Con un vaso de whisky

noviembre 5, 2011

Arañas y redes

            He visto hace poco, una vez más, El león en invierno; bueno, la película que Anthony Harvey dirigió, con guión de James Goldman, que adaptó su propia obra de teatro. Y, como siempre que la veo, me dominaron dos sentimientos, uno menor y otro mayor. El menor, la envidia. El mayor, la admiración. Los dos, claro tienen el mismo origen: que esta es una de las obras mejor escritas que haya visto interpretadas.

            ¿Ante qué se encuentra el espectador, cuando empieza la obra? A unos nombres que imponen respeto. Peter O´Toole, en el papel de Enrique II de Inglaterra. Katharine Hepburn, como Leonor de Aquitania. Anthony Hopkins, en su primer papel en el cine, interpretando a Ricardo Corazón de León. John Castle y Nigel Terry, dos dignos actores británicos secundarios, aguantando el tipo como Geoffrey y el futuro Juan Sin Tierra. Y Timothy Dalton, demostrando, jovencísimo, que sabía actuar estupendamente; si uno lo piensa es admirable que luego haya tirado ese talento a la basura.

            Este derroche de gente genial o de bien no pasó desapercibido. La película ganó tres premios Oscar: John Barry se llevó el de Mejor Banda Sonora, con justicia; James Goldman, el de Guión Adaptado, con aún mayor justicia; y Hepburn el de Mejor Actriz Principal, con la injusticia de tener que compartirlo con Barbra Streissand y su Funny Girl. Igual aquí está el origen de mi eterno desagrado por la Streissand. El señor O´Toole fue desairado, de nuevo, por la Academia, y no logró un Oscar merecidísimo. Tampoco el señor Harvey, pese a saber dominar con tino a la manada de pesos pesados bajo su dirección. Por fortuna, otros premios endulzaron algo estos desplantes.

            Bueno, correcto, pero, ¿qué le espera al espectador dentro de la obra? El inicio de la trama es relativamente sencillo: Enrique II convoca una corte de Navidad en la ciudad de Chinon. A ella son llamados su esposa, la reina Leonor, encerrada los últimos diez años por iniciar una guerra contra su esposo; sus hijos Ricardo, Geoffrey y Juan; como invitado, el rey de Francia, Felipe II, y su hermana Alais, rehén y amante de Enrique (voy a dejar clara una cosa: como la norma obliga a traducir el nombre de los reyes extranjeros al español, así lo haré con Enrique, Leonor, Ricardo, Juan y Felipe; no con Geoffrey- y no sólo porque nunca fue rey, sino porque tendría que llamarlo Godofredo y me cae demasiado bien como para hacerle esa faena).

            Esta corte tendrá como objetivo decidir cuál de los hijos de Enrique se casará con Alais y será rey de Inglaterra. Enrique quiere que sea Juan, Leonor protege a Ricardo, quien se considera capaz de defenderse por sí mismo, Geoffrey parece (sólo parece) condenado a ser el canciller del vencedor, Alais únicamente quiere a Enrique y nadie sabe muy bien cuáles son las intenciones de Felipe. Claro, ¿verdad?

            Si El león en invierno tuviera en su haber sólo las intrigas políticas de estos personajes, ya sería grande. Pero tiene más: junto al juego de los tronos, como diría muchos años después George R. R. Martin, el espectador será testigo de amores y odios implacables, de pasiones soterradas, de dolor, sufrimiento, angustia y una extraña ternura.

            Hay quien opina que el ritmo de la película es un poco lento. No estoy de acuerdo. La inteligencia de la trama es tal, los personajes (y los actores) son tan grandiosos, los diálogos tan incisivos, afilados y crueles, que a mí no me da tiempo a respirar. Uno bien puede acabar las dos horas y pico que dura esta película agotado. Abrumado por tanta pasión, tanta dureza y tanta astucia. Pero no lamentará haberse colado en las alcobas gélidas de Chinon.

            Tienen tiempo para verla (en inglés, claro, siempre, por favor, en inglés; a Anthony Hopkins, por ejemplo, en español le dan una voz de oligofrénico incomprensible). Y dentro de unos días, me meteré a analizar algunos puntos, más por el placer de pensar en esta colección de arañas y de recordar sus redes que por otra cosa. Aquí tienen, para abrir boca, los créditos iniciales y el sombrío canto que los acompaña:

            Regis regum rectissime

            prope est dies domini.

            Dies irae et vindicatae,

            Tenebrarum et nebulae.

            Diesque mirabilium

            Tonitruorum fortium.

            Dies quoque angustiae

            Maeoris ac tristitiae

2 comentarios »

  1. Señor! Muy buen blog, oiga. Casi se le perdona que no le guste “Gladiator”…

    Comentario por Javier — noviembre 14, 2011 @ 5:06 am | Responder

  2. […] emocional. En cuanto a Mister Dalton, desde su papel en “El León en Invierno” (reseñas aquí, aquí y aquí), no le había visto demostrar que es un actor de respeto, si descontamos su […]

    Pingback por Chisteras y colmillos | Con un vaso de whisky — julio 14, 2014 @ 8:50 pm | Responder


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