Con un vaso de whisky

enero 29, 2012

Casi una epopeya humorística

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:04 am
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            La épica casa mal con el humor. Tengo pendiente pensar un rato sobre la relación entre lo cáustico y lo sublime, pero la sensación sin refinar es que son excluyentes. Creo imposible conciliar en el mismo momento, en la misma experiencia o en la misma obra ambas potencias. Tal vez de manera sucesiva, sí, pero no conjunta. La balanza se inclina, según cada cual y las circunstancias, hacia un lado o hacia otro. Una epopeya humorística es un imposible, por lamentable que ello resulte. O la épica engulle al humor, o el humor hace que la épica sea más bien burlona y, por tanto, no sea épica.

            Jeff Smith intentó una epopeya humorística; el resultado fue una obra notable, pero no lo pretendido. Porque Bone, uno de los cómics que más he disfrutado, termina tomando partido. Y equivocadamente, en mi opinión.

            Los lectores entramos en el mundo de Smith de la mano de tres primos perdidos por el desierto. Fone, Phoney y Smiley Bone han abandonado a la carrera su ciudad natal, Boneville, huyendo de una turba enfurecida por los turbios manejos del segundo. Durante su travesía en el yermo, se separan y, cada cual por su camino, entran en un idílico Valle que podría estar tan campante en la Tierra Media o similares.

            Choque de civilizaciones. Los Bones no son de nuestro mundo (para empezar, no son humanos), pero les costaría menos adaptarse a él que al Valle medieval-fantástico, con sus animales parlantes, sus leyendas, su magia onírica y sus monstruos. Boneville, que no veremos jamás, es una especia de homenaje-parodia de una Disneylandia en la que hay dólares, teléfono, televisión, coches y tren de vida moderno. Y donde se puede leer las obras de Melville. El Valle, en cambio, no tiene en común con nosotros más que a los seres humanos.

            Ese choque y el consiguiente descoloque entre los diversos personajes, hasta que más o menos todos empiezan a entenderse, proporciona numerosos momentos cómicos. En realidad, todo lo que ocurre durante la primera mitad de la obra se hace bajo el signo del humor. Conocemos a la joven Thorn, ala Abuela Ben, a Lucius… y a las Mostrorratas, claro. Desde principio, el lector avezado en cuentos sabe que ocurren muchas cosas subterráneas. Hay sueños extraños sobre una guerra y una gruta llena de benévolos dragones; hay fuerzas oscuras planificando, como de costumbre, oscuros planes; hay secretos que no se comparten. Hay, y cada vez se verá con mayor claridad, todos los elementos para una estupenda historia de aventuras, brujería y espadas.

            ¡Pero es que también hay todos los elementos para una estupenda narración cómica! Hay un trío protagonista que es, una vez más, homenaje-parodia de Mickey, Donald (o, más bien, un arruinado Tío Gilito) y Goofy. Fone Bone, como Mickey, es el menos gracioso de los tres. Carga con el ingrato rol de protagonista moralmente sin tacha, enamorado de Thorn, en contacto con fuerzas que no entiende. Su única escapatoria cómica es la indiferencia generalizada que su amada novela Moby Dick provoca en el resto del universo. Sospeché (y ahora estoy casi seguro) que esto es bastante autobiográfico, sobre todo después de que Smiley bautice a su entrañable mascota con el nombre de Baterbly. Smith sin duda tiene un amor por Melville tan incomprendido como el de Fone Bone.

            Phoney y Smiley Bone forman uno de los dúos cómicos más graciosos que recuerde. La mezquina imaginación de Phoney, maquinando una y otra vez cómo timar, estafar, enredar y robar a quien sea, para recobrar su perdida fortuna, unida a la alegría optimista, ingenua y enervante (para otros, no para mí) de Smiley… A cada proyecto de Phoney le aguarda un final deplorable, eso lo sabemos, y si ese final viene provocado, al menos en parte, por Smiley, pues mejor que mejor.

            ¡Y la Abuela Ben! Con su sonrisa perpetua, sus tartas, sus frases tremendas, sus vacas (la Carrerade Vacas es quizás el mayor evento deportivo de la literatura cómica universal, después de Wodehouse y su carrera del Gran Sermón)… y su pasado. Por conversaciones privadas sabemos que en el de esta vieja un tanto chiflada hay sombras alargadas. Pese a ello, sigue siendo capaz de ser un personaje graciosísimo, durante una parte de la obra.

            ¡Y mis queridas, insustituibles, estúpidas, estúpidas Mostrorratas! Hay fuerzas de las Tinieblas, sí, y muy siniestras. Pero los soldados de esas fuerzas son las Mostrorratas. Y, en especial, una pareja de Mostrorratas (sin nombre, con lo mucho que se lo merecen) forma el otro gran dúo cómico de Bone. Bestias de garras y colmillos capaces de destripar a un adulto sin problema, caen de cabeza en las situaciones más desgraciadas en plena persecución de sus presas o las pierden por discutir si es mejor comerlas crudas o en una tarta esponjosa.

            Sí, con la primera mitad de la obra me reí mucho. Lo humorístico estaba en cabeza, pero las pistas épicas se entrelazaban muy bien con ello. Cuando aparecían los grandes antagonistas, como el Encapuchado y el Señor de las Langostas, la epopeya daba un paso decidido, sin que temiera que las risas hubieran acabado.

            Hasta que se acabaron. Smith llegó a la conclusión de que, cuando la gran trama épica estallara, el humor debería ser desterrado.La Abuela Bense reveló como una reina guerrea y dejó de sonreír. La genial granjera del principio, parece, era sólo una máscara para ocultarse. Me quedo con la máscara. Phoney y Smiley resistieron bastante tiempo, pero tampoco ellos pudieron resistir el embate y acabaron inclinándose. Fone y Thorn jamás fueron individuos cómicos; con el Destino del valle sobre los hombros, menos. Las Mostrorratas se convirtieron en una horda peligrosa y mi pareja favorita hizo apariciones escasas (lógico: jamás podría ser tomada en serio).

            Fue una lástima. La recta final de Bone (tras un peregrinar por las montañas bastante aburrido, en el que casi dejé la lectura) tenía fuerza, pero era la fuerza de un historia entre el Bien y el Mal, con asedio a la ciudad de los reyes incluida. Además, el mayor poder dramático de los villanos, en especial del Encapuchado, que era su misterio, quedó desvirtuado cuando se nos explicó quiénes eran y cómo habían llegado a serlo. Explicación no mala, pero que yo hubiera eliminado. Preferiría no haber sabido nunca qué se escondía tras esa capucha.

            Cuando el conflicto finalmente fue resuelto, cuando llegó el turno de las despedidas, entonces recuperamos algo del primer Bone. Un humor entretejido con nostalgia. Chistes que nos hacían reír porque sabíamos que pronto abandonaríamos para siempre a unos personajes que se hacían querer, bromas que estaban construidas con habilidad para explotar la veta cómica de la tristeza que sentían tanto el lector como los protagonistas.

            Sin embargo, la risa franca, rotunda, las carcajadas de los primeros tiempos, ya habían pasado. La guerra las sepultó. Smith podría haber convertido la epopeya en una farsa, alegre o cruel, pero decidió tomársela en serio. Como si el humor fuera un juego de niños y hubiera llegado la hora de los adultos. Como si seguir por ese camino hasta el final fuera algo vergonzoso.

            Pues perdone usted, señor Smith. El humor es cosa seria. Déjenos conla Carrerade Vacas yla Vaca Misteriosa, la apuesta entre Lucius y Phoney, los diálogos de Mostrorratas y los insectos parlantes. Y deje que el Bien y el Mal combatan entre risas. Que es complicado. Imposible. Pero vale la pena intentarlo.

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