Con un vaso de whisky

abril 16, 2012

¿Amor? ¡Arte! (IV): El amor sabio

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:59 pm
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            Beatriz y Benedicto, por tanto, nos desvelan otra de las verdades de la pareja. Efectivamente, se puede amar y ser inteligente; se puede ser amante y mantener vivo el ingenio. Esto es casi una epifanía apocalíptica, porque destruye uno de los pilares de los solterones de intelecto poderoso: ya no hay que elegir entre amar y pensar, no pierde uno la dignidad, ni la estima, propia y ajena, por amar y ser amado. Bueno, dependiendo de a quién amemos, claro.

            Pero Shakespeare aún no nos había regalado a su heroína invencible del amor. De todos sus grandes ingenios, sólo una es verdaderamente amante y amada y, contra la opinión de Ortega (Los hombres más capaces de pensar sobre el amor son los que menos lo han vivido; y los que lo han vivido suelen ser incapaces de meditar sobre él), tan capaz de amar como de meditar sobre el amor. Rosalinda es la inteligencia amorosa y el amor inteligente por excelencia.

            De acuerdo, Hamlet es más inteligente. Sólo Falstaff, señala Bloom, y estoy de acuerdo, iguala la capacidad intelectual del Príncipe de Dinamarca. Pero Hamlet no ama a nada ni a nadie y Falstaff ama, sí, pero no es amado. De hecho, su relación amorosa con el peligrosísimo Príncipe Hal es ambigua y uno no sabe si colocarla en el terreno del maestro y el discípulo, en clave paterno-filial, o un sentido, digamos, más bien griego. Lo único seguro es que Hal ha dejado de amar, si es que alguna vez amó a Falstaff, en cualquier sentido, y que, tras aprender del Ingenio Máximo todo lo posible, se deshace de él, pues supone un lastre para su carrera en el Poder.

           Rosalinda, ama con ingenio y educa a su amado, Orlando, que demuestra ser, si bien no su igual (es muy inferior en grado de brillantez), sí un pupilo capacitado, recto, sin malicia e igualmente amante. Lo hace disfrazada de muchacho, pero varios críticos opinan, y pienso que con mucha razón, que Orlando no se deja engañar y participa en la farsa, que es una auténtica escuela del amor inteligente. Ambos se aman con pasión y con agudeza: hay conexión física e intelectual. En sus diálogos de cortejo, dice Bloom, “Rosalinda funde de manera casi única (incluso en Shakespeare) el auténtico amor con el más alto ingenio”. Veamos si no:

Rosalinda: Ahora, dime, ¿cuánto tiempo la tendrás luego de haberla poseído?

Orlando: Para siempre y un día más.

Ros.: Di que un día, sin el “para siempre”. No, no, Orlando, los hombres son abril cuando hacen la corte, diciembre cuando se casan. Las doncellas son mayo cuando son doncellas, pero el cielo cambia cuando son esposas. Estaré más celosa de ti que un palomo de Berbería con su paloma, más clamorosa que una cotorra contra la lluvia, más novelera que un simio, más caprichosa en mis deseos que un mono. Lloraré por nada, como Diana en la fuente, y lo haré cuando tú estés dispuesto a estar alegre. Me reiré como una hiena, y eso cuando te inclines a dormir. 

Or.: ¿Pero hará eso mi Rosalinda?

Ros.: Por mi vida, hará como yo

Or.: Ah, pero ella es sensata.

Ros.: Y si no, no tendría el ingenio para hacer esto. Cuanto más sensata, más caprichosa. Ciérrale la puerta al ingenio de una mujer y saldrá por la ventana; cierra ésa y saldrá por el agujero de la cerradura; tapa ése y volará con el humo por la chimenea.

Or.: Un hombre que tuviera una esposa con ese ingenio podría decir: “Ingenio, ¿para qué te las ingenias? (en el original: “wit, whiter wilt?”, esto es, “Ingenio, ¿adónde quieres ir?)

Ros.: No, puedes guardar ese reproche hasta que te encuentres con el ingenio de tu esposa yendo a la cama de tu vecino.

Or.: ¿Y qué ingenio tendría la ingeniosidad de excusar eso?

Ros.: Hombre, diciendo que fue allí a buscarte. Nunca la pescarás falta de respuesta, a menos que la encuentres sin lengua. Oh, la mujer que no pueda hacer de su falta la ocasión de su marido, que nunca críe a su hijo ella misma, porque lo criará como un tonto.

            Lo grandioso de Rosalinda es su capacidad de amar y reírse del amor, ser ella una heroína amorosa y desconfiar profundamente de todo lo sentimental. Sus diálogos con Orlando en Como gustéis son lectura obligatoria para toda persona metida en una relación amorosa, o en vías de hacerlo. Ante su discípulo, sonríe con burla: Los hombres han muerto de vez en cuando y los gusanos se los han comido, pero no por amor. Shakespeare, que siempre cuidó de ocultarse detrás de su obra, de modo que conociésemos lo menos posible sus opiniones, quizás habla aquí. No, no, Orlando, los hombres son abril cuando hacen la corte, diciembre cuando se casan. Las doncellas son mayo cuando son doncellas, pero el cielo cambia cuando son esposas.

            Las heroínas han ido aumentando en inteligencia y profundidad y Rosalinda es la culminación. Nadie en la obra se le resiste. Sus adversarios, Jaques, un melancólico estirado, pero con un talento satírico nada despreciable (el famoso discurso que comienza Todo el mundo es teatro lo pronuncia Jaques), y el agriamente mordaz Touchstone, no logran hacer temblar ni un segundo a esta mujer maravillosa. Bloom sueña con su personaje predilecto, Falstaff, colándose y debatiendo con Rosalinda y yo sería el primero en apuntarme al espectáculo, porque seguramente sólo Sir John tendría voluntad y capacidad para competir con ella. Tanto dentro de la literatura como en el mundo real.

            Su tatara-tatara-tatra-nieta sería, en mi opinión, la estupenda Lorelai Gilmore. En esa serie tan mal entendida por muchos que es Gilmore Girls, la protagonista (mucho más que su a ratos cansinísima hija) concentra casi todo el Ingenio con mayúscula. Ingenio amoroso, amante y absurdo al tiempo.

            Nadie como Lorelai, en la serie, es capaz de poner en solfa los tópicos y los lugares comunes del amor o la amistad, siendo, al mismo tiempo, una persona de enorme capacidad y deseos afectivos. Y nadie como ella (salvo, cuando no es cansina, su hija Rory) puede hablar, argumenta, contrargumentar, enredar y rematar un diálogo cualquiera, llevándolo muy lejos en el camino de los ingenioso, de lo irónico y de lo ridículo. Sólo la grandiosa Emily (al fin y al cabo, madre de Lorelai) puede cortar su verborrea, con un par de frases secas y bien calibradas.

            Lorelai es un personaje emparentado con las grandes heroínas shakesperianas: ya no se enamora como la adolescente Julieta, pero tiene en el fondo el anhelo del Amor Heroico; lo atempera con la ironía ingeniosa de Beatriz y se acerca a la sabiduría excelsa de Rosalinda.

             Como ellas, tiene parejas siempre inferiores. Evidentemente más, porque la obra de Lorelai ocupa siete temporadas, no una pieza teatral, pero todos decepcionantes. Desde Chris, irónica prueba de que hasta las más respetables comenten el mismo error cuando de calibrar se trata cuestiones amorosas, pasando por el Max o Jason “Dogo” (quizás el más simpático e imprevisto) hasta acabar con Luke. Por cierto que Rory sigue el mismo camino: absolutamente todas sus parejas son inferiores y lamentables. Sólo Jess alcanza luego cierta altura y sólo una vez que ha abandonado la relación.

            Luke es el Orlando de Lorelai. Ella lo refina, lo alza, lo mejora y le ayuda a desenredar su propio enredo. El paso de amistad a enamoramiento y finalmente amor (que no felicidad) de Luke y Lorelai está magníficamente desarrollado, con la mezcla justa de humor, autoironía y dramatismo.

Más magnífico aún porque Luke no anda lejos de Higgins y Benedicto, pero con un matiz de diferenciación importante: Higgins y Benedicto abominan del amor porque creen que les rebajará; Luke se muestra reacio, huraño, por considerar que ni lo merece ni lo alcanzará. Cuando Lorelai y él están juntos, apenas puede creerlo.  De hecho, el espectador, desde un inicio, comprende que hay quiebras, que esa relación no puede ser y además es imposible. Y tiene que ser uno de los personajes menos inteligentes (el exnovio de Rory, Dean) el que lo vea con claridad y se lo diga de manera brutal y directa: ellas son superiores y, cuando ellos no puedan darles lo que necesiten, lo que aspiran, lo que merecen, los abandonarán.

No sé si eso es lo que acabó pasando con Orlando y Rosalinda. Pero si hay que apostar, creo que me sumo a la idea de las Gilmore.

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