Con un vaso de whisky

enero 14, 2013

Las Madrastras

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:15 pm
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            Las generaciones que crecimos con las películas de Disney (o sea, casi todas, desde los años cuarenta, en Occidente y parte del extranjero), gracias a ellas antes que a los cuentos, aprendimos a temer (o apreciar) una palabra: Madrastra. Pronúncienla en voz alta. Por una vez, admito que el inglés cede. Stepmother es inquietante, pero Madrastra… parece una invocación a algún demonio.

            No todos los grandes villanos de Disney son Madrastras, pero todas las Madrastras de Disney son grandes villanas. Si no me falla la memoria, son tres. Dos clásicas, la Reina de Blancanieves y la Madrastra de Cenicienta, lady Tremaine. Una muy reciente, Madre Gothel, de Enredados (Tangled).

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            Empecemos por la primera. Y es la primera en todos los sentidos: la primera malvada del primer largometraje de animación de la Disney. Es, encima, Reina, Madrastra y Bruja. Diantre, es como una Trinidad maligna en un solo frasco. ¡Toda una oferta para las Fuerzas del Mal!

            Blancanieves y los Siete Enanitos (manía infame de ponerle diminutivos a todo; eso sólo se le consiente a Flanders) posee ya casi todos lo elementos de Disney: está basado en una historia preexistente, tiene canciones (aunque poco importantes para la trama) y a las tres castas de personajes. La Pareja es totalmente secundaria. El Príncipe Azul sale sólo un par de veces y nadie se acuerda de él hasta que llega la escena del beso resucitador. Es un estupendo Príncipe de Disney: casi no habla y carece de peso. En cuanto a Blancanieves, aún no sé por qué el cazador de la Reina no le arranca el corazón en su momento. A mí me gusta mucho más la vicealcaldesa de Villa Fábula que se sacó Bill Willingham de la manga; es de armas tomar.

            Son, por tanto, los Enanos, como Cómicos, y la Reina y su Espejo, como Villanos, los que merecen recuerdo. Los siete Enanos tienen las mejores secuencias: la mina, con el conocidísimo “Hi-Ho”, la primera vez que se enfrentan a un baño o la noche que pasan apelotonados en la cocina. Gruñón, Doc y Mudo, son los más recordados y los únicos que poseen cierta personalidad además de la asociada a su nombre (los demás sólo son eso, lo que dice su nombre). Gruñón, por ejemplo, es uno de los responsables de un arquetipo ya sobado: el tipo huraño, cínico y mordaz que oculta un corazón de oro. Pfff.

(Enanos; Reina; Espejo; ni rastro de Blancanieves… ¡Todo bien!)

            La Reina. Y el Espejo. ¡Vaya pareja! La película no se anda con tonterías: la primera secuencia es de ellos. La hechicera que tiene esclavizado a un espíritu poderoso, clarividente. El Espejo siempre me ha intrigado. De cuando en cuando me entran tentaciones de usarlo en algún relato, porque siempre he tenido la vaga sospecha de que su rol subalterno podía ser una máscara (su cara es una máscara, vaya) de un manipulador muy oscuro. La Reina sólo emplea sus poderes de conocimiento para saber si sigue siendo la más hermosa. ¿No sería simpático que el Espejo hubiera enloquecido a su supuesta ama, hasta volverla una narcisista celopática? ¡Porque el Espejo tiene la vida y el destino de casi todos los personajes en sus respuestas!

            Aun en ese supuesto de mi imaginación, la Reina seguiría siendo grande. Su motivación para el Mal es muy egoísta y un poco triste, pero sus medios son respetables. Las escenas de hechicería son de lo mejor de la animación de la película. Y ella tenía además la voz de Lucille La Verne (la Reina carece de nombre, pero no me digan que ése no le vendría como anillo al dedo), toda un estrella en su día, ahora completamente olvidada. Sólo su final me indigna: engañar a Blancanieves no parece muy complicado, aunque la escena se salva por el goce sádico de la Reina, convertida en vieja, al verla “morir”, sabiendo que la van a enterrar viva. ¡Pero escapar de siete enanos! ¿No podía haber llevado un embrujo de emergencia? Su muerte sabe a poco. Cuando está apunto de aplastar a los enanos con una roca, un relámpago sospechosamente justiciero la manda al abismo. Créanme: la muerte del cuento es mucho, mucho, mucho más interesante.

            Lady Tremaine no es Reina, aunque sí una gran señora; no es Bruja, pero es una malvada de cuidado. La Reina siente celos de la belleza de Blancanieves. Lady Tremaine teme que las virtudes de su hijastra Cenicienta obstaculicen los planes que tiene para sus propias hijas. Hemos perdido la hechicería a cambio de ganar un cálculo gélido. Ni tan mal.

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            En La Cenicienta hay muchos paralelismos con Blancanieves. La Parejita sigue siendo irrelevante (sí, Cenincienta cae algo mejor que Blancanieves, por conformista y poca cosa que sea; el Príncipe sigue siendo una nada que no estorba), y hay cómicos: los ratones enfrentados al mezquino gato “Lucifer” (mezcla de malvado secundario y cómico) y, por supuesto, la pareja formada por el Gran Duque y su irascible señor, el Rey, empeñado en ser abuelo y en decapitar a su servidor si no lo consigue. Y la Madrastra, de Gran Villana.

            Con la voz de Eleanor Audley (quien también le dio voz a otra grande del Mal, Maléfica, a la que ya encontraremos), y un rostro, siempre lo he creído, tomado prestado a Bette Davis, esta dama aristocrática, manipuladora, de exquisitos buenos modales, cargada con dos hijas feas y estúpidas que no merecen semejante madre, es un personaje poderoso; sólo tiene que levantar una ceja o sonreírse levemente para convertir en piltrafa al resto del reparto. Confieso mi orgullo filial cuando mi madre dice de cuando en cuando que es su personaje favorito de Disney.

            Hay pocos malvados que despedacen de una manera tan deliciosa a su rival como lady Tremaine. Finge ceder ante Cenicienta, permitiéndole ir al baile si acaba sus tareas y logra un vestido adecuado. La carga de trabajo para evitar que lo consiga. Y, cuando con la ayuda de sus amigos animales, la insolente hijastra se atreve a aparecer con un vestido aceptable, le bastan dos segundos de delicadas observaciones para azuzar a sus hijas como perros, que lo destrozan, dejando a la protagonista con mil toneladas de falsas esperanzas sobre la espalda. ¡Magnífico! Claro que llega el Hada Madrina a arreglarlo, pero esa vieja alegre me cae bien, así que se lo perdonamos.

(Good Night…)

            Oh, pero los dos segundos más terribles de esta malvada no han llegado. Cuando, después del baile, de la calabaza y de todo eso, el Rey manda al Duque a la caza de la misteriosa desconocida de los zapatos de cristal, cuando se lo comunica a sus hijas, cuando Cenicienta lo oye y, sabiendo que es ella y que es cuestión de tiempo irse para siempre con su amado, se deja llevar por la ensoñación, cuando las hermanastras, como de costumbre, no entienden nada y berrean… ¡Ah! Con un seco, “¡Silencio!”, corta los gritos, y fija su mirada en la joven que se va bailando… dos segundos, dos segundos en los que todo se oscurece y los ojos de la dama, amarillos como los de un gato, taladran a aquella inocente muchacha. Toda la malicia e inteligencia de lady Tremaine están en esos dos segundos, que le bastan para entender, para decidir qué hacer, para sepultar en vida a esa pobre tonta enamorada.

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            Pese a todos sus recursos, y pese a su último y meritorio esfuerzo, pierde el juego. Y aquí me alegra que Disney no haya sido fiel al original. Porque lo que le hace el Príncipe a la Madrastra en el cuento… Me niego a que alguien como lady Tremaine acabe así.

            Madre Gothel no supera en estilo y dignidad a lady Tremaine. Sin embargo, como villana es una de las más astutas e interesantes que he visto en Disney. Enrededados tiene pocas canciones (aunque la de la taberna de los criminales es simpática), algunos cómicos (el caballo medio javertiano, Máximus, es uno de sus puntos fuertes) y otra parejita cansina. Bueno, en la primera media hora Rapunzel y Flynn Raider, un homenaje medio burlón a Errol Flynn, son bastante aceptables. Curioso, eh, que sea cuando empiezan a actuar como pareja cuado pierden toda la gracia. Aunque sea eso lo que conceda a Gothel su mejor momento.

            Mientras la Reina siente celos de Blancanieves y Tremaine ve en Cenicienta un obstáculo, Gothel tiene en Rapunzel algo mucho más interesante: la fuente de su inmortalidad. El cabello de la princesa, mientras no se corte, tiene propiedades maravillosas; Gothel lo necesita para ser siempre joven, para dar esquinazo al tiempo. Así que secuestra a Rapunzel cuando es un bebé. Y aquí tiene una idea genial.

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            Rapunzel vive encerrada en una torre perdida, oculta del mundo. Y ella es una prisionera. Pero no hay cadena, ni hechizo, ni guardia que la retenga. No, no, lo que mantiene a Rapunzel en su jaula es un cuidadosamente torcido amor hacia Gothel. Esta villana utiliza hábilmente el chantaje emocional: ¡Claro, puedes irte por ahí, a vivir aventuras, a ver el mundo, a ser feliz, si no te importa dejar sola, abandonar a tu pobre madre! Y Rapunzel, durante dieciséis años, bajo el peso de este amor castrante y de la culpa, obedece.

            ¡Es un plan brillante! Gothel no siente más que cierto desdén por la princesa, pero mantiene la máscara de madre amante, posesiva. Su error, claro, es el exceso de confianza. Convencida de que tiene a la cría en un puño, no calcula que la curiosidad de Rapunzel por el mundo será más fuerte que los remordimientos (aunque le cuesta esfuerzo, en una graciosa secuencia bipolar, sobreponerse a ellos). Cuando se percata de su error, entra en pánico.

            Claro que es en los momentos de crisis cuando una mente sagaz da lo mejor de sí. Gothel podría haberse plantado ante Rapunzel y haberla engañado, o, incluso, usado la fuerza para llevársela. Sin embargo, con una astucia digna de alabanza, ve la oportunidad de quebrar para siempre la voluntad de su rehén. Y es el enamoramiento de Rapunzel y Flynn lo que le da la oportunidad (no he encontrado un video de mejor calidad):

 ¡Así que crees que ese mozalbete tan apuesto te quiere! ¡A ti! Pobrecilla, qué tienes tú para que nadie, salvo tu bondadosa madre, te quiera. ¡Si tú eres una mediocridad! Muy bien, ve con él. Y cuando te abandone porque ya ha conseguid lo que quiere, vendrás llorando. Basta una emboscada, un engaño con la niebla y la distancia como herramientas y éxito completo: Mención Honorífica entre las manipulaciones que he visto o leído.

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            Claro que, como esto tiene que acabar bien, Rapunzel recuerda por fin su secuestro; la escena de evocación merece un sobresaliente en “Atajos de guión para que las cosas nos cuadren como sea 101”. Santo cielo. Gothel es finalmente derrotada de un modo que cualquier espectador había previsto con media hora de antelación, dejándonos sin nada aprovechable (los diez últimos minutos de la película son un crimen diabético). Pero ella ha supuesto una hábil vuelta de tuerca y merece un puesto entre las Madrastras.

            Nos esperan otros villanos, sí, pero imaginen lo que estarán maquinando, las tres juntas, en el Club de Bridge del Infierno…

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