Con un vaso de whisky

mayo 14, 2012

¿Amor? ¡Arte? (VI): deseo, frustración y horror

            En el caso de los Macbeth el amor no es el causante del horror, sino un elemento más del mismo. Pero el amor puede ser germen del mal, cuando el deseo (y el amor se compone un alto porcentaje de deseo) incita a usar cualquier medio para satisfacerlo y, de manera incluso más destructiva, cuando la realidad se muestra infranqueable y no es posible lograr el objeto del deseo. Para verlo, empezaremos con una de las obras más famosas de William: Ricardo III.

            Ricardo Glóster, el maligno jorobado, codicia el trono y no se detendrá ante nada ni ante nadie para lograrlo. Se regocija en su maldad, con menos estilo que los dos grandes héroes-villanos de Shakespeare, Yago y Edmund, pero con idéntica alegría perversa. Y es capaz de usar su peculiar carisma y su labia para seducir a la doliente Lady Ana; terminando con un monólogo de autocelebración tras su conquista que es glorioso.

            No obstante, hay en el discurso con el que abre su tragedia claros elementos para rastrear la maldad de Ricardo hacia una oscura fuente: el rencor.

            Pero yo no estoy hecho para esos juegos,

            Ni hago la corte al amoroso espejo;

            Yo, mal fraguado, que de amor no luzco

            La majestad ante donosa ninfa,

            Yo, de tales ventajas excluido,

            Privado por pérfida naturaleza

            De distinción, deforme, de repente

            A medio hacer enviado al palpitante mundo,

            Y eso tan mal y de tan torpe modo

            Que hasta los perros ladran a mi paso;

            En este tiempo de paz y fiesta,

            Para matar el tiempo no hallo goce,

            A no ser que, mirando al sol mi sombra,

            Sobre mi propia deformidad discurra.

            Y así, pues ser amado no es posible,

            Ni entretener tan agradables días,

            Determinado tengo ser infame

            Y odiar los vanos goces de estos días.

            ¿Es perverso Ricardo porque es feo, como Quasimodo? Tal vez. Desde luego, su fealdad, el rechazo que produce, le ha llevado a concentrar sus talentos en uno de los tres juegos, la guerra. Mientras dura la Guerra de las Rosas, el futuro rey está en su elemento. Pero, victoriosa su familia, ese juego acaba y sólo restan dos. Y para el amor, tras amarga reflexión, se ve imposibilitado. El aspecto físico importa, y mucho, en el amor de pareja. El que diga lo contrario trata de engañarse o de engañar a los demás. Ricardo se siente excluido desde el principio por su aspecto. De manera que concentra su extraordinario brío en la política, de la manera más sangrienta.

            Ello no quiere decir que Ricardo sea un frustrado sexual, ni mucho menos. Como ya he dicho, seduce de manera sádica a lady Ana (¡y delante del cadáver de su marido, a quien mató el mismo Ricardo!), porque le resulta útil en sus planes. Y en cuanto el joven Richmond, desde Francia, se prepara para invadir Inglaterra, casándose con Isabel, hija del rey Eduardo, logrando así derechos sobre el trono, Glóster mueve ficha para atraparla antes. No logra ya manipular a la madre de Isabel, la reina (a cuyos hijos ha hecho asesinar en la Torre), pero su dialéctica, menos hábil que al principio, sigue siendo poderosa. Uno no sabe muy bien si el jorobado no está intentando seducir a la madre para casarse con la hija.

            Claro que estas conquistas, basadas en el miedo y la mentira no dan grandes alegrías a Ricardo. Es demasiado inteligente como para engañarse a sí mismo: ninguna mujer sentirá jamás pasión alguna por él. Lo más que puede es engañarlas durante un tiempo. Lo decisivo, no obstante, es que el duque y luego rey no les hace la corte con ánimo erótico, sino puramente político y, probablemente, por cierta ironía cruel. Juega un momento a hacerse el Don Juan, sin perder ni un segundo la perspectiva. De manera aún más fría, calculadora y astuta, Edmund usará sus mayores encantos con fines similares en El Rey Lear.

            Sinceramente, no creo que toda la monstruosidad moral de Ricardo provenga de su monstruosidad física. En cambio, su conciencia de excluido por el aspecto le permite explorarse, conocerse y hallar grandes recursos para el mal dentro de sí mismo, recursos que emplea con macabra jovialidad. Su rencor es universal, porque está o se cree universalmente incapacitado para el amor, de cualquier clase. Partiendo de esa convicción, y sabiendo de lo que es capaz, no se encierra en una hosca amargura, sino que se lanza a una espeluznante carrera por el poder, que culmina con esta escena de manipulación:

            Hay aquí, creo, un mínimo punto de conexión entre Glóster y un personaje que nada tiene de malvado: Stevens, el irreprochable mayordomo de Lo que queda del día. Stevens sí es capaz de amar. A nadie escapa que tiene fuertes impulsos por el ama de llaves, la señorita Kenton. Pero, por alguna razón, es incapaz de exteriorizar sus sentimientos. La duda es ésta: ¿es Stevens incapaz de mantener una relación amorosa- no de amar-, su alma sin brillo está ontológicamente imposibilitada para lograr la intimidad con otra persona? ¿O acaso Stevens decide no mantenerla, decide no pelear por colmar esos sentimientos, condenándose a sí mismo primero al sufrimiento y después a la desolación afectiva?

            Glóster y Stevens, ¿son incapaces de amar en absoluto uno y de consumar el amor otro o han tomado la decisión perturbadora de no amar bajo ningún concepto? En la práctica, Stevens se destroza a sí mismo y, parcialmente, a la señorita Kenton. En esa agonía personal, está más cerca de Macbeth, porque Ricardo extermina a cuantos se cruzan en su camino, de un buen humor viciado encomiable.

            Como digo, Glóster y Stevens no tienen más semejanzas. El odio de Ricardo es general y, en cambio, Stevens no odia, sino que padece un deseo frustrado. Y este punto le une a otro complejo personaje, a quien considero la expresión máxima del poder perverso del amor, del deseo truncado, del rencor, de los celos y de la obsesión amorosa. Y no es hijo de Shakespeare, sino de Victor Hugo: hablo de Dom Claude Frollo, arcediano de Nuestra Señora de París. Pero de él nos encargaremos en otra ocasión.

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