Con un vaso de whisky

octubre 14, 2012

Come the fuck in or fuck the fuck off!

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:20 pm
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            Cuando ve uno The West Wing sabe que no está viendo la realidad. Que le gustaría, que ojalá, que incluso siendo aquel un mundo imperfecto, con corrupción, estupidez y maldad, en él son posibles la inteligencia, la razón, que ideas manipuladas o despreciadas pueden, en efecto, guiar a unos gobernantes. Que hay de todo en el mundo de la política: miserables, ambiciosos, gente honesta y hasta altruistas. Que el aire que se respira en los pasillos de Washington no es pestilente, que hay una marejada luminosa de fondo; un rumor que nos atrae, pero que no hace siempre conscientes de estar ante una obra de política-ficción.

            Cuando uno ve The Thick of It tiene uno una sensación completamente opuesta. Todo en ella conspira para que, desde que empieza hasta que acaba el capítulo, pensemos que alguien, cámara oculta en ristre, se ha metido en los pasillos políticos de Londres. Y, mientras nos caemos de la silla a carcajadas, alguna vez, reímos tan fuerte que casi parece que lloramos.

            Ver The Thick of It como una devastadora crítica de la Política y los políticos, creo yo, es reducirla. ¿Es que no lo es? Sí, desde luego; más de los politicastros que de la Política. O más bien aún, de la política, sin mayúsculas por ninguna parte. Armando Ianucci y su tropa (los mismos que nos dieron In the loop, entre temporadas de esta serie) no dejan títere con cabeza en el establishment político. Ministros, Secretarios de Estado, consejeros, redactores de discursos, funcionarios públicos, pero también periodistas, blogueros, empresarios y ciudadanos de a pie… todos pasan por la trituradora.

            Tanto los protagonistas como los secundarios, recurrentes o no, comparten ciertas características básicas: son o mezquinos o estúpidos o cobardes o todo ello al mismo tiempo. No son monstruos del abismo. Son personas. Algunos de ellos hasta tienen buenas intenciones. Incluso ciertos ideales elevados, una vocación cada vez más adormecida de dedicarse al bien de la sociedad. Intenciones, ideales y vocaciones que son sistemáticamente destruidos por el miedo a decir algo inapropiado en el momento inapropiado, a salirse del guión, a que se forme un escándalo o, por ser más coherente con el lenguaje de la serie, a storm shit que les deje con el culo al aire y sin apoyos. Porque allí fuera, en la calle, llueve y hace frío. O, de una manera aún más indigna y cómica, por ser sencillamente idiotas y meter la pata.

            Las relaciones triangulares entre políticos, periodistas y funcionarios (es muy anglosajón distinguir claramente los políticos, el partido, de los funcionarios, de la Administración, neutrales del juego) dan para mucho. Los periodistas quieren la noticia del día, cuanto más humillante, mejor. Los políticos quieren ascender en el partido, o, al menos, no hundirse y si, de paso, pueden hacerle la puñeta a un colega, pues mucho mejor. Los funcionarios quieren que los líos de los otros no pongan en peligro su preciada seguridad, alejándose de cualquier problema, complicación o tejemaneje… y si para ello hay que cargar las culpas al político o funcionario de al lado, pues qué le vamos a hacer.

            Cualquiera que esté pensando en meterse en la cosa pública debería ver esta serie. Bueno, si está pensando meterse en la cosa privada, también, aunque supongo que puede ver The Office. Las palabras que dan título a este artículo serán, casi seguro, las más amables que oiga en el Ministerio de Asuntos Sociales del Gobierno de Su Graciosa Majestad. Debería darle una idea aproximada de lo que le espera donde sea.

            Estar rodeado constantemente de gente insegura, envidiosa, aterrada y agresiva no es una forma de vivir muy alegre. Si encima se equivocan cada dos por tres y sabes que van a ir a por alguien a quien cargarle el muerto y que ese alguien puedes ser tú, la paranoia se convierte en tu mejor amiga. Porque ese criajo de rizos y gafas de Ollie es una sabandija que siempre patea al que es más débil, esa rubia pequeñaja y despistada de Robin va a decir lo que no debe a quien no debe doce de cada diez veces, esa funcionaria impasible y cansina que es Terri puede haber estado trabajando contigo diez años, que si supones la más mínima amenaza para su tranquilidad, adiós, muy buenas; hasta ese bastante inofensivo y amargado Glenn puede apuñalarte, por despecho y miedo. Y que Dios te pille confesado como seas el jefe de esa panda, no un compañero más. Lo saben Hugh Abbott o Nicola Murray.

            Y, además de todo, está Malcolm.

            Malcolm Tucker (inspirado en el tortuoso Alastair Campbell) es el Gran Tiburón Blanco, el terror de Whitehall, la pesadilla andante de todos los demás personajes… y, a menudo, su única salvación. Implacable, despiadado, malhablado (con el estupendísimo acento escocés de Peter Capaldi, qué grande es este hombre), mordaz, abrasivo y eficaz, recorre los departamentos ministeriales, a medias apagando fuegos, a medias provocándolos. Su presencia es inevitable, pero nunca bienvenida. El grito de “¡Viene Malcolm!” pone los pelos de punta en cualquier despacho oficial. Si Malcolm llega con el ceño fruncido, malo. Si llega sonriendo, peor. Si clava sus ojos en ti sin parpadear, encomiéndate a los santos y a los dioses.

            Malcolm es el único personaje por el que no tememos. Todos los demás, todos, pueden caer en cualquier momento. Malcolm, no. Por difíciles que se le pongan las cosas, sabemos que él triunfará al final. Posee cualidades envidiables para medrar en su ecosistema: es flexible, tan capaz de diseñar una retorcida estrategia a largo plazo como de improvisar, dando saltos mientras hace malabares con cinco bolas al tiempo. Y es destructivo. Rematadamente destructivo. En serio, Malcolm es posiblemente un psicópata metido en un traje. No mata a nadie físicamente, pero causa estragos psicológicos por donde anda, sin sentir la más mínima empatía por nadie. El único capaz de seguirle el ritmo es Jaime, el otro escocés de la plantilla, el pit-bull, tan agresivo y soez como Malcolm, aunque menos astuto.

            Su secreto tal vez resida en que, mientras todos los demás ansían ascender o temen desaparecer, él está en su puesto y se siente cómodo en él. No le hace falta subir en el Gobierno, ya controla todo desde donde está. No teme descender, pese a los bretes en los que anda enredado, siendo, como es, el mayor animal político de la jungla. Está libre de esos temores, por lo que puede centrar toda su radiante energía negativa en planes propios y humillaciones ajenas. Y los espectadores no querríamos (al menos, no yo) que fuera de otra manera. La aparición de Mister Tucker en escena sólo presagia momentazos.

            Si hay una serie realmente contraria a The Thick of It tal vez no sea The West Wing, después de todo, sino Parks and Recreation. Comparten la estructura de falso documental y el ser comedias. Pero donde la estupenda Leslie Knope y sus colegas de Pawnee mezclan absurdo, crítica social e ingenio amable (salvo con Jerry), Malcolm y sus lacayos vomitan olas de bilis desternillante. Llevo tiempo soñando con una colisión entre ambos mundos, aunque creo que, si sucediera, los entrañables funcionarios de Indiana serían arrasados por sus colegas británicos, hasta la cáustica April. Incluso con apoyos tan formidables como el bueno de Ben o el épico Ron Sawnson, Leslie no aguantaría frente al maquiavelismo de Malcolm. Sería una batalla digna de verse, en la cual el Mal triunfaría sobre el Bien. Porque en Parks and Recreation late la esperanza en la Humanidad, en la capacidad del ser humano de hacer el bien.

            Por eso The Thick of It es tan grande, tan divertida y tan tenebrosa. Porque en ella no son los políticos o los funcionarios los que son estúpidos, cobardes, mezquinos o malvados por definición. Son los seres humanos. Todos. Sin esperanza. Pero con risas.

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