Con un vaso de whisky

agosto 29, 2012

Fisher and Sons

            He saldado una vieja deuda: no haber terminado de ver A dos metros bajo tierra hasta hace un mes o así, era una deuda de las gordas. Porque es una de las Grandes Series, porque es de la HBO (sí, qué le voy a hacer, yo también tengo mis marcas) y porque fue de las que cambiaron las cosas.

            Hay gente por ahí con muchas más conocimientos que yo en Historia de la Televisión (las mayúsculas no son irónicas; hay Historia del Cine, hay Historia de la Televisión); ahora, es poco arriesgado afirmar que la pasada década y esta entrante son la gran era de las series; que los guionistas, actores y directores de la hermana pequeña están dando puñetazos en la cara día sí, día también al hermano mayor. Pero todo eso no surgió de la nada. Hubo series que dieron los primeros golpes.

            En mi humilde opinión, fueron dos series familiares: Los Soprano (de la que nunca he hablado por el temor reverencial que me produce), una; A dos metros bajo tierra, la otra. Quizás la saga de los mafiosos de Nueva Jersey sea más grande, pero que nadie se atreva a despreciar a los Fisher.

            Breve resumen introductorio: Nate Fisher vuelve a casa por Navidad. Al llegar (tras haberse liado con su vecina de vuelo, Brenda Chenowith) se entera de que, justo ese día, Nathaniel Fisher, su padre, un director funerario, ha muerto en accidente de coche. Con su madre Ruth destrozada, Nate consiente en quedarse unos días; se reencuentra así con sus hermanos, David, secretamente homosexual, y ahora enfrentado a la muy real posibilidad de tener que continuar trabajando para siempre en la odiada empresa familiar, y Claire, la más pequeña, una adolescente en el último curso del instituto.

            Bueno, como cualquier espectador sabe, cuando Nate (Peter Krause) dice que sí, que se quedará unos días antes de largarse de nuevo, de unos días nada. Ha vuelto a meterse en la telaraña familiar y de ahí no se sale tan fácilmente.

            Es lugar común hablar en las series de familias disfuncionales. Los Fisher son la Idea Platónica de familia disfuncional. En Las Chicas Gilmore Luke despotrica una vez contra su hermana y contra todas las familias del mundo, que le obligan a uno a limpiar una vez tras otra lo que ellos han ensuciado. Y entonces le pregunta a Lorelai “¿No escribió Tolstoi una frase célebre sobre la familia? ¿Algo de que todas las familias son infelices o que hay familias aparentemente felices?” “No parece muy acabado”, le responde una cauta Lorelai. “¡Bueno”, estalla Luke, “quizás no tuvo tiempo de terminarla por ocuparse de su puta familia!” (he citado de memoria). Todos los Fisher suscribirían, en uno u otro momento, las palabras de Luke

            Lo de las Gilmore tiene más que ver con esta serie que esa cita. No mucho, conforme (se me ocurren pocas series más opuestas en todo lo demás), pero una cosa, al menos, en común, sí tienen: no hay argumento. Es decir, no hay introducción-nudo-desenlace. Tampoco son procedimentales. Ponen casi toda la carne en el asador de los personajes. Algo, por cierto, que también hacen Los Soprano. A ver, entiéndaseme bien: junto a los personajes hay virtuosismo (el detalle de que los fundidos sean siempre en blanco, nunca en negro, me encanta), ingenio, ironía, delicadeza, diálogos grandes y muchas cosas más. Pero en el centro están los personajes.

            La evolución, el cambio se unen a la progresiva revelación de los recovecos mentales de los Fisher. ¡Y vaya si tienen recovecos! No sé si esta serie se enseña en las facultades de Psicología y a los psiquiatras, pero igual debería. Tienen ahí un terreno abonado para el estudio (y para la autocrítica, porque sale cada psiquiatra que en fin…). Ya verán, ya, cuando comparen a la Ruth Fisher del piloto y a la de la quinta temporada. No se libra uno de cincuenta años de represión vital de la noche a la mañana, pero la buena señora hace cuanto puede, por duro que sea el camino.

            Lo mismo podría decirse de David (Michael C. Hall, antes de ser el célebre Dexter). No he dicho antes que se nos presente como secretamente homosexual a la ligera. Esta es una de las series que con más inteligencia afrontó el tema de la homosexualidad, de forma honesta, humana y sin clichés ridículos. El autoengaño, o los prejuicios ajenos y propios que impiden a alguien aceptarse tal cual es, son algunos de los subtemas recurrentes de la serie. Y su relación con Nate, pasando de la tensión hijo obediente contra hijo pródigo, a una verdaderamente fraterna, con lo bueno y lo malo, se gestionó astutamente.

            Claire llegó a convertirse en mi preferida de todos los Fisher (así como Nate en la oveja negra), aunque a ella también le aplico esto: no hubo un solo personaje en la serie a quien no haya querido golpear con un martillo en la cabeza (una y otra y otra y otra vez). Tampoco hubo un personaje cuyo punto de vista, razones (más o menos racionales), temores o reacciones no comprendiera. Téngase en cuenta que el comprender puede ser muy compatible con el martillo. En realidad, el único personaje al que no soporté ni por un minuto fue a Liza, salvo cuando era parte de un sueño o una visión, donde cumplía otro papel. Pero presente y siendo ella, el martillo, siempre el martillo.

            Los Fisher son un clan muy complejo, muy contradictorio y muy extraño. Y no he visto en ellos nada que no se pueda ver una familia de veras. Lo mismo podría decirse de una de sus familias-satélite, los Díaz, aunque estos son bastante más aburridos. La otra familia-satélite, los Chenowith… en fin, lo que ahí pasa ya no lo veo tanto en cualquier familia de veras (panda de chiflados). Pero a los Fisher, sí: sus peleas, discusiones, malentendidos, reconciliaciones, momentos de complicidad e intimidad, encontronazos, decepciones, mentiras, dolores y alegrías los hacen cercanos, muy cercanos… aunque si ve usted que su vida se empieza a parecer demasiado a la suya, coja los bártulos y huya.

            Este acercarse tantísimo a los personajes tiene el riesgo de que el culebrón nunca anda demasiado lejos; de hecho, en la última temporada está demasiado cerca. Para tener a raya a ese bicho infecto hay herramientas útiles: la calidad de actores, guionistas y directores, es una. El humor negro, es otra. El tema de la obra, una más.

            Porque el gran tema de la serie es la Vida. Y la Muerte. No es poco mérito éste. No pienso yo que actualmente esto sea así (no del todo), pero cuando Alan Ball nos soltó A dos metros bajo tierra la Muerte era el Gran Tabú. Algo incómodo, que en la ficción debía aparecer como secundario o intrascendente, o tan excepcional que resultaba irreal. Aquí, nada de eso. La Muerte es habitual. ¡Por algo el negocio familiar es una funeraria!

            Esta naturalización de la Muerte, sin restarle ni un ápice a lo que tiene de doloroso, de misterioso y de terrible, esta hermanarla con la Vida, es una de las grandes virtudes de la obra. Cada episodio empieza con una muerte. Pueden ser escenas muy breves o bastante largas, sorprendentes, conmovedoras o macabramente divertidas. De estas hay muchas. Los espectadores, ya verán, ustedes también, registrábamos la escena en busca de algún indicio de quién y cómo iba a morir hoy. Los guionistas, que lo sabían, jugaban con nosotros; daban ganas de hacer apuestas.

            El humor negro es marca de la casa y, si bien perdimos los anuncios de productos para funerarias (que eran buenérrimos), mantuvimos las muertes absurdas y la visión burlona de muchas vacas sagradas de la vida (desde la familia a la ciencia y la religión, la universidad y los jóvenes artistas) manteniendo, al mismo tiempo y de un modo extraño, el respeto por todos ello de alguna manera.

            Cuando uno plantea una serie sobre la Vida y la Muerte, lo trascendente, lo espiritual, lo religioso no pueden quedar al margen. Pero, afortunadamente, Ball y los suyos son gentes inteligentes. No dan sermones. No usan su obra para dar opiniones. Cada personaje tiene su visión de las cosas, de todo tipo. No hay palabrería hueca, ni azúcares, ni demagogias de clase alguna. No hay soluciones, ni conclusiones, ni revelaciones, ni proselitismos. Y éste tampoco es un mérito menor.

            Otro punto que une a los Fisher con los Soprano es el uso de lo onírico, de las visiones. Los sueños de Tony (principalmente) dan para mucho pensar. En la grandiosa e inacabada Carnivàle las visiones y sueños tenían una importancia capital en la trama; pero en el mundo de Ben Wawkings y el Hermano Justin lo mágico y lo sobrenatural eran aceptados en el relato por todos.

            En cambio, los sueños y visiones de A dos metros bajo tierra están, una vez más, al servicio de los personajes. A través de ellos y de sus charlas con personas muertas, desparecidas o ausentes afloran los miedos, inseguridades, hipocresías y esperanzas de los protagonistas. Personalmente, yo espera con avidez que en esas visiones tuviera parte Nathaniel Fisher (el magnífico Richard Jenkins), quien nunca defraudaba (además, casi siempre aparecía en un impecable traje de tres piezas): sus charlas con sus hijos solían tener un aire catártico maravilloso. Nathaniel Padre podía ser benévolo, cruel o enloquecido; muchas veces era la mejor voz del subconsciente de los personajes, la que les soltaba cosas que nos hubiera gustado soltar a los espectadores.

            Esta serie merece respeto. No es para ver viendo palomitas, ni si tiene uno un día para cosas ligeras (todos los tenemos). Es una de las grandes, una aproximación muy humana a este batiburrillo llamado vida, en cierto lugar, en cierta época. Cuando estas personas abandonen el escenario, en el brillante capítulo final, sentirán que se marchan no unos hermanos, pero sí unos primos peculiares, crispantes e inolvidables.

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: