he partido de risa. Las situaciones, los diálogos (inciso, ya es habitual, pero lo recuerdo: siempre pienso que están viendo ustedes las series o las verán en versión original; aunque sólo sea para escuchar al gran John Dimaggio) de Finn y Jake, y todo su mundo son muy divertidos. Están, además, muy bien secundados: la Princesa Bubblegum, Marceline, el Rey Hielo y sus cohortes de pingüinos (con Gunter como merecido cabecilla), BMO y tantos otros. Pero hay veces que la risa es un poco más inquietante. Y, otras, puede resultar un mecanismo defensivo. Porque Adventure Time ha dado pasos atrevidos, hacia cierta oscuridad.

            Al ver las tres primeras veces esta serie, lo confieso, pensé que era idiota. Luego comprendí que era muy inteligente, aunque estuviera poblada de unos cuantos idiotas. Que más me valía estar preparado para cualquier cosa, porque podía aparecer en mi pantalla cualquier cosa. Y una vez acostumbrado a la música (me costó horrores) de fondo, habitual y conscientemente ratonera, empecé a disfrutarla. Y a pescar detalles de algo tenebroso, tras tanto color brillante: en cada vez más chistes había un fondo macabro y los capítulos acababan con un giro siniestro.

(I rest my case)

            Personajes que parecían tener su papel muy claro, ya no le tenían tanto: Bubblegum pasó de gobernante competente, damisela en apuros a tiempo parcial, a científica más y más perturbada, cuyos experimentos dejarían preocupado al mismo Doctor Moreau. El Rey Hielo, un villano cómicamente ridículo, derivó a sociópata grotesco y triste, hasta convertirse casi en una figura trágica. Hasta Marceline, que es muy cool, tiene un fondo de melancolía. Y qué decir del Conde (Earl) de Lemongrab, quien ya desde su primera aparición sólo tiene dos formas de ser: desasosegante o enloquecido:

            Claro que sigue siendo una serie cómica e incluso en los flirteos con el terror o el drama hay chistes (Jake nunca nos falla). Sin embargo, creo que los guionistas son unos tahúres de cuidado: logran que el espectador se ría en escenarios siniestros o emocionales (hasta cierto punto, eh, tampoco saquemos las cosas de quicio), dejándole cierto regusto extraño en la carcajada. Y luego te dan otros diez minutos de referencias frikis, tonterías y absurdo gracioso. Aunque tenga la sensación, siempre, de que algo va a ocurrir, algo que, aún más, hará de esta serie la zona oscura del terceto.

            Y, ahora, a un mundo más próximo:

(veréis en quince años, niñatos felices, veréis…)

            El Área de los Tres Estados es más cercana que Ooo a nuestra realidad, aunque sólo en apariencia. La diferencia mayor, con nosotros y con Ooo, es que allí no hay sombra. No hay maldad auténtica. El humor es inofensivo, sin doblez ni crueldad. El mundo de la familia Flynn, de sus amigos, y hasta del Agente P. y su némesis, el Doctor Doofenshmirtz, es uno de los más seguros que conozco. Desde que entramos hasta que salimos sabemos, con certeza, que nada grave o irremediable les ocurrirá a los personajes. Es un pacto sólido como el acero y el día que se incumpla por los guionistas, la serie estará muerta. De aquí sólo podemos salir con una sonrisa sencilla en la cara.

            Porque sonreímos y reímos. De las tres series, quizás ésta sea en la que mayor virtuosismo exhiben los escritores. Porque el humor de Phineas and Ferb tiene un corazón formal. Desde que empieza el episodio, al mismo tiempo, sabemos y no sabemos qué va a ocurrir. Para empezar, sabemos que será un día más del interminable verano y que algo hay que hacer con el tiempo libre.

VANESSA DOOFENSHMIRTZ, DR. HEINZ DOOFENSHMIRTZ, JEREMY, IRVING, ISABELLA, PHINEAS, PERRY THE PLATYPUS, CANDACE, STACY, FERB, BALJEET, BUFORD

(gente con quien hacerlo, tienen)

            Sabemos que habrá dos tramas paralelas: que Phineas y Ferb, con sus amigos Isabela, Bufford y Banji, idearán algún artilugio espectacular para pasárselo en grande y que Candace, poniendo en riesgo sus planes adolescentes con Jeremy o Stacy, su muy mejor amiga para siempre, los vigilará como un halcón para delatarlos assus padres; sabemos, por otro lado, que la mascota de la famlia, Perry, el Ornitorrinco, es un agente de una misteriosa organización con el objetivo de frustrar los proyectos del infame Doofenshmirtz. Sabemos que el invento (o “inator”) de Doofenshmirtz será simpáticamente tonto; sabemos que capturará a Perry, le explicará su plan y luego el agente se liberará, peleará contra el científico, lo derrotará, destruirá su invento y, al hacerlo, borrará toda prueba de lo que hayan hecho Phineas y Ferb, justo cuando Candace esté apunto de enseñárselo a su madre, sin que nunca, nunca, nunca, lleguen a encontrarse cara a cara, ni a saber siquiera de su existencia. Todo esto es así.

            El genio está en que los guionistas hacen pasar la trama de cada capítulo siempre por los mismos puntos, y logran que sea siempre diferente y divertida. Las hebras de las historias pueden hacer tirabuzones, retorcerse, dar vueltas, entrecruzarse y mil virguerías más, pero deben anudarse en torno a esos hitos. Y el chiste principal está en ver cómo lo logran, en qué orden, mientras jugamos al gato y al ratón. Porque ellos saben que nosotros sabemos que Phineas dirá “Ferb, I know what we are going to do today”; que alguien dirá, “Hey, where is Perry?”, que Doofenshmirtz gritará “Behold the whatevernaitor!”

            Pero también sabemos que los guionistas nos pueden escamotear de repente ese momento, ponerlo en otra parte, suspenderlo, dejando a los personajes momentáneamente confusos porque nadie ha dicho lo qu ese suponía que alguien tenía que decir en ese momento. Romper la cuarta pared, hacer chistes autorreferentes y autorreferentes de previas autorreferencias, jugar a que esto es una serie y los protagonistas parecen ser conscientes a ratos, montar y desmontar el mecano que es cada episodio, crear expectativas para no defraudarlas, pero sí cumplirlas de una manera distinta a como el espectador esperaba… esas son las marcas de la casa, lo cual obliga a conocer bien el mundo para disfrutar de él.

            Phineas and Ferb está más cerca de Gravity Falls que de Adventure Time en cuanto a las relaciones entre personajes. El vínculo de Finn y Jake es a prueba de magia de la Nochesfera, pero no podemos estar muy seguros de nadie más. En los Tres Estados, en cambio, nadie hará daño a nadie de manera consciente (ni siquiera Bufford); todo lo contrario: son las relaciones de amistad y paternofiliales (Heinz y Vanessa son una de las mejores parejas padre incompetente-hija adolescente de la televisión) las que dan sentido a los personajes, sin caer en lo ñoño jamás. Uno de los aciertos de la serie es hacer que la antagonista de Phineas y Ferb sea su propia hermana, sin convertirla en un personaje negativo: Candace y sus hermanos se quieren con total sinceridad. En realidad ni a Phineas ni a Ferb se les pasa nunca por la cabeza que Candace quiera atraparles con las manos en la masa. Y los espectadores le perdonamos esa manía persecutoria porque sabemos que nunca conseguirá llegar a nada; es más, las pocas veces que podría triunfar, Candace renuncia generosamente y cubre las espaldas de sus hermanos. Perry y Doofenshmirtz son enemigos íntimos con una dinámica cuasi perejil, con un capítulo de infidelidad incluida; ya lo decía Stefan Zweig, “diez años de encarnizada enemistad unen a los hombres más misteriosamente que una amistad mediana”.

Doof_and_Perry_on_a_Seesaw

(y también a los ornitorrincos)

            Me dejo muchísimo en el tintero: las frases lapidarias de Ferb, la Princesa Lumpy Space, Isabela y Phineas, Ferb y Vanessa, una comparativa entre los inventos de Phineas y Ferb y los de Doofenshmirtz, el padre de Marceline (quien sí es capaz de llevar botas rojas de vaquero con dignidad, no como Ted Mosby), y muchas, muchas más. Les toca a ustedes: elijan bajo qué regimiento militar. Pero, si me aceptan un consejo, sean más astutos: no juren lealtad a ninguno y dejen servirse por los tres. Es lo que hacen los estrategas.

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