Con un vaso de whisky

junio 29, 2012

Palabras de Cohélet

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:29 pm
Tags: , , ,

            Cohélet, hijo de David, rey de Jerusalén, es la identidad bajo la cual se nos presenta el autor de uno de los más breves libros de la Biblia, el Eclesiastés. En realidad, los estudiosos andan divididos acerca del padre de esta obra; lo único en que coinciden es en negar la verdad de esta firma. En general, se rechaza hoy día que el hijo de David, es decir, Salomón (“Cohélet”, qahal, significa Maestro o Predicador; “Eclesiastés”, ekklêsia, es su traducción al griego), sea el autor y se sospecha más bien que el desconocido pensador usó el nombre del Rey Sabio para que sus sentencias y reflexiones tuvieran mejor acogida. Una usurpación de identidad en toda regla, vamos; vendría a ser como si hoy un becario de la Facultad de Arriba Hollywood crea una genialidad y para poder publicarlo se hace pasar por catedrático de Yale.

            El libro está estructurado en dos partes, y termina con un escueto epílogo, sin duda escrito por un discípulo de Cohélet, que se limita a alabarle. Resulta complicado leer este texto, ya que, como ocurre en otros libros sapienciales antiguos, el autor divaga, en un compendio de variaciones alrededor de una idea central. Estamos ante un conjunto de aforismos, meditaciones, intuiciones y razonamientos, quizás anotados a medida que iban surgiendo y sistematizados luego.

            Esta falta de unidad es el origen de la gran discusión entre los intérpretes. Hay dos sectores enfrentados: los que consideran que una sola mano escribió todo el texto, con cambios de opinión y matizándose constantemente, y los que ven añadidos posteriores, suavizando el original con invitaciones a la vida, a la alegría, a los placeres terrenales.

            Y es que, aún más sin esos fragmentos que salpican el texto, de forma un tanto incongruente, el Eclesiastés es el libro nihilista por excelencia de la Biblia, implacable, áspero, escéptico, en ocasiones amargamente burlón. Empieza con un prólogo tremendo, que exige ser citado entero:

            ¡Vanidad de vanidades!- dice Cohélet-, ¡vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol? Una generación va, otra generación viene; pero la tierra permanece donde está. Sale el sol, se pone el sol; corre hacia su lugar y de allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur el viento y gira al norte; gira que te gira el viento, y vuelve el viento a girar. Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena; al lugar donde los ríos van, allá vuelven a fluir. Todas las cosas cansan. Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver ni el oído de oír. Lo que fue, eso será/ lo que se hizo, eso se hará/ Nada nuevo hay bajo el sol. Si de algo se dice: “Mira, eso sí que es nuevo”, aun eso ya sucedía en los siglos que nos precedieron. No hay recuerdo de los antiguos, como tampoco de los venideros quedará memoria entre los que vendrán después.

            Si se ha leído de modo atento este comienzo, bien puede uno temblar, más todavía al situarlo en un contexto religioso. Si algún teólogo escribiera hoy más o menos estas palabras, se le acusaría de existencialismo, de nihilismo y de ateísmo (y, quizás, de impuntualidad).

            Con este preámbulo, el autor resume el tema de toda la obra y lo ejemplifica con un ataque. El tema, el sin sentido, el absurdo de la existencia, de toda existencia, incluida la humana. El ataque, la descripción del eterno retorno de las estaciones, el frío y repetitivo devenir cósmico, el cual produce hastío en el autor. Mientras que otros libros religiosos, en la Biblia y fuera de ella, ante el Universo, se lanzan a una exaltación de Dios y lo presentan como prueba irrefutable de Su grandeza, misericordia y gloria, Cohélet bosteza desdeñosamente y no ve en el mundo más que motivo de asco.

            La última frase del prólogo es decisiva. ¿De dónde procede el pesimismo radical, sin tregua ni excepción, del autor original? De donde siempre ha venido: de la certeza de la muerte. Ante el triunfo de la muerte, ante esa igualadora, que a todos llega, Cohélet no encuentra refugio. Todo el resto del Eclesiastés es una reflexión tras otra bajo la sombra de la muerte. Ni siquiera los comentarios posteriores, que del nihilismo negativo descarnado pasan a cierto epicureismo, logran librarse de ella.

            Y eso que Cohélet lo intenta con toda su alma. Consciente de su inteligencia y sabiduría, con el ánimo de un estudioso, decide someter a la vida a análisis y comprobar si se puede alcanzar la felicidad. Su conclusión ya la conocemos: todo es vanidad y atrapar vientos. Su inteligencia no le trae felicidad alguna, pues donde abunda sabiduría, abundan penas,/ quien acumula ciencia, acumula dolor.

            Así que nuestro investigador principia por el placer. No se priva de nada, ni de lujos, ni de comida y bebida. Junto al placer explora la riqueza, el poder y la gloria: levanta castillos y monumentos, amasa riquezas, posee esclavos (y esclavas), conquista territorios. Es un triunfador. Resultado: consideré entonces todas las obras de mis manos y lo mucho que me fatigué haciéndolas, y vi que todo es vanidad y atrapar vientos y que ningún provecho se saca bajo el sol.

            Eliminados el placer y el poder como fuente de la felicidad (con esto ya ha dejado a buena parte de la humanidad desconsolada), Cohélet se dirige hacia la sabiduría. Cuidado con la palabra. Porque sabiduría, en el Antiguo Testamento, suele tener dos significados contrapuestos.

            Por un lado, la sabiduría humana, citada bien para alabarla bien para criticarla: aquí tenemos el intelecto del hombre, las ciencias, la filosofía, la teología, las leyes y pensamientos humanos. De otro lado, la sabiduría divina, por la que los autores bíblicos suspiran, el conocimiento de Dios, de Sus senderos, de Su voluntad. Ésta segunda acepción es la que siempre nos presentan como único camino hacia la auténtica felicidad. Y que sigue presentándose en tratados, encíclicas y reuniones varias.

            Bueno, pues Cohélet no discrimina entre las dos especies y trata a la sabiduría de modo uniforme. Admite que la sabiduría es un bien en sí mismo, que la sabiduría aventaja a la necedad, como la luz a las tinieblas. Suspiro de alivio. Demasiado pronto, porque añade: pero también sé que la misma suerte alcanza a ambos. Una vez más, se llega a la desoladora conclusión: entonces me dije: Como la suerte del necio será la mía, ¿para qué sirve mi sabiduría? Y pensé que hasta eso mismo es vanidad.

            El razonamiento es cruel, pero atinado. Con su método despiadado, Cohélet ha rechazado todas las salidas que el hombre se ha dado para justificar su existencia en el mundo. Ni el placer, ni el poder, ni la sabiduría tienen mayor relevancia ante la muerte y el olvido que nos aguarda. Nietzsche era mucho más amable: para él la existencia tenía razón de ser, entre otras, como experiencia estética. El escritor hebreo no nos deja ni esa salida: Entonces, ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga y esfuerzo con que se fatigó bajo el sol? Pues todos sus días son dolorosos y su oficio es penoso; y ni aun de noche descansa su mente. También esto es vanidad.

            Hay en estas palabras bastantes similitudes con ciertos pasajes de los discursos de Job, que comenté en otros artículos. Paralelismos que aumentan más adelante, al constatar Cohélet las injusticias sociales de su época. Hoy podría decir exactamente lo mismo: vi llorar a los oprimidos sin que nadie les consolase. Como Job en el momento de su desesperación, nuestro nihilista felicita a los muertos y aún más a los que no han nacido, ya que se han librado de ver las barbaridades que se cometen bajo el sol.

            Sin embargo, pese a las semejanzas que existen, tanto a la hora de constatar el triunfo de los faltos de escrúpulos como el dolor de la vida humana, hay una diferencia sustancial entre Job y Cohélet. Job es un hombre inocente que sufre, contra lo que su hasta entonces concepción del mundo predicaba. Ante el desfase entre realidad y dogma religioso, se revuelve, exigiendo justicia. Es un luchador, un crítico exasperado, un hombre moral que ve derrumbarse la moral y que se queja por ello. Job es dramático, vivo, es una explosión de vitalismo atormentado.

            Cohélet es, por el contrario, gélido. No hay en él ni una gota de indignación. Se limita a dar cuenta de lo que observa, tranquilo, equilibrado, duro. Contempla un mundo en orden, mecánico, sin alma, en el que nadie tiene importancia, ante el eterno retorno. El capítulo 3, versículos 1 a 8, (que se reproducen en la famosa canción Turn, turn, turn y que les pongo para que comparen: hay unos ligeros cambios en la letra, y la música, que me encanta, no le pega, la verdad) es muestra suficiente de su estilo helado, indiferente:

            Todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo:/ Su tiempo el nacer/ y su tiempo el morir;/ su tiempo el plantar/ y su tiempo el arrancar lo plantado./ Su tiempo el matar/ y su tiempo el sanar;/ su tiempo el destruir/ y su tiempo el edificar./ Su tiempo el llorar/ y su tiempo el reír;/ su tiempo el lamentarse/ y su tiempo el danzar./ Su tiempo el lanzar piedras/ y su tiempo el recogerlas;/ su tiempo el abrazarse/ y su tiempo el separarse./ Su tiempo el buscar/ y su tiempo el perder;/ su tiempo el guardar/ y su tiempo el tirar./ Su tiempo el rasgar/ y su tiempo el coser;/ su tiempo el callar/ y su tiempo el hablar./ Su tiempo el amar/ y su tiempo el odiar;/ su tiempo la guerra/ y su tiempo la paz.

            Leído en voz alta, hay un ruido de fondo, el tic-tac de un reloj, preciso, exacto. No hay en la vida y la muerte, en lo que acontece durante la existencia, nada moral. Todo tiene su razón de ser en el orden y cumple su función. Somos engranajes de una maquinaria. Tic-tac. Vivimos y morimos y es como si nunca hubiésemos vivido. No es extraño que se añadieran de vez en cuando consejos de esta clase para evitar depresiones: no hay mayor felicidad para el hombre que comer y beber y disfrutar en medio de sus fatigas. Pero, como ya he dicho, hasta en estos aforismos más amables se filtra la desesperanza impasible del original.

            Durante la segunda parte, Cohélet insiste en sus ideas principales, entre reflexiones aisladas sobre la vida social, pero también realiza una defensa de la sabiduría que parece pertenecer más a un escrito como los Proverbios que a este tratado del No Ser. Sin embargo, no es un alegato muy fervoroso: a cada paso nos recuerda las limitaciones del conocimiento humano. Sin olvidar que, al final, siempre está la muerte: los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada, y no hay ya paga para ellos, pues se perdió su memoria.

            Cohélet cierra su sombría obra con un discurso a la juventud, con el carpe diem como tema secundario. Disfruta, muchacho, de tu juventud, pásalo bien en tu mocedad. No hay aquí nada incoherente con el tono general. ¿Por qué pasarlo bien ahora? Porque la vida es breve, así que hay que aprovecharla. Antes de que se rompa la hebra de plata,/ y se quiebre la copa de oro,/ y se haga añicos el cántaro en la fuente,/ y se deslice la polea en el pozo,/ y vuelva el polvo a la tierra, a lo que fue,/ y el espíritu vuelva a Dios, que lo dio./ ¡Vanidad de vanidades!- dice Cohélet- ¡todo es vanidad!

            ¿Por qué leer el Eclesiastés? Es un libro que siempre me ha atraído, por su peculiar pesimismo. Frente a los lectores de mirada estrecha, que ven a la Biblia como un todo uniforme, los lectores auténticos, sean o no creyentes, pero con sensibilidad estética y cultural, encuentran en ella una multitud de voces, de mentes que buscan a Dios, cada cual a su modo, cada una por caminos muy distintos (algunos, en fin, no muy recomendables).

            Dios, es cierto, apenas aparece en el Eclesiastés. Las interpretaciones más piadosas invitan a leerlo como un llamamiento a desprenderse de los oropeles y supuestos éxitos mundanos, a no caer en el error de dar una importancia desmedida a la gloria, al poder o al dinero. Dios se sobreentiende, dicen, todo el libro llama a fijar los ojos en Él (desde la mística, desde la acción, desde ambas).

            La visión más oscura, que es la más cercana, creo yo, al verdadero espíritu de la obra, me revela más bien a un hombre religioso (o no) sin ninguna seguridad. Si lo pensamos bien, es una fe (si la tiene) casi heroica la de este autor, que en ningún momento reniega de Dios. Pero tampoco puede renegar de su inteligencia, ni de su reflexión. Y sus reflexiones descubren un mundo hostil, cruel, lleno de dolor.

            El autor de Job, ante el mismo mundo, se rebela y destruye una falsa concepción de Dios, aunque no es capaz de entregarnos otra. Cohélet parece moverse en ese vacío. Dios quizás está ahí, pero no se sabe muy bien dónde. Y ante Su silencio, hay que tratar de entender el mundo con nuestras fuerzas. El desolador resultado admite dos respuestas: o negar a Dios o seguir escudriñando la negrura.

            ¿Por qué leer a Cohélet? Su amarga reflexión no es precisamente consoladora; no obstante, puede ser fuente de gran ayuda en los momentos de desolación (whisky a mano). Porque no se puede contemplar con menos dulzura la vida y, aún así, hay un esfuerzo sincero por comprenderla, por tratar de entenderla.

            Tal vez, como dijo San Pablo, ahora no vemos claro, pero entonces veremos cara a cara. O tal vez sean falsas esperanzas, vanidad y atrapar vientos. Quién sabe.

Anuncios

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: