Con un vaso de whisky

marzo 6, 2013

La Usurera

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 9:02 pm
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            Si Ratcliffe es uno de los malvados de Disney más tontos, Ursula, la Bruja de los Mares, es una de las más astutas. No es ni mi villana predilecta ni mi bruja favorita de este mundo, pero regatearle sus méritos sería algo mezquino. Los tentáculos de Ursula atrapan a los demás personajes de La Sirenita con mucha más fuerza de la desplegada por otros malvados en sus obras.

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            (Cthulhu con sombra de ojos… ¡Blasfemo y no eucludiano!)

               El cuento en el que está basada la película, de Andersen si la memoria no me falla, tiene un final más sombrío que la adaptación de Disney: la princesa de los mares salva al Príncipe del naufragio, pero no come perdices con él; éste se casa con otra mujer, a la que confunde con su salvadora. Rechaza la oferta que le hacen sus hermanas (asesinar a la feliz pareja para poder regresar al océano) y muere, convirtiéndose en espuma marina. ¿Y quién ofreció el pacto de dos piernas a cambio de su voz, con la muerte si no lograba el amor del Príncipe? ¿Y quién dio a sus hermanas el cuchillo mágico para el asesinato, a cambio de sus cabellos? La Bruja del Mar.

            Del cuento original ya sacamos alguna conclusión: la Bruja no es trigo muy limpio, si hace esos pactos con las sirenas; su papel, sin embargo, es pasivo. La Disney cogió ese personaje y le insufló una energía maligna muy simpática.

            Poco sabemos del pasado de esta hechicera. Ella misma rememora, melancólica, su pasado en la corte real, de donde fue exiliada (aunque los motivos se nos ocultan, no es muy difícil imaginarlos). Sin embargo, su castigo no parece haberle impedido lograr una posición respetable en el Océano. Sus conocimientos y poderes son conocidos, respetados y temidos. Varios súbditos del estirado Rey Tritón buscan el atajo que suponen sus conjuros ante las dificultades de la vida. Y aunque casi todos deben de ser conscientes del riesgo, los deseos son más fuertes que la prudencia. Y piden. Y firman el contrato. Tras una conversación parecida a esta, supongo:

(Un 15% más de intereses por la canción, querida)

            Ariel es una de estas buenas gentes que hacen tratos siguiendo el estilo de Homer Simpson (“No firmaré nada sin haberlo leído o sin que alguien me lo explique punto por punto”). Si uno quisiera ver la película desde una perspectiva sociológica, saltaría un paralelismo desagradablemente familiar en la escena de la firma: una vendedora maliciosa, sin escrúpulos, que apabulla a una cliente no demasiado lista (¡por Dios, niña, tiene usted indicios más que suficientes a la vista de que esto va acabar mal!), hasta que echa la firmita de marras. Igualmente, es posible hacer una comparación más clásica; los pactos con seres infernales son habituales en cuentos y leyendas, uno de los motivos más repetidos, de casuística más retorcida y de resultados más variados. Ursula es bruja y una decente servidora de las Tinieblas. Por no faltarle, no le falta ni su jardín de almas condenadas.

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(Casi digo algas, ¿eh?)

            Por mucho que la desprecie, esta princesita Disney tenía alguna virtud. La primera vez que la vemos, ha faltado a un concierto en honor a su señor padre (donde hubiera sido aplaudida, agasajada y alabada) por examinar restos de naufragios, arriesgándose a ser el plato del día para un tiburón, sin más compañía que la del cretino de su amigo, el pez Flounder. Ariel es una nerd, una empollona, una friki del mundo de la superficie. Es una arqueóloga aficionada, con una habitación secreta llena de cachivaches, cuya verdadero nombre y uso desconoce, gracias, sobre todo, a las magníficas y ridículas explicaciones de la gaviota Scuttle (con Sebastian y Grimbsy, forma el trío cómico de la película, tanto más gracioso porque ninguno de ellos es consciente de serlo). Ariel es una marginada en su mundo, incomprendida por todos y, en especial por su tedioso padre. Podría haber sido un personaje agradable.

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(PO-DRÍ-A)

            No lo es por dos motivos consecutivos. Es una adolescente (Hiccup aparte, no hay adolescente no cansino en mi memoria). Es una adolescente enamorada. ¡Dios Todopoderoso! Y está así casi toda la obra. O sea que no: princesita enervante gana a marginada curiosa. Lo único bueno de esta Ariel y de ahí este rodeo, es que es un peón perfecto para Ursula.

            ¡Consideren ustedes lo divertido que es este giro de guión! Las princesas Disney son o el objeto pasivo del deseo de los héroes o las protagonistas activas; su relación con el malvado es nula, en ciertos casos, o de directo enfrentamiento en otros. Pero sólo aquí la princesa es una pieza de ajedrez para el enemigo. Esto hace que Ursula esté tan arriba en el escalafón de Malvados disneyanos.

            Si uno contempla la película desde la perspectiva de la Bruja, todo cobra su justo sentido. La Parejita se queda en lo que es con justicia, una irrelevancia por sí misma, interesante sólo como parte del Plan de la Villana. ¿A quién le puede importar lo más mínimo si Ariel, muda, logra que el bobarán de Eric se fije en ella? Ah, pero si de eso depende algo más grande, la escena de la laguna cobra fuerza. La suspensión no está en si se besarán y serán felices sino en que, si se besan, Ursula habrá fracasado. Y eso nadie quiere que ocurra. ¿O no es verdad?

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(¿Cómo querríamos, con esas sonrisas por partida doble?)

          Ursula es una malvada peculiar en ciertos aspectos. Físicamente sigue el canon de que la perversidad interior se manifiesta en el exterior, un exterior más avasallador de lo normal. A todos los villanos de Disney se les reconoce en cuanto aparecen en pantalla, pero Ursula la llena con una potencia inusual. En un mundo donde todas sirenas y “sirenos” parecen sacados de una revista, ella es más bien rubensiana. Nada acomplejada, menea las caderas con una desinhibición casi morbosa. Y, mientras los demás tiene una tonta cola de pez, ella tiene tentáculos. Los tentáculos ganan a las colas de pez en todo (referencias: “El Día del Tentáculo” contra “The Deep South”, de Futurama; ¡claramente!).

            Por otro lado, es una de las malvadas mejor secundadas. Los lacayos de Disney suelen ser irrelevantes, en el mejor de los casos, o unos inútiles que favorecen la derrota del malo. No así los ayudantes de Ursula, Flotsam y Jetsam, dos morenas de ojos estrábicos y voces espectrales. No sólo no fracasan en ninguna de sus misiones, sino que son responsables, en buena medida, del triunfo de su ama: son ellos los que incitan a Ariel para que vaya a ver a la Bruja y también los que, in extremis, impiden que Eric la bese. El único ayudante tan eficaz es Yago, el loro de Jaffar, aunque más que un mero ayudante, ese pájaro es un co-malvado con todo merecimiento.

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(Pero estos dos, evidentemente, leen mejor por la noche)

            Ursula, por otro lado, recupera para los Villanos de Disney algo que hacía tiempo no tenían: la codicia del Poder. Casi todas las motivaciones de los Malvados en Disney son, de un modo u otro, fruto de pasiones negativas: los celos, el rencor, el deseo frustrado, la venganza (por caprichosa que sea en el caso de Maleficent)… Casi ninguno es Malvado, hasta Ursula, por ambición, por sed de poder. Ni siquiera Scar, más tarde, es perverso únicamente por ambicioso. Ursula parece libre de toda pasión, salvo del deseo imperioso de controlar el Océano.

            Para conseguir saciar ese deseo, manipula el amor adolescente de Ariel por Eric y el amor paterno de Tritón por su hija. Sí, soy un bardólatra, pero es que también aquí vemos así un eco lejano (muy lejano), de los monstruos de Shakespeare. Esta estratega del Mal se ve obligada a improvisar cuando Ariel se acerca demasiado al éxito. Y saca partido a la fianza dada por la sirenita: su voz, que empleará, tras un conveniente cambio de aspecto, para hechizar a Eric. Así, la princesa no cumple la condición y, en cumplimiento del pacto mágico, regresa al Océano, arrastrada por la victoriosa bruja. Hacia la última etapa de su plan.

            Una de las características de los cuentos de hadas es que los pactos, las palabras empeñadas, los contratos, tienen una fuerza temible. Todos ellos están sostenidos por fuerzas mágicas o sobrenaturales que nadie osa contrariar. Jugar con la semántica y la interpretación está permitido, pero quebrantarlos, suavizarlos o anularlos, es imposible. Estos cuentos son muy tradicionales, en este sentido: pacta sunt servanda. Ni mala fe, ni protección del consumidor, ni nada: si Ariel prometió su alma, da igual que lo hiciera manipulada. Nadie puede librarla de su destino, ni siquiera toda la autoridad de Tritón. Ah, pero si éste aceptara ocupar el puesto de su hija… eso sería legal. Ursula es el único Malvado de Disney que logra sus propósitos por jugar hábilmente según las normas, lo cual puede (o no) dar pie a ciertas reflexiones, más allá de la película. En cualquier caso, a mí siempre me ha hecho mucha gracia ver al estirado de Tritón preso de sus propias normas (se cansa de repetir que es Rey y que él dicta las normas: la que usa Ursula, entiendo, también será suya o, al menos, la acepta).

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            (Ursula comparte el jolgorio)

              Y sin embargo, oh desgracia, en cuanto Ursula logra la corona y el tridente, y, con ellos, la soberanía sobre los Océanos, ¿qué hace? Trata de fulminar a rayos a Ariel y Eric, hasta que, rabiosa por la muerte accidental de sus sirvientes, aumenta de tamaño hasta convertirse en una titán. Esto es, decide matar las moscas a cañonazos, táctica que nunca jamás sale bien. La tormenta que desencadena la Bruja deja al descubierto un pecio y Eric, sin tripulación ni aparejos, que son para nenazas, lo utiliza para atravesar la panza del monstruo, en una de las muertes, al mismo tiempo, más espectaculares y ridículas de las películas de Disney:

            Sí, sí, sabemos que los malos tienen que perder y Ursula estaba ganando y quedaban cinco minutos de metraje. Pero, vaya, qué quieren, otras derrotas estaban más cuidadas. Que un buen villano Disney tiene, por convenio, derechos inalienables: más carisma que el héroe, una canción digna y un final a su altura, por irónico o por impresionante. No un empalamiento, deprisa y corriendo. Caramba.

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