Con un vaso de whisky

diciembre 28, 2012

Casi Les Misérables

            Teniendo en cuenta mis expectativas, la cosa no ha ido tan mal. Para destrozar una gran obra como este musical, hace falta un especial empeño o una especial incompetencia. No había ese empeño ni esa incompetencia. Pero tampoco se ha logrado hacer justicia en esta adaptación al cine.

            Empecemos por lo bueno y luego pasemos a lo deplorable. Lo primero bueno, en realidad, ni tendría que decirlo. Es consecuencia de un mal endémico del cine en España: el doblaje. Hasta asegurarme de que las canciones no estaban dobladas (vivo en una ciudad sin cines en versión original), no compré la entrada. Así que bien por la distribuidora o quienquiera que haya tomado la decisión. Hombre, ya para hacerlo bien del todo, los subtítulos podrían traducir lo que realmente están cantando los personajes, no copiar el libreto adaptado a la versión en español.

            Las partes en las que no se canta sí están dobladas. Este es un posible punto de polémica. En el musical no hay partes no cantadas. Aquí, sí. Yo prefiero la idea del musical: da mayor coherencia, mayor unidad al todo. Lo acerca, por así decir a la ópera. No es gente que esté conversando y de repente empiece a cantar. Además, casi todo lo que se habla en la película se canta en el original, así que no sé por qué diantre se hace el cambio, cambio que además quita un par de momentos pequeños pero que a mí siempre me han gustado mucho. También es verdad que en ciertas partes habladas hay guiños y homenajes a la novela que se habían perdido en el musical, así que vaya lo uno por lo otro.

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            Lo bueno. Tom Hopper, director de la película (y de la muy correcta y bastante, pienso, sobrevalorada El discurso del Rey), sale airoso de la prueba. No tengo queja en el apartado de dirección. Aprovecha los recursos del cine para suplir las limitaciones que en el teatro hay que suplir con ingenio, jugando hábilmente con las secuencias de transición, con los planos espectaculares o con los primerísimos planos de algunos actores durante sus soliloquios. Hay algunos cambios de estructura y añadidos discutibles, aunque neutros en última instancia. El musical, por ejemplo, no describe la llegada de Valjean y Cossete a París, ni su refugio en el convento, que sí están en la novela (y que dan pie a una de las grandes reflexiones de Hugo: la severa crítica a la cultura conventual como algo sin sentido en su época, al tiempo que hace una de las más hermosas alabanzas a la oración que yo haya leído nunca). Incluso se atreven a añadir una canción, un monólogo de Valjean ante Cossete durmiendo: error salvaje.

            Otros cambios son cronológicos. Algunas de las canciones más famosas del musical (I dreamed a dream, On my own, The People Song), se colocan en lugares diferentes. Pero en estos casos, el cambio está justificado, y no merece crítica negativa. ¿Podría haberse seguido el musical sin más? Yo pienso que sí, aunque tampoco vamos a ser fanáticos inmovilistas.

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            El vestuario y los escenarios, tan importantes tanto en el cine como en el teatro, están de sobresaliente. Miren que yo no visualizaba físicamente a Jackman como Valjean, pero me lo creí nada más ver la cabeza rapada, la barba hirsuta, el bastón nudoso. Los edificios cochambrosos donde cantan las prostitutas, la barricada de los revolucionarios, las alcantarillas, París entero (el elefante donde vive Garvroche, que en el teatro no estaba, es otro detalle para con el libro que me gustó mucho)… todo está de respeto.

            Ahora bien, la piedra de toque del musical son los actores-cantantes. Si fallan, falla todo. Si triunfa, se tiene la batalla ganada. ¿Qué ocurre aquí? Un empate.

            En el lado del haber, están casi todos los secundarios, los coros (algunos se acortan, como el triste Turning) y, en especial Fantine y Éponine, o sea, Anne Hathaway y Samantha Barks. Hathaway me sorprendió para bien (de hecho, lleva ya sorprendiéndome para bien unas cuantas veces, así que debería dejar de sorprenderme tanto). Actúa y canta y hace bien ambas cosas. Su Fantine es, casi sin duda, lo mejor de la película. Cuando llega su gran momento, el soliloquio I dreamed a dream, Hopper no se anda con bobadas: tiene fija la cámara en el rostro de Hathaway, sin buscar distracciones ni excusas. Expone a su actriz a la mirada y al oído del espectador. La actriz gana. Esta canción, mal interpretada, puede dar a una versión empalagosa, que no hace justicia ni a letra, ni a música ni a personaje. Hathaway está a años luz de lo empalagoso: el suyo es lo que debe ser, un lamento desgarrado, el grito de una mujer en lo más hondo de su miseria, arrojada al pozo por la vida y por sus semejantes, sola, sin salida, sin esperanza.

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            Miss Barks saca nota también. Ah, pero es que ella jugaba en casa. Es la única que había interpretado antes, en Londres, en el teatro, su papel. Es la profesional, el tributo al musical auténtico. Y lo hace bárbaro. No esperaba menos de ella. On my own, su solo de amor no correspondido, siempre ha sido una de mis piezas favoritas, tanto por la letra como por la música (conforme, y porque soy un sádico). Es Éponine a la que hay que agarrase en A heart full of love, el triángulo que forma con Marius y Cosette, los personajes más cansinos de novela, teatro y cine. Y se despide por todo lo alto con A little fall of rain. Que Marius esté colado por Cossete teniendo al lado a Éponine dice mucho del chaval.

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            Los jóvenes revolucionarios, Enjrolras (Aaron Tveit) a la cabeza, merecen aplauso. Cumplen su parte con gran dignidad, y la lucha en las barricadas está conseguida. El pequeño Gavroche (Daniel Huttlstone) es otro hallazgo: el papel de pillo parisino le va como anillo al dedo. Como de costumbre, el eslabón débil es Marius. Claro que poco se puede reprochar a Eddie Redmayne: el mal está en el personaje, ese niño rico que se olvida de sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad en cuanto la rubia le guiña un ojo y se casa con ella. Sólo en Empty chairs and empty tables logra Marius ser medio simpático.

            Y ahora, vamos a dejar de hablar de cosas agradables. Vamos a los tres fallos graves. Y muy, muy, muy graves. Por orden creciente de gravedad.

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            Jean Valjean. Tuve desde el principio reparos muy serios con Hugh Jackman. Como actor, ya lo he admitido, me equivoqué. En una versión no musical, su caracterización del sufriente Valjean me hubiera convencido. Como cantante, no me equivoqué. No es que lo haga espantosamente, incluso hay momentos en que no le sale mal del todo. Pero los zapatos le vienen grandes. Grandísimos. En todos los momentazos de Valjean, que son varios, Jackman raspa el aprobado, sin más. Eso es duro para quien haya gozado el musical: ver pasar delante de uno, malgastados, Valjean´s soliloquy, Who am I?, The Confrontation, Bring him home… No, no deja buen sabor de boca.

            Los Thénardier. Bien, aquí ya es terreno personal. Porque Monsieur Thénardier (ese monumento del mal a quien le debo un artículo propio) es mi personaje favorito de la novela y del musical. En el musical, es cierto, comparte su maliciosa gloria con su esposa, y ambos son más bufonescos que en el libro. Pero son bufones siniestros. En la película, son bufones ridículos. Master of the house, una canción que se lleva en teatro una salva de aplausos entusiasta, es aquí una sombra del sarcasmo malévolo del original. A Thénardier, perpetrado por ese supuesto cómico insufrible que es Sacha Baron Cohen, lo convierten en un imbécil. Y, para rematar, le escamotean su momento en las alcantarillas, donde, mientras roba, sonriendo cínicamente a los muertos, entona su propio soliloquio, el más tenebroso de todos:

            Lo dicho, una vergüenza.

            Javert. ¡Pobre Javert! Jean Valjean es uno de los pilares de la obra y en la película sólo funciona a ratos. Javert es otro y no funciona nunca. Es para desesperarse. El implacable policía, servidor inflexible de la Ley (por cierto, me gustaría saber de dónde sacaron los libretistas del musical original que Javert es profundamente religioso; Hugo, literalmente dice: Se recordará que el fondo mismo de Javert, su elemento, su ambiente respirable, era la veneración hacia toda autoridad. Lo era íntegramente y no admitiía ni objeción ni restricción. Para él, desde luego, la autoridad eclesiástica era la primera de tods. Era religioso, superficial y correcto en esto, como en todo; diferencia entre Javert y un hombre auténticamente religioso, como el mismo Valjean, hay), cuya presencia, estampa y, sobre todo, voz, deberían enderezar todas las espaldas, una voz que ha de ser el Código pétreo… es aquí una nulidad.

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           Y la culpa es de Russell Crowe. Punto. Con lo bien que me cae el hombre, que ya le había perdonado hasta Gladiator. Aquí es un horror. Canta espantosamente mal. Hunde todo lo que entona. Hace desear que The Confrontation acabe cuanto antes. ¡Y qué decir de su último soliloquio, reflejo del primero de Valjean! Pues que en la película lo recortan. Y lo que dejan que cante, lo destroza. O sea, que mejor lo hubieran recortado a él de la película.

            Quizás el mejor resumen de esta versión sea One day more, el canto coral, con todos los personajes (menos Fantine), en la mitad de la obra: ahí están, los que cantan bien, los que cantan aceptables, los que no son sus personajes y los que lo hacen de pena.

            Podría haber sido peor. La película se disfruta, en conjunto. Pero podría haber sido tan bueno, que da rabia. En resumen: si pueden, y sería milagroso que pudieran, vayan a Londres. Al de verdad.

1 comentario »

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