Con un vaso de whisky

marzo 27, 2012

¿Amor? ¡Arte! (II): El enamoramiento heroico

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:56 pm
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Romeo y Julieta es una de las obras malditas por su celebridad. Los titiriteros de la adolescencia la han esgrimido desde hace largo tiempo para engatusar a la chavalería, que no se entera de lo que lee o ve. Sólo se fijan en dos muchachos de amor desgraciado que, por la enemistad entre sus familias no eran capaces de vivir felices y comer perdices y, de hecho, acaban muertos. Se llora un poco, se suspira por un Romeo o una Julieta y se pasa a otro culebrón.

            Y claro, el amor que aparece en Romeo y Julieta no es el de un culebrón de sobremesa. Porque Julieta, a la cual desprecié, víctima de la lectura estúpida de la obra, durante mucho tiempo, es una abanderada del amor heroico e inocente. Tendrá catorce años (de hace unos cinco siglos), pero incluso un malvado como yo se muestra cierto respeto ante alguien capaz de hablar como ella habla:

Sólo para ser liberal y volvértelo a dar;

Y sin embargo sólo deseo aquello que tengo.

Mi botín es tan ilimitado como el mar,

Mi amor igual de profundo: cuanto más te lo doy

Más tengo, pues ambos son infinitos.

            Sin duda, de estar dentro de la obra (y gozar la elocuencia precisa), se me hubiesen ocurrido muchas respuestas y apartes malévolos. Esta declaración de amor de Julieta a Romeo es el paradigma hecho verso del enamoramiento, con todo lo que de desquiciado tiene esta etapa, pero también de un deseo de amor que no es posible. Los monólogos de Julieta y los diálogos de la pareja serían los estandartes del movimiento del Amor Absoluto. Romeo aprende (el hombre aprende de la mujer en materia sentimental en casi todas las obras de Shakespeare) de su amada y deja de ser el figurín que era.

            Ya hablaremos, cuando examinemos a Rosalinda, que en las parejas shakesperianas los hombres están por debajo de las mujeres. Julieta es más apasionada, más profunda y más interesante que Romeo. La escena en la que la engañosa Nodriza le recomienda vivamente que acepte la mano del conde Paris, estando Romeo fuera de escena, es magnífica. Y nunca está Julieta, para mi gusto, mejor, que en las breves y secas frases con las que despacha a la Nodriza; la jovencita es capaz de enmascarar un dolor profundísimo (su primer amor desterrado y su única confidente traicionándola) tras una frialdad que asusta (Bien, me has consolado maravillosa y grandemente), justo antes de la gran explosión de su desespero.

            Pero no hay que despreciar a Romeo. Igual que otros después de él, aprende y crece ante su pareja, como si la grandeza de ella le contagiara a él. El Romeo del principio es un cansino niño rico, a quien Fray Lorenzo debería haber soltado alguna palabra más áspera. Y, en cambio, cuanto más avanza la obra, más se reconcilia uno con el Montesco. Al fin, tras la única noche junto a Julieta, finaliza el espléndido diálogo de alcoba con las más lúgubres palabras: Más y más luz: más sombra y sombra a nuestros pesares.

            Frente a ellos, Mercurcio es uno de los primeros personajes de Shakespeare que ataca con un sarcasmo terrible al amor. Mercucio va a la vanguardia de aquellos que identifican de manera absoluta sexo y amor, que califican al amor de eufemismo tramposo para ocultar la única realidad: un ardiente deseo sexual, puro y simple. Así saluda a Romeo, cuando Benvolio anuncia su llegada:

            Sin las huevas, como un arenque seco. ¡Oh, carne, carne, qué apescada estás! Ahora se da los números en que nadaba Petrarca. Laura, junto a su dama, era una fregona –Por Dios, tenía un amor mejor para el que rimar-, Dido una desastrada, Cleopatra una gitana, Helena y Hero bribonas y rameras, Tisbe unos ojos garzos o algo así.

            Mercucio puede parecer exagerado, pero no deja de ser interesante que, varios años después, Shakespeare escribiera una de sus más negras comedias, Troilo y Crésida, en la que masacra salvajemente a todos los grandes héroes de Homero; entre ellos, a las parejas de amantes, a Paris y Helena, a Troilo y Crésida. Parece que Mercucio se venga desde la tumba.

            Por supuesto, ni Romeo ni Julieta son tan necios como para considerar al amor sin sexo, pero Mercucio es arrolladoramente absoluto. Sus bromas y procaces juegos de palabras, brillantes, son un contrapunto espléndido. Quizás demasiado: Bloom considera que Shakespeare se ve obligado a matarlo para que no devore la obra. E, ironista temible, mata a Mercucio como mártir involuntario del amor entre Romeo y Julieta, lo cual es el destino más espantoso para cualquier enemigo jurado del amor heroico.

            Claro que las ironías de Shakespeare no acaban ahí y su sabio ingenio es consciente de que un amor heroico como el de sus superdotados adolescentes sólo tiene dos salidas. No puede convertirse en otra de las clases de amor que desplegará en otras obras suyas. Así que, o bien acaba en catástrofe sangrienta o bien se transforma en una realidad decepcionante. Muchos escritores satíricos han imaginado a un Romeo y a una Julieta, vivitos y coleando, tras un tiempo de convivencia. Shakespeare no da opciones a los amantes: El amor muere o los amantes mueren-escribe Bllom-: tales son las posibilidades pragmáticas de los dos poetas (Shakespeare y Chaucer), ambos, en cuanto experiencia, más sabios que la sabiduría misma.

            Como Julieta está verdadera, apasionada y destructivamente enamorada, se suicida. No es que yo rompa aquí una lanza a favor de la muerte autoinflingida por amor, pero, vaya, a Julieta se la puede considerar con cierta piedad y admiración. Se suicida dos veces, una dentro del bastante insensato plan del fraile y otra al ver el cadáver de Romeo. Romeo, como siempre, sigue a Julieta: sólo se suicida porque cree que ella así lo ha hecho. Hay un peculiar reflejo de esta escena en el momento del suicidio en Antonio y Cleopatra, pero el dolor y el amor, auténticos en ambos, es más puro en los jóvenes de Verona.

            El amor y la muerte, siniestramente unidos, no es una invención del Romanticismo, como vemos. Al no dedicarse Shakesperae a dar sermones, gracias a Dios, tampoco es una prueba de lo pecaminoso de las pasiones, que son fatalmente castigadas. De hecho, Romeo y Julieta serían castigados por casarse, lo cual es bastante sarcástico. Pero Shakespeare es consciente de la enorme fuerza del amor y de lo peligroso que puede ser. El enamoramiento, que es, según Ortega y Gasset, un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza, puede ser la etapa más crítica, porque es en la que se cometen las mayores estupideces, estando la capacidad de calibrar muy disminuida.

            Y, sin embargo, ¿podemos culpar a los amantes? En realidad todo está en su contra. Sólo podrían haber salido peor las cosas con Yago metido en la obra. Lo más devastador de la obra es que, dos de los amantes menos nihilistas de Shakaspeare, acaban muertos. Su pasión, dice Bloom, termina en suicidio, pero no porque ninguno de los amantes anhele la muerte o porque mezcle el odio con el deseo.

Imágenes: fotogramas de “Romeo y Julieta”, de Franco Zeffirelli

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