Con un vaso de whisky

noviembre 17, 2011

Cabezas dignas de coronas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:15 pm
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            Tal vez recuerden ustedes cuando divagábamos sobre el amor en el arte, de la mano de nuestro viejo amigo Shakespeare. Vimos, entre otros, a los Macbeth, ese terrible matrimonio, amante y desolado. Entre los matrimonios de ficción (o reales), pocos llegan a su altura. Enrique II y Leonor de Aquitania, en esta obra que comentamos, son, en mi opinión, de los más cercanos.

            Pero, eso sí, no hay que buscar muchas similitudes entre ambas parejas. Si acaso, Enrique y Leonor compartirían más similitudes con lady Macbeth que con su marido. Ellos, en efecto, poseen gran astucia, una férrea voluntad y ambición, al contrario que el tirano casi a su pesar de Escocia.

            Enrique y Leonor, Leonor y Enrique, dominan a todos los demás personajes. Su igual en rango, Felipe de Francia, no les hace sombra dramática (aun siendo un secundario de interés).  Tampoco sus tres hijos, pese a sus esfuerzos. Nadie en la obra puede vencer a Leonor, salvo Enrique, y nadie puede doblegar a Enrique, salvo Leonor (por mucho que el frío Geoffrey, como veremos, se acerca mucho a conseguirlo).

            Aunque en los primeros compases de la película se nos van presentando a todos los jugadores, y esos minutos son muy reveladores, sobre todo en lo que a los posibles herederos se refiere, para mí Leonor no es Leonor en plena gloria hasta su espectacular entrada. Esta reina prisionera llega por el río, como si estuviera en la cúspide de su poder, y los coros así la saludan: Eleonore, Regina anglorum, salut et vitae! ¡A Leonor, Reina de los ingleses, salud y vida!

            Y Enrique está encantado de recibirla así, en compañía de su amante Alaïs, antigua pupila de Leonor. Ese primer abrazo, esas primeras sonrisas, deberían ponernos ya en guardia. Su ambivalencia es el tono de la relación entre estos cónyuges. ¿Son sinceras o engañosas? ¿Expresan afecto, respeto y pasión, u ocultan tramas y traiciones? ¿O todo ello al tiempo?

            Yo me decanto por esta última opción. En cada conversación a solas entre Leonor y Enrique el amor y el odio avanzan y retroceden. En cada recoveco del diálogo, en cada palabra, en cada entonación, hay una estocada, un beso y un dardo. Cuando hay más personajes cerca su enfrentamiento queda suspendido (en apariencia, sólo en apariencia), pero cuando quedan a solas, sacan la artillería pesada.

            Sólo con Alaïs se hace una excepción. La pobre princesa francesa se queja amargamente de que es “el único peón” del juego. Y esto es cierto en un doble sentido cuando se refiere a los reyes. No sólo tiene relevancia política sino que, aún más, tiene importancia en la lucha personal. Nunca se ve de un modo más explícito esto que tras la escena en la capilla, en la que Enrique finge que va a consentir al matrimonio entre Alaïs y Ricardo. Justo después, cuando ya sólo quedan en escena el rey, la reina y la rehén, Leonor pide a su marido que bese a su amante ante ella.

            Hasta Enrique se escandaliza. Pero Leonor replica con frialdad: “Mi curiosidad es de naturaleza puramente intelectual. Os imagino cada noche. Quisiera comprobar cuán precisa soy”. Y Enrique, accede, venciendo la poca resistencia de Alaïs (“Ni caso a ese dragón”). En la película, mientras Enrique declama una de las declaraciones de amor más hermosas de la obra, vemos el rostro de Katharine Hepburn, de Leonor, manteniendo a duras penas la compostura, los ojos brillantes con lágrimas. Entonces, el rey se interrumpe y le pregunta, con un mezcla de brutalidad y amargura: “¿Aún no es bastante?”

            ¿Quién ama más? ¿Enrique o Leonor? No insinúo que uno de ellos sea menos implacable en el juego político. Con todo, creo que, aun cuando Enrique jamás podrá negar que Leonor es la mujer de su vida, ella siente una pasión amorosa mayor que el rey. La naturaleza del amor, como la del odio, es destructiva y aún más si es amorodio. Aunque no siempre fue odio: hubo una primavera para estos dos leones. Leonor casi se enternece cuando recuerda aquellos felices y breves años, aquel gallardo joven, conde, que la enamoró, siendo ella esposa del rey de Francia, aquel tiempo “cuando no había Beckett, ni Rosamunda, ni nadie, sólo Enrique y Leonor”.

           Ese amor, más aún que las rivalidades políticas, es lo que ha envenenado su matrimonio. Ambos hubieran sido más felices sin amarse. Pero los sentimientos son profundos y Leonor recuerda cada agravio, cada amante, cada día desde que la gran querida, Rosamunda, falleció.  La amante reina destila todo su rencor hacia Enrique en uno de sus últimos combates: “Tengo un solo hijo, lo dejas de lado ¿y luego me llamas cruel? Durante diez años has vivido con lo que yo perdí, amado a otra mujer ¿y yo soy cruel? ¡Podría pelarte como a una pera y Dios en persona lo llamaría justicia!”

            Al final de este combate, Leonor, que lo empezó perdiendo, psicológicamente, ha logrado desquiciar desde todo punto de vista a su marido, llegando a agitar los viejos celos de una relación cuasi-incestuosa con el padre de Enrique. Por segunda vez, Enrique abandona una habitación herido. Ya veremos la primera ocasión. En ésta, la herida es más cruel. El rey se bate en retirada, aullando como una bestia, perseguido por los gritos de su mujer, quien, al final, arreglándose el pelo, murmura “Bien, ¿qué familia no tiene sus altibajos?”

            De los dos quizás sea Leonor la más sombría. No tenemos ningún momento a solas con Enrique, salvo uno, tras esa primera herida que estoy reservando para el próximo artículo. En cambio, Leonor tiene ciertas escenas en la intimidad. En su breve soliloquio con sus joyas (“Qué hermosas me hacéis”) hay una amargura devastadora, que la sonrisa de la reina acrecienta.

             Claro que tiene sus motivos. Enrique puede aún viajar, gobernar, tener amantes, vivir la vida. Ella está emparedada viva y sólo puede pasar sus días conspirando, sin muchas opciones de llevar sus intrigas a la práctica. Y no es que le falte talento. Ricardo tiene claras las habilidades políticas de su madre: “Las arañas se enredarían en las telas que urdes”.

              Son estas pequeñas salidas de su cautiverio las únicas oportunidades que aún tiene de practicar el gran juego. Las emplea a fondo. Creo que Enrique deja salir a su mujer para tener a un adversario a su altura. Ellos usan a los demás como armas en su particular duelo, aunque son unas armas peligrosas, con planes propios. Pero, al final, son ellos, siempre ellos, los grandes maestros, los grandes jugadores y los grandes amantes.

            Y los que quedan, a solas, en la oscuridad, cansados del encarnizado combate por un segundo, uno en brazos del otro. “Somos criaturas de la selva”, dice Leonor, que ve “en las esquinas” los ojos de otras bestias. A lo que Enrique responde: “pero ellos pueden ver los nuestros”. Es una muestra de confianza, de energía, de tenaz valor, que responde también a la lúgubre sentencia de su mujer “En esta vida hay de todo, menos esperanza”. La vitalidad de Enrique es destructora, es la vitalidad de un gran guerrero, político y manipulador, pero es tan poderosa que gana nuestras simpatías. Y arranca una sonrisa a Leonor, quien dice entonces una de las frases más sinceras de toda la obra: “Tendría que haber sido una mujer muy necia para no amarte”

            Al final, cuando ha pasado la noche, él la conduce de nuevo al barco. Caminan de la mano, como dos amantes, que se susurran palabras de poder como si fueran versos y se amenazan con nuevas intrigas como quien promete devoción eterna. Y, seguramente, en su caso, sean la misma cosa. Cuando Enrique grita: “Sabes, espero que no muramos nunca. ¿Crees que hay alguna posibilidad?” y ambos ríen, yo, al menos, espero que sí. Y que el juego pueda volver a comenzar.

            (No ha habido forma de encontrar sólo las últimas escenas, pero los últimos minutos de este video las continen: así que, un poco de paciencia hasta que cargue y a ellas)

1 comentario »

  1. […] emocional. En cuanto a Mister Dalton, desde su papel en “El León en Invierno” (reseñas aquí, aquí y aquí), no le había visto demostrar que es un actor de respeto, si descontamos su participación […]

    Pingback por Chisteras y colmillos | Con un vaso de whisky — julio 14, 2014 @ 8:50 pm | Responder


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