Con un vaso de whisky

marzo 14, 2012

¿Amor? ¡Arte! (I): Plan de batalla

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:48 pm
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Touchstone: No en verdad; pues la poesía más verdadera es la más fingida, y los Amantes son dados a la Poesía, y lo que juran en Poesía, puede decirse que los Amantes lo fingen.

William Shakespeare, Como gustéis.

            Casi ningún pensador, filósofo, teólogo, poeta o novelista ha pasado por la vida sin reflexionar sobre uno de los temas centrales de la vida humana, cual es el amor. La verdad, uno podría empezar a preguntarse si el amor es realmente tan importante, per se, o han sido esos augustos individuos los que nos han convencido de ello, cuando, objetivamente, no tiene más interés que un circo de pulgas falso. Sea dicho con respeto a los circos de pulgas verdaderos.

            Resistiendo al sofismo que me devora, presupongamos que la respuesta correcta es la primera: en efecto, el amor pertenece a la casta Temas Inmortales de la Humanidad. Claro que es un concepto ambiguo, lleno de matices y con muchas caras, algo que le honra. Porque, cuando hablamos de amor conviene especificar a qué clase de amor estamos haciendo referencia. Como dijo el Doctor Julius Hibbert: ¿Se refiere al amor de un marido por su esposa o al amor que siente un hombre hacia un buen habano? Diferencia, ya hay. Y Ricky Gervais parece tenerla clara.

            Expulsemos de estas páginas, por tanto, a los amores filiares y paternales, a los amores de los estetas por la belleza, al amor al arte en todas sus manifestaciones, al amor a las ciudades, y a la Naturaleza, el amor a o de Dios, con Su permiso de caballero, con el de los creyentes y no creyentes; a no ser que en algún momento nos sean de utilidad y declaremos una amnistía. Centremos la mirada en el amor tópico, en el amor de pareja. Y vayamos bien armados de ironía, que es esencial para estos estudios.

            Llevo cierto tiempo planteándome escribir sobre este asunto. Al fin y al cabo, nada como escribir para analizar una cuestión. Pero se me planteaban ciertos problemas en contra de un tal análisis.

            Veamos. Es imposible que una reflexión, por mucho que el autor de la misma se esfuerce, sea objetiva. Más o menos, se admiten muchas graduaciones, pero siempre será subjetiva. Al fin y al cabo, la objetividad es más una meta que una posibilidad real. En este tema en concreto, el subjetivismo inevitable puede convertirse a toda velocidad en algo espantoso: el egocentrismo, la autocompasión, el quejiquismo. Hay muchas poesías (la mayor parte infames) y novelas, y relatos, y artículos que adolecen de este pecado mortal. La autocompasión es implacable e impide contemplar con tolerancia la obra en la que se ha infiltrado.

            El temor a caer en el subjetivismo patético (es un riesgo teórico para todos) me ha mantenido alejado mucho tiempo. Porque semejante escrito sería una pérdida de tiempo para un servidor y para los lectores, que tendrían que leer y hasta es posible que se planteasen replicar y contradecir o secundar las opiniones. A una persona se le puede pedir que dedique una porción de su vida a escuchar a otra persona y a dialogar con ella bajo ciertas condiciones. El subjetivismo personalista impide hacer esa petición.

            Creo que he encontrado un medio de sortear el escollo: la ironía y el arte. Son dos baterías formidables. La ironía corroe la autocompasión y usar a los grandes de la literatura o el cine permite descentrar al autor, evita que se crea alguien y ocupe el especio, dando voces megáfono en mano.

            Con esto espero haber allanado el camino lo más posible. Claro que queda otro enemigo: el tema es tan complejo, incluso restringiéndolo como he hecho, que se corre el riesgo de divagar o alargarse de manera excesiva sin llegar a ninguna parte y sin haber logrado nada de interés por el camino.

            Teniendo todo lo anterior en cuenta, puedo comenzar, amenazado por todos lados. Veremos si merece la pena.

            Probablemente, Shakespeare vaya a ser el autor en el que más me apoye. Después de todo, Harold Bloom (que también estará muy presente y nos sonríe en la fotografía de arriba) afirma que fue él quien, en buena medida, inventó lo humano en la literatura y hasta en la propia vida y que, escuchando a los personajes shakesperianos, que no son arquetipos ni Virtudes o Pecados encarnados, sino auténticos seres humanos, nos entendemos e interpretamos mejor a nosotros mismos. Es posible que ellos, con otros que les siguieron, sean los que nos han formado y, así, somos hijos de criaturas de ficción, al mismo tiempo muy reales. Hay mucha verdad en esta afirmación. Además, la hace Bloom. Y la Palabra de Bloom la discuten sólo otros gigantes.

            En Shakespeare encontramos un estudio muy hondo y complejo del amor en muchas de sus manifestaciones y, desde luego, también del amor de pareja. Si quitamos el amor (y el sexo) de su obra, buena parte de ella se va volando por la ventana o queda mutilada de forma irrecuperable.

            No voy, sin embargo a usar toda la obra de Shakespeare, ni a usar sólo obras de Shakespeare. En cuanto a lo primero, no he leído todo lo escrito por el viejo William. Me quedan aún varias piezas de teatro. Tampoco he leído ni uno de sus famosos Sonetos, algo bastante vergonzoso, lo admito.  Y que me limita en buena medida, porque tener un ojo puesto en su teatro y otro en la poesía es tremendamente útil, al decir de muchos críticos de respeto, para analizar a Shakespeare, más aún en el asunto amoroso. Como lo que no he leído no lo he podido reflexionar, lo dejo fuera de mi análisis. Y como no sólo de Shakespeare vive la Literatura, habrá sistio para otros autores y para otras obras.

            Al final, de forma retrospectiva, me gustaría comprobar si somos capaces de enfrentarnos a un curioso aforismo. Pero de eso, ya hablaremos. Ahora, empecemos con Shakespeare y empecemos con las, en mi opinión, tres grandes heroínas del amor shakesperiano: Julieta, Beatriz y la más grande, Rosalinda.


 

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