Con un vaso de whisky

junio 13, 2012

¿Amor? ¡Arte! (y X): La felicidad imposible

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:17 pm
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            En el primero de estos artículos dije que, al final, examinaríamos una cita, contrastándola con las obras que fuéramos viendo. Ya toca. Estoy prácticamente convencido de que el autor es Cesare Pavese (pero puedo equivocarme). La cita la recibí de un estupendo profesor de Literatura, quien tenía la buena costumbre de empezar sus clases recomendando un libro y escribiendo en la pizarra una cita. Es bastante tremenda: Felices aquellos que aman y son amados y aquellos que no necesitan amar.

            Según esto, el mundo se divide en tres grupos, dos de los cuales son felices y uno, infeliz, lo cual, la verdad, es de un optimismo enternecedor; aunque también es cierto que no se dice cuánta gente hay en cada grupo. Los únicos infelices, así, son aquellos amantes que no son amados por aquellos a quienes aman. Todos los demás, alegría. Pues bien, yo creo que no. Y creo que hemos ido juntando estas semanas buenas pruebas de ello, Shakespeare y otros mediante. Porque el amor no es garantía de felicidad, mientras que puede serlo de lo contrario.

            Demos cuartelillo a Pavese: en efecto, amar y no ser amado es una buena vía para la infelicidad. El ejemplo palmario es Dom Claude Frollo. Su pasión devoradora por Esmeralda igual también le habría destruido, de haber sido correspondida, pero, desde luego, la no reciprocidad arrasó a arcediano, gitana y campanero. Un Frollo amado hubiera sido, casi seguro, más feliz que el Frollo de Hugo; aunque se me ocurren varias hipótesis devastadoras para esa pareja y todas ellas menos interesantes, literariamente. No especulemos, sin embargo, porque nos hemos encontrado con bastantes parejas amantes e infelices.

            El señor Stevens y la señorita Kenton, para empezar. Ambos se atraen, diría que están enamorados y hasta me atrevería a decir que se aman. Ambos aman y son amados por su amado. Sin embargo, acaban, ella, casada (luego separada) de un hombre al cual no quiere, y, él, encerrado en sí mismo, muerto en vida. Esto es bastante angustioso, a poco que uno lo piense. La pasión desatada arrasa, pero la pasión atada o incomunicada aniquila, de manera incluso más terrible, a quien no cede.

            Bueno, bueno, puede decirse, pues claro que son infelices. ¡Si dejan escapar al amor de sus vidas! ¡Menudo ejemplo! Ahí están, en cambio, los amantes que se aman, lo confiesan, luchan por su amor y hasta lo consuman. ¡Esos son felices!

            ¿Sí? Veámoslo. Macbeth y Lady Macbeth se aman, son el matrimonio más compenetrado (y terrible) de Shakespeare. ¿Son felices? Más bien se acompañan y empujan mutuamente al abismo, igual que George y Martha. Cuando examinamos, en otra serie de Divagaciones, El León en Invierno dije, y mantengo, que Enrique y Leonor hubieran sido mucho más felices como esposos y como reyes si no se hubieran amado tanto. Es, sobre todo, su mutua, celosa, destructiva relación amorosa la que envenena sus vidas.

            Vaya, de acuerdo, aunque vaya ejemplos también aquí: asesinos, amargados, políticos manipuladores… Conforme, pero toda esta gente puede amar y, de hecho, ama. No por ello son más felices. Sin embargo, cedo ante la crítica: vamos a buscar otra pareja, de amantes amados, que no sean malvados, homicidas o políticos calculadores.

            Romeo no es un asesino (aunque mata a Thibault) y Julieta no es una política. Ambos se aman con absoluta entrega y logran consumar su amor, si bien de modo fugaz. ¿Son felices? Tal vez, por un breve momento, justo antes de que la alondra anuncie el amanecer, el cual va a arrebatarles su intimidad, su única noche. Pero la pasión de los adolescentes (junto al plan del pobre Fray Lorenzo) destruye a Mercucio, a Thibault, a Paris, a los propios amantes, todo ello, encima, sin culpa suya. Romeo, al crecer como persona, sólo logra aumentar su dolor, mientras Julieta, la heroína, paga el precio de perder la inocencia y la confianza en sus más íntimos. Ciertamente, no parece que el amor haya hecho felices a los amantes.

            Es verdad que en las comedias la cosa, aparentemente, cambia. Beatriz se empareja con Benedicto, Rosalinda consigue a su Orlando. Pero nada se nos dice sobre su futuro; ignoramos si estas parejas, tras las luchas para alcanzar la unión, permanecerán unidas o felices. Las llamadas “comedias oscuras” o “comedias problema” dan una sombría perspectiva, sobre todo en la maravillosamente caótica y nihilista Medida por medida, la cual termina con unos emparejamientos entre absurdos y sádicos, cortesía del Duque Vincentio.

            No parece que estos dos grupos comentados alcancen la felicidad; pero Pavese nombraba a otro: aquellos que no necesitan amar, aquellos, si se quiere, que no tienen pasión. ¿Los villanos? No, hemos visto que el amor y la pasión no están vedados a los villanos y que, incluso, pueden ser el origen del Mal.

            Yago, como dice Bloom, tiene fuertes pasiones, por negativas que sean. Trías, en su ya citado Tratado sobre la pasión, carga contra la racionalista idea de achacar a la pasión el rol de lastre. No pensamos, actuamos y, luego, padecemos, nos dice, sino justo al revés: es la pasión la que provoca la acción. Esto es muy cierto tanto para el desventurado Otelo (con la pasión de los celos) como para su genial lugarteniente (con su sádica pasión dramaturga). No toda pasión es amorosa, desde luego. La de Yago es pasión de poder, de poder sobre Otelo, de destrucción del viejo dios; pasión, sí, causada por la antigua pasión de adoración a Otelo y la desolación por verse relegado.

            Yago es pasional, tan pasional como todos los personajes que hemos visto (o más); su pasión negativa le revela abismos interiores, para su deleite. Cuanto más avanza la obra, más admirado está el alférez consigo mismo, más disfruta de su genio, más feliz, en fin, se le ve. Felicidad cruel, alegría sádica, sin duda, pero ¡es el único, en todo Otelo, entusiasmado y alegre!  Justo por una pasión por el caos y la muerte, aunque él mismo acaba derrotado en su momento de máximo triunfo.

              ¿Y qué vamos a decir de Edmund que no hayamos dicho ya? El magnífico bastardo de Gloucester es la antipasión encarnada. Edmund escapa del esquema de Trías: no parece que haya padecido nada que justifique sus posteriores acciones. Su exclamación “¡Naturaleza, tú eres mi diosa!” y el subsiguiente monólogo, dan ciertas pistas: Edmund parece rebelarse contra la sociedad por la rebeldía misma; busca alcanzar el puesto de máximo dominio en la sociedad, pero subvirtiendo el tradicional respeto de los jóvenes por los ancianos y de los ilegítimos por los legítimos. Ojo, tampoco hay que convertirle en un joven revolucionario, mucho menos en un joven revolucionario idealista.

            Bloom no parece muy convencido de que Edmund sienta la codicia de Ricardo III por el poder. Su frialdad es demasiado absoluta. En esta obra desoladora, donde todos los demás personajes, positivos y negativos, sufren, algunos hasta extremos insoportables, él es el único que permanece incólume, hasta que Edgar reaparece y le derrota en duelo.

            Hasta ese momento, hasta que es vencido y, más aún, hasta que no constata el amor que por el sintieron las infames Goneril y Regan (ese maravilloso, desconcertante y desconcertado “Pero Edmund fue amado…”), el bastardo es el único personaje más o menos feliz. Al menos, exitoso. Las hijas malvadas de Lear andan demasiado ocupadas tratando de librarse de su viejo padre, de poseer a Edmund (¡las pobres!) o de ganar la guerra como para disfrutar de su posición. Lear, en su feroz locura, sólo goza de un único instante de consuelo, muy poco antes de que Cordelia sea ejecutada; Kent y el Bufón (el más inhumano de los personajes) acompañan a Lear en su calvario, y Edgar y Gloucester sufren sus horribles caídas. Edgar, oculto por su brillante hermano, lanza una de las más desgarradoras exclamaciones de la obra, al ver llegar a su ciego padre: Lo peor no ha llegado/ Mientras podamos aún decir “Lo peor es esto”.

            ¿Entonces? Mientras Edmund permanece firme en su helada negatividad, triunfa, está seguro de qué es, se muestra, en sus monólogos, siniestramente satisfecho (sin perder su frialdad, al contrario que Yago, para quien los soliloquios son explosiones de diabólica jovialidad, en las que, por fin, puede quitarse la máscara). Pero, ¿es feliz? No sé si es capaz de ello. Quizás haría suyas las palabras de V en V de vendetta: La felicidad es la más insidiosa de las prisiones. Y si algo quiere nuestro villano de hielo, es ser libre.

            Las conclusiones que podemos sacar, después de todo, no son muy concluyentes. La felicidad parece bastante ajena al universo shakesperiano, menos, tal vez, en el bosque de Arden o en la Toscana de Beatriz y Benedicto. No olvidemos que nuestro propio mundo se funda, entre otras cosas, en el poder creador de Shakespeare y de otros como él, precursores o seguidores geniales del genio. En todos ellos, la pasión amorosa es temible, al tiempo deseada y aterradora, dueña del apasionado, capaz de hacerle llegar a sus límites, tanto hacia arriba como hacia abajo.

            Especular sobre una vida sin amor es ocioso. Las grandes pasiones, siendo la amorosa, sólo quizás, la más grande, son elemento fundamental de la vida. Ahora bien, la vida no es sinónimo de felicidad. Hay quien duda seriamente de que, en esta vida, única sobre la que creyentes y no creyentes tenemos cierta constancia, sea posible alcanzar la felicidad o conservarla. Aunque, si la otra opción es estar muerto en vida, cada cual valorará qué le resulta más atractivo.  

            Una última aclaración: las citas y referencias que hago a Bloom provienen todas de su monumental trabajo Shakespeare, la invención de lo humano, de lectura obligatoria junto a las obras del susodicho. Y si alguien desea tener una perspectiva histórica del amor, le aconsejo con entusiasmo el capítulo “El amor a través de las edades”, de Memorias de un amante sarnoso, por Groucho Marx.

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