Con un vaso de whisky

diciembre 5, 2012

¿Se trata de una bicicleta?

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:06 pm
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            Guardo recuerdos bastante buenos de un viaje a Bilbao, hace unos cuantos años. Vi en directo por primera vez a Les Luthiers. Comí pocos pinchos (porque comer muchos pinchos sí era vivir por encima de nuestras posibilidades). Un vasco del tamaño de una torre y brazos como aspas de molino perdió el equilibrio en un bar, me utilizó de asidero y me tiró abajo (por fortuna, le caí encima y él estaba demasiado achispado para que aquello no le hiciera gracia; yo, en cambio perdí medio whisky, que, de acuerdo, no era un jura de dieciséis años, pero me lo habían cobrado como si efectivamente lo fuera). Y unas amigas de la gente con la que había ido para allá me revelaron El Tercer Policía.

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            Para ser justos, me lo revelaron como una especie de apuesta. Para retarme, por así decir. Comentando que no sabían si sería capaz de estar a su altura. Me sentí insultado en mi dignidad de lector, una de las pocas dignidades que trato de defender. Además, tenía un aliciente: el señor Morán, que estaba allí, admitió públicamente que había sido demasiado para él. La idea de humillar al señor Morán triunfando donde él había caído no fue decisiva para coger la novela, pero desde luego no pesó en contra. Y, como estamos siendo justos diré que, en cuento empecé a leerlo, ni mi orgullo de lector ni la derrota del señor Morán me importaron ya nada. Me importaba el libro.

            Flann O´Brien (pseudónimo de Brian O´Nolan; James Joyce lo leía con pasión) no es un escritor conocido en estas tierras, ni siquiera en las norteñas – las cuales, digan lo que digan arqueología, geología y demás zarandajas, estoy convencido se separaron de las Islas Británicas por algún cataclismo desafortunado. No hay muchas posibilidades de encontrar novelas suyas, ni siquiera en versión original, editadas en España. Nórdica Libros se merece reconocimiento por haber rescatado ésta, además de The Dalkey Archive, con la cual aún no he logrado hacerme (ya para acabar con mis recuerdos bilbaínos, tardé bastante tiempo en devolverles el ejemplar prestado a mis retadoras, hasta que no estuve seguro de que podría hacerme con uno para mí; esto se llama retribución calculadora).

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            Los placeres de El Tercer Policía son variados. Su inicio es como un martillazo: No todo el mundo sabe cómo maté al viejo Philip Mathers, hundiéndole la mandíbula con mi pala; pero antes será mejor que hable de mi amistad con John Divney, porque fue él quien derribó primero al viejo Mathers, asestándole un fuerte golpe con un bombín especial para bicicletas que él mismo había fabricado con una barra de hierro hueca. Esto nos arrastra a leer más. ¿Quién es el viejo Mathers? ¿Quién es John Divney? ¿Por qué mataron el narrador y Divney a Mathers? ¿Esa mención a las bicicletas es algo aislado y sin relevancia? Estas cuestiones tendrán su respuesta, pero serán las menos relevantes de cuantas empecemos a formularnos (salvando a las bicicletas). O´Brien nos enreda, con suavidad, en un mundo estrambótico, peculiar y asombroso, que mira de frente a los mundos donde Carroll metió a Alicia.

            Los personajes de la novela están tres pueblos más allá de la rareza. Empezando por el anónimo narrador, cuyo punto de vista estamos obligados a seguir. La técnica del narrador subjetivo, en vez del omnisciente, tiene sus pros y sus contras pero, como todas, da para hacer virguerías, si se sabe empelar. Aquí se emplea magistralmente. Obligados a intentar entender el mundo en el que el protagonista se mueve, sometidos a las limitaciones de dicho protagonista, sin poder auxiliaros de ningún tercero, nos pasamos la novela barruntando, imaginando, pensando, rastreando pistas. Esa es una alternativa. La otra es dejarse llevar por la corriente. Empleé la primera táctica la primera vez que leí el libro. Esperé a que el argumento y los episodios estuvieran lo bastante desdibujados y la releí, siguiendo la segunda técnica. Cada cuál tiene sus recompensas. Dejaré que sean ustedes los que juzguen.

            El narrador no está solo, le acompaña su propia alma, a quien se da el tranquilizador nombre de Joe. Los diálogos entre el protagonista y Joe son estupendos, verdaderamente cómicos, o, en ocasiones, cerca de lo conmovedor, por absurdo que sea el contexto. Joe es un gran tipo y, a ratos, parece un Jeeves poco cerebral pero muy reconfortante. Frente a ellos, todos los demás, extrañas criaturas, que aparecen brevemente (como el viejo Mathers, con quien se mantiene uno de las conversaciones más enrevesadas que yo haya leído nunca o el jefe de todos los cojos Martin Finnucane) y los tres policías, el Sargento, MacCruiskeen y Fox, quienes, con mucho, superan al resto de individuos con los que nos topamos. Si descontamos a De Selby.

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            De Selby es el personaje más nombrado de toda la novela y el único que jamás aparece ante nosotros. De Selby es el ídolo del protagonista, un sabio autor de numeroso ensayos y forjador de muchas teorías, cada cuál más espléndidamente ridícula que la anterior (desde considerar la noche como una acumulación de “aire negro” a su obsesión por los espejos o la idea de que la vida no son más que momentos estáticos infinitamente breves). Uno de los grandes méritos del libro es la introducción de la vida y obra de De Selby a través, sobre todo, de notas a pie de página, en las cuales seguimos los avatares de su vida y las polémicas entre sus defensores, críticos, estudioso y comentadores; esto mina de manera astuta nuestros asideros con el mundo ajeno a la novela: a poco que nos descuidemos, creeremos estar leyendo sobre un auténtico erudito, estudiado por auténticos críticos. Algunas notas a pie de página ocupan la mayor parte de los capítulos y yo las leí con una diversión mayor aún que las aventuras principales.

            ¡Y el uso del lenguaje! O`Brien (todo mi respeto hacia el traductor Héctor Arnau) posee un estilo que no he visto nunca en ningún otro escritor. Me siento incapaz de definirlo, pero cualquier lector será capaz de identificarlo. Escribe maravillosamente, peculiarísimamente, sin que haya artificio, ni resulte alambicado. Nadie ha usado los adjetivos de la manera en la que lo hacen sus personajes. Está tan bien escrito que uno puede perderse en el goce de la propia escritura, olvidándose de trama y protagonistas. Y esto no es algo casual, sino que está dentro de la lógica de la novela. Voy a abrir el libro al azar. He cogido por la mitad un diálogo entre el Sargento y el protagonista:

            -Me dijo usted la primera regla de la sabiduría-dije. ¿Cuál es la segunda?

            -A eso sí que le puedo responder-dijo. Hay cinco en total. Haga siempre cualquier pregunta que tenga que hacer y no responda a ninguna. Aproveche en su propio interés todo lo que oiga. Lleve siempre consigo material de repuesto. Gire a la izquierda el mayor número de veces posible. Nunca frene primero con el freno de delante.

            -Unas reglas muy interesantes-dije secamente.

            -Si las sigue-dijo el Sargento-salvará su alma y nunca sufrirá una caída en carreteras resbaladizas.

            -Le estaré muy agradecido si me explica cuáles de estas reglas conciernen al problema que he venido hoy a relatarle.

            -Ahora no es hoy, es ayer-dijo- pero ¿de qué problema se trata? ¿Cuál es el crux rei?

            ¿Ayer? Decidí sin titubear que era una pérdida de tiempo tratar de entender siquiera la mitad de lo que decía. Perseveré en mi indagación.

            -He venido a informarle de manera oficial del robo de mi reloj de oro americano.

            Me miró a través de una atmósfera de enorme sorpresa e incredulidad y levantó las cejas hasta casi tocar el pelo con ellas.

            -Esa es una declaración sorprendente- dijo al fin.

            -¿Por qué?

            -¿Por qué iba nadie a robar un reloj pudiendo robar una bicicleta?

            “Presta atención a su lógica fría e inexorable” [dijo Joe]

            La obsesión del sargento por las bicicletas, que no es monopolio suyo, es sólo una de los muchos, muchísimos detalles que vuelven a esta novela tan peculiar. En “La aventura del Pabellón Wisteria” Holmes y Watson discuten sobre el significado de la palabra “grotesco”. Una cosa rara, fuera de lo normal, dice el doctor; pero Holmes niega con la cabeza y replica: Seguramente que abarca algo más que eso; algo que lleva dentro de sí una sugerencia de cosa trágica y terrible. Podemos aplicar esta definición a El tercer policía. Es un libro humorístico, sin duda, y yo me río siempre con él. Pero hay en cada escena algo más que puro buen humor, puro ridículo. Hay en cada sílaba un atisbo del Caos. Como si la novela fuera una capa delicadamente trabajada, bajo la cual se revuelve una fuerza ajena, incomprensible, casi aterradora. En nada se ejemplifica esto mejor que en los policías, seres cómicos, ridículos, que se van volviendo grotescos hasta alcanzar ribetes cuasi demoníacos (¿Qué miden con tanta precisión? ¿Y por qué? ¿Y por qué no?).

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            Las entrañas de esta obra son oscuras. Pueden ustedes limitarse a admirar la superficie, porque lo merece. Pero tanto si han querido desentrañar sus misterios como si se han dejado arrastrar por la marea, acabarán, sin saber muy bien cómo, en un lugar donde bicicletas insinuantes, cajas infinitesimales, omnium milagroso y conversaciones repletas de neumática inimitabilidad llenan la habitación de carcajadas que, si uno atiende, empiezan a parecer un aullido.

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