Con un vaso de whisky

noviembre 18, 2012

La fortaleza multicolor

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:27 pm
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            He estado recientemente en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. Casi merece la pena ir sólo por la visión de Barcelona a tus pies, allí en lo alto de la escalera. Pero lo que hay dentro es aún más espectacular. Éste es un gran museo y los grandes museos no conviene comerlos de una sentada; ni era mi intención. Iba con menú cerrado: devorar el Románico y, si quedaba sitio, picotear algo del Gótico.

            Las colecciones románicas y góticas de las tierras que fueron la Corona de Aragón son magníficas. En su mayoría, son piezas de Cataluña. Y es que el románico catalán es cosa seria. Tan ahíto quedé de tallas, tablas, policromías, arquetas, orfebrería y capiteles, que cuando me acerqué al año 1300 ya tenía la capacidad de ingesta bastante tocada. Disfruté del Gótico, pero por gula en buena medida, porque mi hambre había quedado satisfecha con el Románico.

            Poner en la tesitura de escoger entre arquitectura románica y gótica es una canallada. Los templos románicos inducen al recogimiento, a la introspección, a la meditación; los góticos, a la euforia, al éxtasis, al arrebato. Las severas y sombrías iglesias románicas, de robustos muros y ventanas como aspilleras, fortalezas de Dios, frente a la luminosa esbeltez de las catedrales góticas… ¡difícil elección! Las iglesias góticas suelen ganar, porque, justo es reconocerlo, son más impresionantes y, además, si el día es soleado, el juego de luces resulta abrumador (aunque San Martín de Frómista, en su blanca sobriedad, no se anda a la zaga). Pero, mientras avanzaba en mi visita, empecé a preguntarme si no somos un tanto injustos con las viejas iglesias románicas.

            Nunca jamás podremos experimentar una verdadera iglesia medieval. Estamos acostumbrados a verlas, austeras, con la piel de piedra desnuda. Incluso las series o películas de ambientación medieval nos presentan así los edificios religiosos. Bueno, pues si ésta es la idea que tienen (natural si han visto alguna por dentro), vayan a las salas del MNAC. Sus hábiles historiadores y restauradores han desplegado una inteligente estrategia: diseñar sus salas de manera que reproduzcan, dentro de lo posible, la planta de la iglesia original, colocando las pinturas murales que se conservan en su lugar primitivo.

            El resultado es de aplauso. Aun en aquellos casos en los que sólo se conserva un mínimo, se puede captar la belleza, la fuerza que los interiores de esas iglesias, que tan bien creíamos conocer, tenían en verdad. Esos rojos, verdes, azules, negros y dorados, esos colores planos, potentes, esas marcada siluetas, la abstracción, la geometría, lo simbólico por encima de lo narrativo… Pongámonos en la piel del hombre del Medievo que entraba y ante él veía esos bestiarios, con grifos y basiliscos, guepardos y cuadrúpedos, al Pantocrátor, a los Tetramorfos, a los santos y profetas, majestuosos pero humanos, junto a terribles serafines de alas llenas de ojos y llamas, a demonios horripilantes (hay una procesión medio borrada de figuras cornudas y envueltas en mantos que no pasa de lo inquietante a lo terrorífico por un pelo)… y no nos sintamos muy superiores individuos del siglo XXI, porque quienes pintaron ese universo épico eran gentes medievales.

            Soy consciente, claro, de la utilidad que muchas veces sacaron nobles seglares y alto clero del arte maravilloso. Un campesino analfabeto veía aquellas imágenes sobrecogedoras y debía sentir el temor en el alma. Claro que ese mismo campesino cantaba luego burlonas canciones en las tabernas en las que no se dejaba títere con cabeza, del Papa para abajo, y esos monjes que tan guardianes de la ortodoxia debían ser (y muchos lo eran) han conservado carminas en latín llenos de procacidad e ingenio hasta nuestros días.

            Sociologías aparte, ¡qué gran tesoro! En El nombre de la rosa Umberto Eco hace que el novicio Adso de Melk sufra una apoteosis estético-espiritual ante un pórtico que representa el Juicio Final. Viendo el estremecimiento que sentí, lo reconozco, ante los restos de la pintura del ábside de Sant Climent de Taüll, en un contexto mucho menos propicio (malditas visitas organizadas)… ¡cómo no entender a Adso!

            Es una opinión muy personal que la arquitectura cristiana alcanzó diversos matices de perfección en la Edad Media, aguantó el tipo en el Renacimiento y se fue al infierno en el Barroco. Ahora, calculen mi entusiasmo cuando imagino esas obras de arte recubiertas de pinturas tan formidables, donde cada color, cada forma, cada ser cumple un propósito simbólico preciso.

            Esta mezcla de Arte y Fe tiene su problemática. ¿El Arte debe ser mediatizado por la Religión? ¿Es mejor Arte por ello, o es peor? Como yo sigo, en este punto, las tesis de Oscar Wilde, creo que el Arte no es ni moral ni inmoral, y que la religiosidad del mismo es irrelevante para apreciarlo o gozarlo como tal obra de arte. Por otra parte, considero perfectamente legítimo que una religión emplee el arte como vía para expresarse, sea mediante la pintura, la escultura, la arquitectura o la poesía. Una poesía será genial o deplorable, con independencia del sentimiento religioso del autor. Aunque hay veces que una obra utilizada para un fin ideológico o religioso se resiente.

            Es verdad que la estética apela a la sensibilidad humana más sutil. Un persona de gran sensibilidad estética, espiritual y religiosa (son tres sensibilidades diferentes) puede verse con problemas para discernir donde empieza cada cual, porque muy probablemente habrá zonas de intersección. El miedo a que la contemplación de lo bello nublara a los fieles y los apartara del sentimiento esencialmente religioso llevó a los puritanos a erradicar el arte de sus templos (entre otros motivos), que tan fríos, secos y desapacibles resultan. También el Islam mira con recelo la representación de figuras, uniendo a la posibilidad de la distracción la tentación de la idolatría. Pero muchas mezquitas son auténticas maravillas de motivos vegetales y geométricos y la caligrafía coránica grabada en sus paredes alcanza, en ocasiones, una hermosura incomparable.

            No es que yo rompa una lanza a favor de discursos que legitiman el arte como medio de buscar a Dios o, al menos, dejarle recado para que llame cuando mejor Le venga, pues me parece un error. El Arte se legitima a sí mismo, y el arte religioso puede ser disfrutado más por un ateo que por un creyente. Pero tampoco critiquemos, en modo alguno, al creyente que goza del Arte y, al mismo tiempo, vive su fe gracias a él.

            Y en cualquier caso, temamos a los que rechazan el Arte por seducción de los sentidos y consideran que erradicar la belleza es un mandato divino. Porque son los mismos que, donde dice “Amaos los unos a los otros”, lograron leer “Quemadlos a todos”. Lo cual, justo es reconocerlo, no está falto de mérito.

2 comentarios »

  1. Aunque estoy muy de acuerdo con todo lo expuesto en este post, me voy a permitir apuntar dos cuestiones, digamos más copulativas que adversativas.
    En primer lugar, hay que decir que no sólo los templos románicos estaban normalmente pintados de colores vivos, sino que también los góticos (muros, capiteles, estátuas…). Pero es verdad que en los templos románicos el color adquiere una vivacidad mucho más intensa. Color… que no es sino luz. En efecto, este cromatismo enérgico se puede explicar por las diferentes concepciones de lo lumínico que existieron a lo largo de la Edad Media (periodo que, recordemos, ¡abarca 10 siglos!). Así como el fuego del Infierno, que según San Agustín, “ardet et non lucet” (es decir, arde y no ilumina -ni calienta, habría que añadir), el fenómeno lumínico tiene diferentes manifestaciones. Gracias a la prolífica literatura sobre el tema, podríamos diferenciar entre lux y lumen, la primera siendo la luz etérea, perfecta y divina; y la segunda la terrenal, física (algunos escritos medievales ya hablan de que la luz está compuesta de partículas). En fin, no querría extenderme demasiado. Lo único que quería comentar es que, para mí, la diferencia fundamental entre el románico y el gótico se articula a través de una concepción de la luz que emana de los cuerpos (paredes, columnas, tallas, etc.) en el primer caso y, posteriormente, en el gótico, una asociación de la luz del mundo (lux mundi) a la divinidad. En el primer caso, más introspectivo, la luz emerge desde la oscuridad (como el oro en las iconas o en el arte japonés antiguo -véase el maravilloso libro “Elogio de la sombra” de Tanizaki). El caso más representativo sería la apertura de uno de los Beatos (http://en.wikipedia.org/wiki/File:B_Facundus_191v.jpg), cuya potencia cromática instala al espectador en un mundo interior y espiritual. La apertura de uno de estos manuscritos apocalítpticos en la oscuridad monástica debía de suponer una impresión lumínica importante para la retina, al chocar con la luz que emanaba, como en toda obra pictórica, de los propios colores del folio. En el caso del gótico, la explicación evidentmente la encontramos en los escritos de Suger de St. Denis: Dios es luz, la luz está ahí afuera y hay que hacerla entrar en el templo.
    Finalmente, quería también comentar algo acerca de la iconoclastia, tema que sale al final del post, pero me temo que me alargaría más de la cuenta. Sólo apuntaré que una cosa es “la posibilidad de la distracción” que pueda surgir del “ornamento” (crítica de San Bernardo al gótico, por ejemplo) pero que normalmente no prohíbe ni denuncia las representaciones “justificadas”; y otra es la verdadera iconoclastia, que estaría más encaminada hacia la “representación de aquello que no se puede representar”… pero bueno, otro día podemos discutir sobre esto.
    En todo caso, muy buen post y gran idea la de visitar sin premura el románico del MNAC. ¡Lo merece!

    Comentario por Sergi Sancho Fibla — diciembre 12, 2012 @ 6:46 pm | Responder

    • Esto es lo que pasa cuando responde un auténtico conocedor del tema, o sea, alguien que sabe mucho más que yo. Me ha resultado muy interesante la diferencia de la luminosidad interior románica y exterior gótica. Reconozco que no la conocía. No sólo es interesante desde un punto de vista estético, sino teológico y epiritual, dos concepcciones bien diferentes de la relación Dios-Mundo. Diez sigños dan para mucho, desde luego. Queda pendiente la discusión sobre la iconoclastia. Salud y muchas gracias.

      Comentario por conunvasodewhisky — diciembre 12, 2012 @ 10:16 pm | Responder


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