Con un vaso de whisky

febrero 5, 2012

Un borrón

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:43 pm
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            Clint Eastwood es un grande. No hace falta que yo se lo reconozca, pero lo hago con gusto. Tiene en su haber Sin perdón, Medianoche en el jardín del bien y del mal, Cartas desde Iwo-Jima, Banderas de nuestros padres, Cazador blanco, corazón negro, por poner sólo unos ejemplos. Su habilidad y su talento no están en discusión o, al menos, no por mí.

            Pero el mejor escribano hace un borrón. El maestro Hitchcock hizo Topaz, vaya. Eastwood ha hecho J. Edgar. Y esta película es floja, aburrida, indiferente.

            De J. Edgar Hoover sé lo que la mayoría de la gente: el hombre que creóla OficinaFederalde Investigación (Federal Bureau of Investigation), tal como se conoce hoy día, quien aumentó sus poderes y lo controló con mano de hierro durante casi cinco décadas. Un hombre que empleó tácticas bordeando o más allá de la legalidad, que recopiló información y la empleó para chantajear, coaccionar, manipular o perseguir a cualquiera que fuera una amenaza para su posición, su oficina, su país.

            No sé si la película de Eastwood es exacta históricamente. No me interesa. Desde la primera escena parece que van a narrarse los hechos desde el punto de vista de Hoover. Y una de las últimas escenas, con Clyde, su compañero eterno, le echa en cara las mentiras, las exageraciones y las medias verdades que llenan sus memorias. Pero si quisiera un exacto conocimiento de los hechos y de la psicología de Hoover, leería una biografía. Dicho sea de paso, si alguien conoce una buena biografía, por favor, dígalo. ¡Cuánta falta nos hace otro Stefan Zweig!

             Esto no implica, claro, que si la película ahondara con precisión en la mente de Hoover, se lo reprocharía. Todo lo contrario, sería un extra. Sin embargo, no es la piedra de toque que decidiría la calidad de esta obra. Mis quejas sobre la película son en tanto en cuanto película. Son problemas de estructura, de narración y de personajes.

            De estructura: Eastwood usa la técnica de los saltos al pasado y al presente (de Hoover). Un Hoover anciano desea explicar al pueblo americano su propia historia, presentándose como uno de los cruzados que salvó a la Patriade las garras de sus enemigos. Es algo habitual. El problema es que no tiene un hilo de plata que de coherencia a la historia. En la densa, compleja, Nixon, de Oliver Stone (que a mí me gusta mucho, pese a sus defectos), el escándalo “Watergate” sirve de brújula: está envolviéndolo todo, sirve de trampolín para indagar en la biografía personal y política del protagonista. Por cierto, Bob Hoskins es un Hoover mucho más poderoso en los pocos minutos que sale en dicha película, que Leonardo Di Caprio en la ahora comentada.

            Las Memorias de Hoover no tienen la fuerza para cumplir esa función.La Historiadel Bureau se nos cuenta de modo inconexo. El caso Lindbergh ocupa buena parte de la cinta, pero tampoco la llena. De hecho, nada de lo que ocurre en las dos horas las llena, ni las hace dignas.

            Los problemas de narración andan cerca de los estructurales. La narración es muy confusa, deslavazada. ¿Qué quiere Eastwood mostrarnos? ¿La Historia del F.B.I? ¿Sus casos más importantes o controvertidos? ¿El ascenso de Hoover desde una posición subordinada a la cima de la política y la seguridad estadounidense? ¿La torturada alma del impenetrable Director? Quizás quiso mostrarlo todo. Y, claro, como no estaba haciendo una miniserie, no logró mostrarnos nada.

            Tampoco los personajes nos llegan o nos emocionan. Di Caprio es un actor respetable, pero ni por un segundo logró convencerme de que estaba viendo a Hoover, por mucho maquillaje que le echaron al pobre encima. Justo lo contrario que Anthony Hopkins en la antes mencionada Nixon. Hopkins, y sus secundarios, subordinados en todo momento al personaje central, sí insuflaba vida al polémico Presidente. El personaje de Nixon, sus contradicciones, sus demonios, sus maquinaciones, sus debilidades y sus sentimientos,  devoraban la película. Justo lo contrario que en J. Edgar.

            Judy Dench, como la controladora madre de Hoover (siempre las madres, caramba, parece que el Colegio de Psicoanalistas paga a los guionistas, a veces) o Naomi Watts como la fiel secretaria del Director son las más cercanas a conseguir algo de chispa humana. De hecho, quizás la mejor escena de toda la película sea la “cita” entre el joven Hoover y su secretaria: como medio de impresionar a la chica, el burócrata implacable muestra con orgullo el sistema de clasificación de la Biblioteca del Congreso. Ahí, sí, el escalpelo psicológico estuvo bastante fino.

            Pero nada funciona como es debido. Así que, en lugar de ensañarnos, cerremos esta crítica. Eastwood es un gran cineasta. J. Edgar, una película mediocre.

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