Con un vaso de whisky

mayo 20, 2012

¿Amor? ¡Arte! (VII): el Amor como origen del Mal

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 9:48 pm
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            Claude Frollo, sabio melancólico, sacerdote severo, no es una persona incapaz de amar, ni mucho menos. Ama a su despreocupado hermano Jehan, aunque ese amor fraternal es unidireccional y provocador de más dolor que alegrías. Siente compasión por el deforme bebé Quasimodo, al que salva de la muerte y al que cría, logrando la abnegación del campanero, pese a su áspera forma de ser.

            Pero aquí estamos hablando del amor de pareja, del amor erótico, y en ese amor, Claude, en principio, ve al Demonio disfrazado. Y durante largo tiempo, no tiene problemas en rechazarlo. Hasta que un día, fatalidad, ve a la gitana Esmeralda. Y se enamora perdidamente.

            El enamoramiento, el deseo, el amor de Frollo por Esmeralda es un estupendo objeto de estudio. Dom Claude trata de resistir ese amor, como Stevens y, como Stevens, no lo consigue. Pero donde el correcto mayordomo inglés se limita a suicidarse anímicamente, Claude, pasional bajo su frío aspecto, trama una y otra vez la aniquilación del objeto de su deseo.

            ¿Por qué? Según muchos idiotas, si alguien ama a otra persona, no hará nada que la dañe. Esto es desconocer por completo la fuerza destructiva del amor, que destruye al amante y al amado, como uno se descuide. El amor de pareja es celoso, egoísta. Queremos a la otra persona para nosotros mismos. Pero Frollo es más complejo: en su búsqueda de la destrucción de Esmeralda se mezclan varios motivos y nunca se tiene muy claro cuál de ellos es el dominante. ¿Es porque si la mata, se liberará del embrujo amoroso? Tal vez, él mismo confiesa que es una de sus razones. Pero cuanto más se enamora, cuanto más apasionado se vuelve y cuanto más comprende que no puede vivir sin Esmeralda (es decir, cuando calcula que la ama), lo que desea es vivir con ella y gozar con ella. También sabe que eso no será posible. Y entre no ser de ella y ella de él y que ella sea de otros, prefiere que ella no sea de ninguna manera.

            La infantiloide versión de Disney vuelve irreconocible a todos los personajes (Febo es un individuo digno, Quasimodo un tímido y tierno marginado, en vez del dolorido y temible campanero, Clopin un bufón alegre…) salvo a Esmeralda, más o menos, y a Frollo. Secularizado, eso sí, pero rígidamente religioso, el Frollo de Disney es un fanático custodio de la Ley y la Moral, racista y cruel, no el complicado sacerdote de la novela. Su pasión por Esmeralda es mucho menos complicada que la que Hugo va analizando, pero, con todo, provoca el mejor momento de toda la película, un siniestro soliloquio nocturno:

            Si no es mía, no será de nadie. Una vez que ya no es capaz de librarse de la pasión amorosa no correspondida, Claude elige ese lema como grito de batalla. Él es sacerdote, respetado, gran erudito. Ella, gitana, una marginada, despreciada por la Francia medieval. Un escritorzuelo les habría embarcado en una historia de amor imposible correspondido vomitiva. Hugo los embarca en una historia de amor y deseo no correspondido tan magistral como aterradora.

            Porque Esmeralda teme y, con el tiempo, aborrece al sombrío cura. Ella, una adolescente de dieciséis años, está enamorada de Febo, un insufrible capitán de arqueros, que la quiere para pasar unas noches de juerga y basta. Quasimodo, tan consciente de su fealdad como Ricardo, pero capaz de amar y de sufrir por ello como Stevens, también la ama, consciente desde el principio de la insalvable barrera física, certidumbre que sólo logra acrecentar su dolor.

            En este sentido, Nuestra Señora de París es un reflejo tenebroso de La cartuja de Parma. En la novela de Stendhal, el astuto y amable conde Mosca ama a la marquesa Gina, que siente por él gran estima, pero que está enamorada de su sobrino (sobrina de ella, no del conde), Fabricio, el cual bebe los vientos por Clelia. Ninguna de estas relaciones logra alcanzar una realidad perfecta, ni feliz, pero, al lado de lo que urde Hugo, es el paraíso del amor consumado.

            Frollo, es evidente a lo largo de la trama, lo sacrificaría todo para poder saciar su pasión por Esmeralda. Al final, en lo más bajo de la degradación, hasta trata de violarla. El miserable sufre tanto, sin embargo, y resulta tan triste el espectáculo ruinoso de un hombre profundo desquiciado, que no somos capaces de aborrecerlo. De una manera similar a lo que ocurre con Macbeth, Frollo podemos ser nosotros, bajo ciertas circunstancias.

            La ambivalencia que en nosotros provoca Dom Claude alcanza su culmen en sus dos largas charlas con Esmeralda, primero en su celda, luego al pie del patíbulo. A ratos, el dolor del cura causa nuestra empatía, pero al siguiente sus actos nos repugnan. Pocas veces he visto un héroe-villano tan bien perfilado, verdadero protagonista de la obra, atormentado y atormentador.

            Como Esmeralda rechaza con horror todos sus intentos, Frollo maquina la muerte de la desdichada gitana. Cuando cree haberlo logrado al fin, cuando logra su condena a la horca (aunque ella es rescatada por Quasimodo), se embarca en un horripilante peregrinaje por su mente tortuosa. El alucinante capítulo “Fiebre” nos muestra el descenso de Claude a su infierno particular:

            Se hundió conscientemente en sus malos pensamientos y, a medida que se hundía más en ellos, sentía estallar en sus entrañas una risa satánica, y, cavando así en su alma, al comprobar cuán grande era el espacio que la naturaleza había reservado en ella a las pasiones, su risa se hizo aún más amarga. Removió en el fondo todo su odio, toda su maldad y reconoció, con la mirada fría de un médico que examina a un enfermo, que ese odio y esa maldad no eran más que amor viciado; que el amor, ese manantial en el hombre de todas las virtudes humanas, se convierte en algo horrible en el corazón de un sacerdote, y que un hombre como él se convertía en demonio al hacerse sacerdote. Entonces,  su risa fue atroz y de pronto se quedó pálido al constatar el aspecto más siniestro de su fatal pasión; de ese amor corrosivo, envenenado, rencoroso, implacable que únicamente había conseguido el patíbulo para ella y el infierno para él; condenados ambos.

            No considero, en modo alguno, que el amor sea siempre la fuente de toda bondad en todo hombre, ni que todo sacerdote se convierta en un psicópata por su culpa, pero sin duda, tiene el poder de encumbrar o de destruir a casi cualquier hombre. Frollo es destruido por el amor. Según el budismo, la raíz del sufrimiento es el deseo, así que para no sufrir hay que liberarse de los deseos. El arcediano no se libra de su deseo, pero sí del objeto de su deseo, aunque por el camino pierde toda su humanidad. Podemos suponer que, tras la muerte de Esmeralda, Dom Claude hubiese sido un hombre sólo en apariencia. Pero no podemos saberlo, porque Quasimodo, destrozado al ver cómo su padre adoptivo asesina a su amada, empuja al sacerdote desde las torres de la catedral, muriendo él mismo de dolor en el cementerio.

            Pero ni siquiera con Macbeth, Ricardo y Dom Claude agotamos el diálogo entre el Amor y el Mal. Aún nos faltan los dos grandes monstruos de Shakespeare. Nos faltan Yago y Edmund.

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