Con un vaso de whisky

octubre 4, 2012

Infancia corfiota

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:17 pm
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            Hay lugares que existen al tiempo en este mundo y en otros. Lugares perfectamente localizables geográficamente, en cualquier atlas o en cualquier mapa que hay en internet; pero que también existen en fotogramas, en cuadros y en páginas escritas. Y en cada una de esas encarnaciones, el lugar es diferente. No creo certero hablar de un solo lugar: son varios y diferentes lugares.

            Corfú es uno de ellos. Sin duda existe, es una de las islas griegas. A decir de muchos, a lo largo de la Historia, desde Homero a Edward Lear, pasando por Napoleón Bonaparte, es una de las más hermosas islas griegas. De ella han escrito y en ella han vivido o soñado vivir probablemente cientos o miles de personas, grandes y pequeñas. Y otros miles y cientos de miles hemos soñado con ella a través de sus palabras y recuerdos.

            Miles y miles conocemos Corfú, sobre todo, por una maravillosa serie de libros, la llamada Trilogía Corfiota de Gerald Durrell. Nadie que la haya leído puede dejar de evocar Corfú cuando lee u oye el apellido Durrell (no sé si esto fue motivo de frustración, simpatía o sorna para Lawrence Durrell) ni evitar pensar en la familia Durrell cuando escucha hablar de Corfú (y quiero creer que eso es motivo de jovial orgullo para todos los corfiotas).

            Porque quien se haya metido en las páginas de Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses estará primero enamorado de esta Isla, y luego la estimará a distancia, en un amor cortés de los inexistentes caballeros que suspiraban por una amada de la que, con suerte, tenían un retrato. Salvo que tenga la sensibilidad de una alpargata y el sentido del humor de un tertuliano de prensa rosa.

            Desde la primera escena, la reunión familiar en la que Mamá, Larry, Leslie, Margo y Gerry (más Roger, el perro) celebran el primero de los varios consejos de guerra familiares, deseamos ansiosamente que esta magnífica familia inglesa nos acoja como invitados, como amigos o, diantre, que nos adopte. Su decisión de abandonar la húmeda Inglaterra (pues los ingleses tienen el envidiable privilegio de burlarse de su tierra y de abandonarla cuando les venga en gana y puedan, siendo al hacerlo más ingleses que nunca) por el cálido Mediterráneo nos lleva a un rápido peregrinaje hasta que la isla los acoge. Al leer la llegada por primera vez, mucho más al releerla, tiene uno una peculiar sensación: la de que Gerry y su familia, al fin, han llegado al lugar donde pertenecen en realidad, que ellos y Corfú se conocían incluso antes de haberse conocido. Y que es estupendo que al fin se hayan encontrado. Es el inicio de algo grande, y se siente la excitación por lo que va a venir y una punzada de extraña tristeza, porque cuanto empieza en este mundo tiene siempre un final.

            ¡Ah, porque qué magnífica, qué milagrosa, qué espléndida es la época que tienen por delante! ¡Qué gentes les aguardan, humanas y animales! ¡Y qué cinco esperan también a esa gente! Es difícil saber quiénes son más grandes en esta crónica: si los Durrell, los corfiotas o los animales.

            Mamá, la heroína del relato, como la llama su primogénito, con sus recetas, su muy suyo sentido común, sus cabezonerías y su capacidad para mantener unido al clan. Larry, el futuro Lawrence Durrell, con veintipocos, mordaz, despectivo, soberbio, lenguaraz y uno de los motores cómicos más poderosos de la obra; pocas veces he leído un retrato más irónico y lleno de cariño de un hermano por otro hermano. Leslie, con su pasión por las armas, la caza y su temperamento (vivo es decir poco). Margo, mezclando refranes, dietas, modas y enamorados… y Gerry, el narrador, el pequeño de la familia, que se suele quedar en un discreto segundo plano, dejando que sus parientes brillen y nos conquisten, logrando, astutamente, conquistarnos al ser él, sus palabras y sus miradas las que nos revelan la isla y sus habitantes.

            Porque los habitantes son de traca. Empezando por el todoterreno Spiro, uno de los secundarios más entrañables jamás descritos. El apego de los Durrell por Spiro gotea de cada letra que sobre él se dice o que él mismo dice, con su voz tonante, su vocalización espantosa y sus ideas descabelladas, pero eficaces. Lean: Una vez tomado el mando, Spiro se nos pegó como una lapa. De taxista había pasado en pocas horas a ser nuestro defensor, y a la semana era ya nuestro guía, filósofo y amigo personal. Convertido en un miembro más de la familia, apenas había cosa que hiciéramos o proyectáramos en la que él no estuviera metido de algún modo. Siempre estaba presente con sus gruñidos y su voz de toro, arreglando nuestras dificultades, diciéndonos cuánto se debía pagar por cada cosa, vigilando nuestras actividades e informando a Mamá de todo lo que según él debía saber. Este angelote moreno y feo nos cuidaba con tanta ternura como si fuéramos niños ligeramente retrasadillos. A Mamá la adoraba francamente y dondequiera que estuviésemos se dedicaba a pregonar sus alabanzas, con gran bochorno por su parte.

            Un tiempo después, la familia recibirá otro regalo de Corfú, en la persona del Doctor Teodoro Stefanides, médico, naturalista, hombre de letras, de una cortesía, pulcritud, bondad y erudición que cuesta a veces trabajo creer que alguien así haya existido. A Gerald se le nota revivir esos años infantiles al escribirlos; la estima por Teo es particularmente fuerte, pues, si bien es amigo y consejero de toda la familia, la relación de mentor y pupilo entre Gerry y él (siempre, siempre Teo trata de usted a Gerry- ese detalle me encanta) los separa un poco de los demás. Gerald parece ser consciente de la inmensa suerte que tuvo de conocer al Doctor Stefanides y al resto nos deja cavilando acerca de si habremos tenido una figura semejante en nuestra infancia o si la habremos sabido apreciar en lo que valía.

            Y después llegan todos los demás: los tenderos, pastores, pescadores y labradores corfiotas, el Hombre de las Cetonias, Lucrecia, la criada de los mil y un achaques, Kralefsky y sus fantásticas historias de sí mismo defendiendo a una sucesión de “damas” sin nombre, Andruchelli, el socarrón médico, el dignísimo Cónsul Belga, el constante desfile de los amigos o colegas de Larry, la colección más simpática de pintores, poetas, bohemios y artistas que uno pueda imaginar.

            Mezclándose con las anécdotas y vida de los humanos, están las anécdotas y vidas de los animales. Cuando colisionan, las escenas son desternillantes. Cuando los animales están a solas, es cuando a Gerald le sale la vena del naturalista que fue años después (y era al formar estas novelas). El amor, la curiosidad, el respeto y la sorpresa con las que penetra, sin destrozar nada en su observación, las costumbres y dramas de arañas, lagartos, tortugas, mariposas, sepias y aves hace que a uno le entren ganas de coger varios tarros, una red, una lupa y un cuaderno y lanzarse al campo. Acompañado siempre por Roger y habitualmente por Teodoro, es comprensible el deleite con el que Gerald recuerda las andanzas de Gerry.

            Los animales de Gerry engrosan la familia: junto a los perros (bajo la superioridad incontestable de Roger fueron sumándose Widdle, Puke y Dodo, la patética dady dinmont de Mamá) se cuadran el mochuelo Ulises, el palomo Quasimodo, la gaviota Alecko, las espléndidas Gurracas o la salamanquesa Gerónimo (he asistido a pocos duelos a muerte más emocionantes que el de Gerónimo contra la mantis religiosa Cicely), y aún más legiones de bichos, maravillosos o repelentes, dependiendo del miembro de la familia..

            Los tres libros pueden leerse independientemente o uno tras otro. Los tres son encantadores, pero el primero, Mi familia  y otros animales es el superior, el más perfecto. Es éste el que tiene la clave, el secreto, el que les va a seducir sin remedio. En él las cualidades de la trilogía están en su momento álgido. Hay una meritoria adaptación en película, que se ve con gusto e incita a leer o releer el original.

            El humor con el que Gerald escribe, que es de auténticas carcajadas muy a menudo, está muy hábilmente entrelazado con una cierta tristeza, ya advertida por la cita de Cómo gustéis que abre la obra. Es una melancolía dulce, vivida con una muy anglosajona ironía, sin dejarse dominar por ella, la que recorre todas las líneas de cada libro. Porque Corfú puede existir, pero ése Corfú ya no. Y la dorada infancia de Gerry, aunque dio paso a la buena vida de Gerald, también se perdió. Así, nosotros, que también hemos perdido la infancia, una infancia que tal vez no fue tan dorada como la de Durrell, le envidiamos y le comprendemos.

            Y soñamos con esos campos, y ese cielo azul, ese mar, y esas Villas color fresa, color narciso, color blanco, esos tés y esas cenas, esas conversaciones, discusiones, peleas y bromas, ese vino, esas escapadas a montes y calas secretas, ese universo que la Historia, probablemente, ha destruido, pero que la Literatura ha sublimado y que es ya eterno y nuestro. Basta con abrir el libro y empezar a leer: Julio se había extinguido como una vela ante el viento cortante que nos trajo un plomizo cielo de agosto…

2 comentarios »

  1. Acabo de leer “Mi familia y otros animales”. Deliciosa. Me he convertido en un corfiota más. He disfrutado y reído como hacía años que no sucedía leyendo un libro. Gracias Gerry!

    Comentario por Alfred — diciembre 1, 2012 @ 8:51 am | Responder

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