Con un vaso de whisky

diciembre 26, 2011

El caudillo y el empresario

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 9:10 am
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            Hace ya tiempo que comentamos la obra maestra de David Simon y Ed Burns: The Wire. ¿La han visto ya? No exageraba: es, hoy, la mejor serie de la televisión, incluso con la poderosa Breaking Bad en estado de gracia. ¿No la han visto? Pues a dejar de leer y a ponerse con ella.

            En este fresco de Baltimore, entre la multitud de personajes-personas que pululan, hay varias parejas, parejas sentimentales, amistosas, antagonistas. Todos tenemos en la memoria las grandes noches de Bunk y MacNulty, compañeros de fatigas, ligues y licor. O a Carv y Herc, que comienzan en el mismo punto de simpleza y estupidez, pero que acaban en dos lugares vitales y profesionales muy diferentes. Y tantas otras.

            Pero durante las tres primeras temporadas, es el dúo Avon Barksdale-Stringer Bell el que se lleva la palma. El águila bicéfala del Oeste de Balrimore, los señores de un imperio del narcotráfico local, que hubiera podido ser mucho mayor, si los más ambiciosos planes de Bell se hubieran cumplido. Un dúo que casi llega a ser un ente independiente y que, por culpa de ese casi, dejó de ser en absoluto.

            Avon y Stringer, amigos de la infancia, verdaderos hermanos, son el rey y la reina, en esa escena genial en la que el pobre D´Angelo les explica las reglas del ajedrez a Poot y Bodie. Oficialmente, Avon es el jefe. Stringer, el teniente, el primer ministro del rey del crimen. Las cosas, con todo, no son tan simples.

            Proposition Joe, hombre de Estado, habla así de Barksdale: “Avon es un guerrero, un soldado, alguien a quien quieres tener al lado cuando la mierda empieza a salpicar… Pero cuando se trata de negocios…” Justamente, ahí está la diferencia entre Avon y Bell, el secreto del éxito de su unión y el germen de su mutua destrucción. Y que Avon ve clara cuando le espeta a Bell: “Por mis venas corre sangre roja, por las tuyas, verde”, algo que podemos traducir hasta mejor como sangre por las de Avon, billetes por las de Stringer.

            Avon es un señor de la guerra. Conoce, comprende y asume la calle como su hábitat natural. Se sabe limitado a una realidad y no busca cambiarla, sino conquistarla. El Juego es la guerra; las virtudes del valor, la disciplina, la fuerza y la lealtad conforman el código de Barksdale. Un código honorable, por cierto: cuando Cutty, el soldado encarcelado y que ha vuelto a la calle, comprende que ya no es un jugador, cuando vuelve definitivamente al complejo camino de su redención personal, el respeto que Avon siente por él no diminuye. Cutty pide permiso a su comandante para retirarse. Y cuando Slim Charles murmura “Fue todo un hombre en su día”, Avon replica con sinceridad “Hoy también ha sido todo un hombre”.

            Avon piensa como señor feudal: tanto territorio, tanto poder. Envía a sus tropas para hacerse con esquinas codiciadas, para que sean sus soldados, sólo los suyos, los que vendan la droga en Baltimore. Y si alguien le amenaza, la respuesta ha de ser inmediata; de lo contrario, la calle olfatearía debilidad. El nombre de Barksdale debe ser sinónimo de fuerza invicta.

            Durante largo tiempo, Stringer fue la sombra de Barksdale. Aislaba a su amigo del día a día. Administraba el reino. Pero este hombre ambicioso aspiraba a más, no sólo para él, sino también para Avon. Un estupefacto MacNulty sigue a Stringer hasta la Universidad Pública, donde éste estudia concienzudamente Economía. Mucho más adelante, cuando la Policía entra en el apartamento de Bell, MacNulty queda aún más descolocado. Con La riqueza de las naciones en la mano, el detective se pregunta “¿A quién coño estaba persiguiendo?”

            Al ser Avon detenido y él asumir el mando interino de la banda, cuando nuevas dificultades ponen en entredicho el status quo, Stringer percibe que ha llegado el momento del cambio. Pero Avon, no. Aquí empieza el divorcio entre Stringer y Avon. El jefe es conservador: desea que la realidad no cambie, que todo sea como siempre. Stringer, flexible, ve que hay que transformarse para sobrevivir y crecer. Y para llegar más alto.

            Porque la diferencia de carácter esencial entre Avon y Stringer no está en sus tácticas, ni en su distinto temperamento. Esas diferencias complementarias fueron causa de su éxito. No, donde sus personalidades se separan sin remisión es en sus ambiciones vitales: Avon sabe lo que es y está satisfecho con ello. Sí, desea más poder, más dinero, más respeto, pero sin variar su naturaleza. Stringer quiere cambiar, quiere alzarse a las alturas del poder económico y político, quiere abandonar su vieja piel, que ya no es capaz de contener sus aspiraciones.

            ¿Podría haberlo conseguido? Yo no tengo dudas: sí. Stringer Bell tenía recursos, habilidades y capacidad suficientes para aprender de sus errores. Quiso crecer mucho muy deprisa, y así cayó en manos del Senador Clay Davis. Irónicamente, el consejo que éste le da es el que debería haber seguido: “gatea, anda y luego corre”. Davis, por supuesto, lo aconseja para pinchar aún más la impaciencia de Bell. Estafar a alguien tan peligroso y astuto como Stringer es una jugada al alcance de pocos, pero por algo Clay Davis es uno de los grandes secundarios de la serie.

            La estafa de Davis fue un rudo golpe para el ego de Bell. Pero son los errores los que nos forman. Un hombre de talento aprende de sus caídas. Bell era un hombre de talento. Su impaciencia le hizo tropezar, pero se hubiera rehecho. ¿Acaso no fundó él, junto a Proposition Joe, la conferencia que coordinaba a todas las bandas de Baltimore? No, la derrota de Bell no vino por su asalto a un mundo que no conocía del todo, pero para el que estaba hecho, sino por su desconocimiento de su lugar de origen, del cual quería escapar.

            Bell jugó durante cierto tiempo una partida peligrosa, ocultando información a Avon a fin de mantener el imperio. En esa partida, Barksdale recibió el apoyo del inmenso Hermano Mouzone (uno de los personajes que menos aparecen en la serie y que mejor recordamos todos). Pero el Hermano, un guerrero puro, interfería en los proyectos de Stringer. Era necesario librarse de Mouzone, sin que Avon se enterara. Y Bell, astutamente, decidió enfrentar a un guerrero que le molestaba contra otro de una especie similar: Omar, el Terror (y, otra vez, ¡qué personajes tiene esta serie!). Desde la perspectiva de Bell, sólo podía ganar: da igual quien resultara victorioso del enfrentamiento, uno de los dos acabaría muerto y él tendría una bola menos en el aire.

            Pero como Bell no entendía la forma de pensar de estos guerreros honorables, la jugada se volvió contra él. Omar comprendió que había sido manipulado por Bell. Y cuando Mouzone y él volvieron a encontrarse, no costó mucho que ambos pactaran una alianza temporal contra el enemigo común. Cuando dos fuerzas tan poderosas y ajenas a su forma de pensar formaron contra él, la única esperanza de Bell hubiera sido el apoyo de Avon.

            Para su desgracia, en aquel momento el divorcio entre Avon y Bell ya era casi total. Enfrentados a Marlo Stanfield (que conjugaba la frialdad de Stringer con la fiereza de Avon), la pareja se desintegró. Los enfrentamientos se sucedían. Avon despreció abiertamente a Bell, hasta tal punto que logró sacarle de sus casillas: Stringer había guardado celosamente el secreto de la ejecución de D´Angelo, hasta que, en una escena memorable, se lo confiesa a su viejo amigo, demostrando que es, quizás, más implacable que el propio señor de la guerra.

            A partir de aquí ya no hay reconciliación. Stringer comprende que Avon será un obstáculo para su proyecto. Avon, que Stringer no juega según las viejas reglas. Así pues, cada cual planea la caída del otro, según su forma de ser. Stringer mueve sus hilos, que llegan a la Policía, para encerrar de nuevo a su viejo camarada, para sacarlo de circulación unos años; Avon volverá, claro, pero una vez que el control esté definitivamente en sus manos, una vez que su imperio callejero se haya convertido en un imperio económico. Avon, requerido por los guerreros para lavar las afrentas al honor de las que Bell es culpable, da su consentimiento para su eliminación.

            Ahora, esto es una de las cosas que hacen genial a The Wire. Bell y Barksdale han diseñado la destrucción del otro. Pero, aunque se hayan alejado, siguen queriéndose como hermanos. Esta doble decisión les pesa como una losa. Y, así, asistimos a la última charla entre estos dos grandes, rememorando su infancia y juventud, desde la terraza del ático de Avon. Dos amigos que juegan un instante a fingir que siguen unidos, aunque ambos saben que el otro caerá en pocas horas, y por su mano.

            Hacían falta dos actores como Dios manda que entendieran bien a sus personajes para semejante escena. Este es uno de los momentos más tristes de toda la serie, un ejemplo perfecto de que los espectadores podemos empatizar con los personajes supuestamente no “positivos”, porque son seres humanos complejos, una muestra más de la falta de maniqueísmo de esta serie.

            Bell y Barksdale, cada uno por su lado, descubrirán la traición del otro. La muerte del primero y la prisión del segundo son penas menos dolorosas para ellos que ese descubrimiento. Y nosotros, los espectadores, tuvimos que despedirnos de una de las mejores y más complicadas relaciones de la televisión. En su momento, yo estaba convencido de que el hueco sería demasiado grande para llenarlo.

            Claro que, luego, vino la cuarta temporada. Nunca dudes de David Simon y Ed Burns.

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