Con un vaso de whisky

febrero 12, 2013

El villano puritano

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:01 pm
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            Pensar que Scar es un reflejo de Ricardo Glóster puede muy bien ser una deformación mía. Que el magistrado Claude Frollo, de El Jorobado de Notre Dame (Disney), es una versión simplificada del arcediano Dom Claude Frollo, de Nuestra Señora de París (Victor Hugo), es una evidencia.

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            Del atormentado sacerdote que es el protagonista y villano de la novela de Hugo, ya hemos hablado, al examinar el Amor en la Literatura, en concreto, cómo el Amor puede ser el origen del Mal. El personaje de Disney es, desde luego, mucho más sencillo. En esta película, como en tantas otras de la compañía, el mundo es maniqueo y la parte tenebrosa la llena Frollo en solitario. Sí, Clopin y los suyos tienen un momento amenazador, pero son de los buenos, al fin y al cabo; nada que ver con la colección de criminales, asesinos, ladrones y demás buena gente de la Corte de los Milagros original.

            En realidad, pocos personajes tienen algo que ver con sus originales, salvo Frollo y Esmeralda, a ratos. No Febo, desde luego, ni Quasimodo, irreconocibles. De Frollo se suele señalar como gran cambio que se le seculariza, despojándole de su condición clerical, para convertirlo en una especie de gran inquisidor seglar, encargado de crímenes mundanos y de desviaciones sociales, siempre en nombre de Dios, aunque enfrentado, curiosamente, con el representante de la Iglesia, el Archidiácono (el cuál tampoco es que tenga mucho éxito, la verdad).

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          (Mal día para hacerse el valiente, monseñor)

          Esta secularización no es cosa de Disney. Una de las mejores adaptaciones (aunque también difiere de la obra original) de Nuestra Señora, la versión de 1939, ya hacía lo mismo. Sir Cedric Hardwicke interpretaba a un Frollo convertido en Juez (laico) supremo de París. En cambio, apenas había cambios con los demás: Esmeralda era Esmeralda, Febo era el despreciable y fatuo soldado del libro y Quasimodo, gracias a ese actor inmenso llamado Charles Laugthon, es el mejor campanero de la catedral que jamás he visto (lo que hacía ese hombre sólo con un ojo es impresionante). Al que no reconocería ni su madre en esta versión es a Jehan; al encantador tarambana hermano menor de Claude lo transforman en hermano mayor (creo recordar que les intercambiaban los nombres de pila, encima), benévolo, paciente y obispo… caramba.

            Pero volvamos con nuestro villano. El gran cambio entre el Frollo huguiao y el de Disney es psicológico. El arcediano no era un mal hombre. De hecho, era bastante buena persona. Serio, melancólico, reservado, pero también compasivo. Se carga a sus espaldas la responsabilidad de su hermano pequeño, fruto de constantes decepciones, al que quiere con sinceridad; y salva al deforme bebé Quasimodo, a quien la ciudad entera ve como un demonio, ganándose con ello fama de brujo. Frollo resulta fascinante porque es el estudio de una persona recta transformada en un monstruo tan sufriente como atormentador, corrompido por una pasión que trata de reprimir y luego, cuando ya le ha desquiciado, de saciar a toda costa.

            El Frollo de Disney no era un clérigo estudioso, con las semillas de su propia destrucción en el alma, sino un inquisidor, un comisario despiadado, glacial, que persigue sin descanso a cuantos considera merecedores de castigo. Luego, desde el inicio de la película, tenemos claro quién es el villano: este fanático monolítico, para el cual el pueblo es una masa pecadora, a la cual hay que vigilar con mano de hierro, y los que viven fuera de las normas sociales son corruptores, a quienes debe extirparse sin dudar. La obertura lo deja claro (ignoren el último minuto y medio, por favor):

            Simple como resulta si se le compara con su origen literario, Frollo es un villano peculiar en el mundo de Disney; casi todos los malvados de Disney son, o bien unos amorales pragmáticos, o bien unos inmorales encantados de serlo. O rechazan que haya Bien y Mal o lo aceptan, manifestando jovialmente su adhesión a las filas del Mal (y esa jovialidad es una de sus características más simpáticas). Claude Frollo, en cambio, vive en un rígido mundo de Bien y Mal, maniqueo como sus ropajes negros y blancos. Y sólo él y sus servidores están del lado del Bien. Esto es muy raro en Disney. Frollo no es un hipócrita. Ningún fanático es hipócrita. Él cree sinceramente que está de parte del Cielo, por mucho que el Archidiácono le lleve la contraria, cree en el miedo, en el castigo, en el dolor y en el fuego para librar su guerra contra quienes ve como enemigos. Eso no hace sus acciones menos crueles, pero es una crueldad honesta. Este puritano implacable está seguro de que es el bueno.

            El Frollo de Hugo cae en una espiral de deseo frustrado que le lleva a un nihilismo destructivo: Esmeralda se ha vuelto su mundo y, como no puede tenerla, está dispuesto a aniquilarla, no importa el precio. Al final de la novela, no sé si ya si es honesto, hipócrita o si el sufrimiento que padece y ha causado le han desquiciado hasta tal punto de volverlo loco. El Frollo de Disney únicamente tiene un momento, su mejor momento, en el que la confusión se apodera de él. Solo en su palacio, Frollo reza a María, con su inflexible orgullo habitual, para verse asaltado por el deseo que la joven gitana ha despertado en él. Un deseo contra el que lucha, hasta que cede, clamando por poseer a Esmeralda o por su destrucción, en medio de visiones espectrales:

            Este monólogo condensa en tres minutos todo el proceso psicológico que Hugo hace pasar al arcediano, y, desde luego, pierde mucho por el camino. Sin embargo, la esencia está ahí: un hombre con gran dominio de sí mismo queda prendado de una joven, de una joven gitana, asocial, de un grupo que siempre ha perseguido (en Disney), ¡y no puede dejar de pensar en ella! ¡Y desearla le llevará al Infierno! Al final, Frollo se ha perdido a sí mismo, porque acepta la condenación, según su credo particular, a cambio de tener a Esmeralda e incluso se dirige a María pidiendo, de un modo muy poco ortodoxo, que la mande a las llamas del averno si no se la entrega para gozar.

            Lo curioso es que luego Frollo parece regresar al que era. Sí, persigue a Esmeralda, manda a sus sicarios a buscarla, atrapando de paso a unos cuantos gitanos y parisinos que les han dado refugio y, finalmente, manipula al pseudo Quasimodo de Disney para encontrar la Corte de los Milagros. Sin embargo, que Esmeralda esté allí vine a ser una ventaja añadida; el gran éxito es encontrar el cuartel general de sus enemigos. Si Frollo fuera el hombre obsesivo que debería ser, la Corte de los Milagros sería la excusa, no el objetivo. Cierto que el magistrado hace una intentona para llevarse a Esmeralda, dándole a elegir entre hoguera y su compañía, pero resulta demasiado poco demasiado tarde, como si los guionistas se hubieran acordado de repente de que su villano está colado por la heroína.

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  (Una vez desaprovechada la oportunidad, sólo queda quemarla viva)

            La relación de Frollo con Quasimodo está aún más alejada de Hugo. El amor incondicional del campanero por el arcediano es absoluto en la novela, hasta las últimas páginas; después de todo, un joven Frollo salva al huérfano Quasimodo de ser quemado vivo por unas cuantas buenas almas, que empezaban a sospechar seriamente que era un diablo. Y aunque el trato de Frollo hacia el campanero es más bien áspero con el paso de los años, tenemos sobradas muestras de que el sacerdote y alquimista a tiempo parcial de Hugo era más bien mordaz con quien le rodeaban. Sólo cuando su pasión amorosa por Esmeralda ha minado su cordura llega a ver al campanero como un rival, a sentir celos de él y a desvincularse afectivamente de su hijo adoptivo.

            En cambio, el magistrado de Disney tiene a su cargo a Quasimodo, de muy mala gana, como penitencia por haber matado a su madre- y sin el más mínimo propósito de enmienda. Educa al jorobado como parte de la carga, no con la vocación docente que sí tiene Dom Claude. Y, sobre todo, el Frollo de Disney, de una manera menos refinada que Madre Gothel, chantajea emocionalmente a su pupilo, aterrorizándole con historias sobre lo mal que le trataría el mundo si saliera alguna vez de la catedral. Luego resulta que la gente es maravillosa y que el mundo es maravilloso y que Frollo, el muy desgraciado, sólo estaba mintiendo para mantener bajo control al campanero. Pues claro que sí, chaval.

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           (Venga, que levante la mano el que esté a favor del imbécil pelirrojo)

           La batalla final es una especie de catarsis para Frollo: tiene a mano acabar con Esmeralda y Quasimodo de una sola vez, y aquí, al fin, sí está desquiciado del todo, asaltando al frente de sus tropas la catedral, mientras el pueblo de París, muy concienciado él, decide liberar a los gitanos y enfrentarse a la tiranía del magistrado. En la novela también se produce un sitio de Nuestra Señora, pero existen al menos siete diferencias con el de la película (¡a ver si las encuentran todas!).

            Total, que Frollo, riendo a carcajadas maníacas, está apunto de decapitar a Esmeralda y a enviar a Quasimodo a un lago de plomo fundido, cuando la gárgola en la que se alza se resquebraja y es él quien cae hacia la muerte. ¡Por poco! Una vez más, el final del Frollo literario es mucho más dramático y poderoso.

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      (La sonrisa, eso sí, inspira confianza)

        Quizás la mayor diferencia entre estos dos Frollos sea la siguiente: el literario sufre, sufre terriblemente, padece, y cuanto más padece más maligno se vuelve; el Frollo de Disney pasa de ser un fanático glacial a un fanático un poco menos glacial, que ha tenido un cuelgue con una de sus víctimas habituales.

            O sea que, para Malvados profundos, no vayamos a Disney, les salen mal. Les salen mejor los Malvados encantados de serlo y que hacen que nosotros estemos encantados de que lo sean.

1 comentario »

  1. Que suerte el haber encontrado una entrada como esta, por cierto, el blog está muy trabajado!!
    Siempre me gustó mucho la película de Disney, y aunque yo era pequeña cuando la veía siempre noté que había un gran trasfondo en el personaje del villano Frollo, el cual me fascinaba aunque no me diera del todo cuenta de sus intenciones hacia Esmeralda. Con catorce años me dio por verla nuevamente y empecé a interesarme por la historia en sí; para mi sorpresa la historia de Disney difería enormemente de la historia origina, y más aun de los personajes de la novela. No tardé demasiado en leérmela (ahora tengo 19 años y me la habré leído entera unas 3 veces, aunque hay capítulos en concreto que ya ni recuerdo las veces que las habré releído). Todos los personajes, en especial Quasimodo y Frollo me parecen increíbles por su complejidad psicológica y emocional. El personaje de Frollo sigue presentando muchas incógnitas, y puede que fuera por el romanticismo de la época lo que le llevó a Victor Hugo a crear un personaje que, siendo un erudito recto y de firmes creencias, termina por volverse loco por una joven que representa la inocencia, la belleza y la libertad de una juventud ignorante del mal en sí mismo. Es un personaje reprimido que se desquicia por lo único que no ha tenido nunca y que desea fervientemente: una mujer bella y joven, en teoría libre para poder amar a cualquiera, pero que ese cualquiera debe ser él a toda costa, dando muestras del egoísmo exacerbado y de la lujuria desmedida que al mismo tiempo encierra la necesidad de sentirse correspondido y amado de igual forma, porque, finalmente Frollo no solamente quiere poseerla de forma carnal, sino que al mismo tiempo fantasea con la posibilidad de que ella lo ame de la misma forma romántica e infantil como la que Esmeralda ama al capitán Febo. Además él no soporta la idea de que Febo mancille la virginidad de Esmeralda sin amarla realmente, cosa que él cree hacerlo de verdad. Lo que más sorprende es que sea capaz de intentar matar a Quasimodo en uno de sus intentos frustrados por violar a Esmeralda en uno de los capítulos del libro; no se, a mi dejó helada que después de rescatarlo y criarlo, la vida de su más leal siervo le importe tan poco y prefiera satisfacer sus deseos personales y egoístas. Evidentemente hay casos de hombres que se vuelven “locos” por una mujer y la matan si éstas no les corresponden o les dejan; en esta novela se ve perfectamente la famosa frase de “la maté porque la amaba” o “conmigo o con nadie”.

    Gran entrada y gran personaje, saludos🙂

    Comentario por Ellen Ray — septiembre 12, 2015 @ 9:39 am | Responder


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