Con un vaso de whisky

septiembre 3, 2011

Dos gigantes y un enano

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:46 am
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            No sé si alguna otra obra aparte del Don Giovanni de Mozart alcanza su punto más alto justo en sus ultimísimos minutos- sin contar a los deprimentes moralistas que celebran la caída del libertino. Incluso los que no han escuchado (o visto y escuchado) esta ópera conocen la escena final. El convidado de piedra, el irónico anfitrión y el servidor aterrado. Cuando el puño de la estatua golpea las puertas y el pobre Leporello abre a regañadientes… bueno, el bajo tiene que estar temblando por dentro antes de lanzarse a cantar.

            Sabe que todo el público espera ansioso sus primeras palabras. Si cuando llama, con voz cavernosa, “Don Giovanni”, un estremecimiento no recorre la espalda de los oyentes, él ha fracasado y, casi podríamos decir, la función ha fracasado. Esas dos palabras son clave, porque son el inicio de la escena cumbre, y si salen mal, una mancha de fallo se extenderá por el duelo que abren.

            Pero si el bajo cumple, contemplaremos a dos titanes en un duelo mucho más terrible que aquel en el cual el Comendador perdió la vida. El lector hará bien en ir corriendo al capítulo de El canto de las sirenas donde Eugenio Trías disecciona el mito de Don Juan y esta gran ópera. No lo he releído antes de sentarme a escribir. Lo haré después, por curiosidad morbosa, para ver cuánto de lo que diga aquí pertenece en realidad al Doctor Trías.

            En cualquier caso, ahí los tenemos. Una figura que es, al mismo tiempo, “tres inmovilidades trágicas: el cadáver, el espectro y la estatua” como diría Victor Hugo. Un libertino en pleno banquete, que lo recibe, atónito, pero divertido. Don Giovanni no lo sabe aún, pero lo que está en juego es su vida, en el doble concepto religioso de la palabra: la mortal y la inmortal.

            Una visión superficial contemplará al Comendador haciendo un último (y bastante lúgubre) esfuerzo por conseguir que el seductor se arrepienta y se salve. Sin embargo, no estoy tan seguro. Nunca he visto a la estatua andante como la supuesta herramienta de una supuesta justicia celestial, salvo que consideremos la justicia como cada vez se hace más y más, como la venganza de las víctimas y de la sociedad contra el trasgresor. Si el Comendador fuera más amable, hasta podríamos recordar las palabras de Abraham al rico Epulón, en la parábola evangélica: “Si no hacen caso a Moisés y a los Profetas, no escucharán ni aunque los muertos resuciten”. Claro que, si todos los resucitados fueran como éste, no escucharía nadie.

            Porque, caramba, no hace falta ser un psicólogo sagaz para entender esto: la peor estrategia que se puede aplicar a la hora de intentar convencer a una persona arrogante y valiente para que cambie, es amenazarla. El arrogante valiente se enrocará, diez de cada cinco veces. Tal vez vea la muerte delante de él, pero, bajo coacción, se negará a cambiar, porque si lo hiciera, se negaría a sí mismo, no por convencimiento, sino por violencia.

            Para que persuadir a alguien tan encantador, astuto y endurecido como Don Giovanni hacía falta un dialéctico bastante más capacitado que el fantasmagórico Comendador y sus implacables “¡Arrepiéntete! ¡Arrepiéntete!”, los cuales, si no fuera por la maravillosa música, sonarían un tanto ridículos. Y, no sé, igual el Comendador iba allí de buena fe. Pero barrunto que no.

            Igual el Comendador es hasta más astuto que su canallesco rival; tal vez juega la carta del miedo, precisamente, porque sabe que sólo afirmará más a Don Giovanni en su naturaleza y, dentro de la lógica de la obra, le condenará al Infierno. Si de repente apareciera Dios (un deus ex machina en toda regla) desbaratando los planes del Comendador, la cosa tendría gracia, pero lo fastidiaría todo desde un punto de vista dramático, así que mejor dejamos las cosas como están.

            Resulta complicado decidir qué personaje nos impresiona más, estéticamente, en este duelo. Si el inmóvil Comendador o el movedizo Giovanni. El primero suele quedarse quieto en el escenario, mientras canta con voz poderosa, lenta, la voz que asociaríamos a la roca. Giovanni no para, le devora una fiebre de impaciencia, quiere saber lo que quiere el espectro y se lo reclama con una insistencia casi enloquecida, cada vez mayor, como si adivinara lo que va escuchar, pero no aguantase más la espera. De hecho, cuando los coros infernales hacen su aparición, uno se siente un pelín molesto: ¿a qué vienen esos, con lo bien que lo estaban haciendo los dos duelistas?

            Pero en toda esta escena hay un tercer personaje que pasa desapercibido. El sirviente de Don Giovanni, Leporello, quien abre la puerta al fantasma. Queda aterrado, se esconde en un rincón o debajo de la mesa; demasiado asustado y comodón antes para abandonar a su amo, pese a las invectivas que murmuraba contra él, está ahora demasiado asustado de todo para moverse. Tiembla de miedo, pero no calla. Se lamenta mientras los rivales se baten. Y da consejos de hombre servil a un amo lleno de soberbia. Su “Excusadle, está ocupado”, para que Giovanni rechace la invitación del Comendador es cómica por grotesca.

            Al fin y al cabo, es su papel, es el criado, el contrapunto cómico, bajo, rastrero, de su joven señor, altivo y elegante. Sería el fool de la función. Y, aquí, yo me lamento: ¡qué pena que Shakespeare no haya escrito el libreto o, al menos, una obra de teatro! Porque nadie ha sabido usar a los fools como él. Los podía hacer amables como el viejo Adán, o crueles, como el servidor que lleva a Cleopatra el áspid.

            Leporello, en cambio, es un bufón bastante despreciable: los bufones de categoría lanzaban sus sarcasmos a la cara de sus amos, en un juego siempre peligroso; el criado de Don Giovanni, sólo a sus espaldas, salvo en un par de ocasiones en las que tampoco pone mucho entusiasmo.

            Imaginémonos al bufón de Lear (el más inhumano de los personajes, junto al glacial Edmund) dando la réplica tanto Giovanni como al Comendador. Quizás olvidaran sus diferencias por un momento y lo mataran entre los dos.

            O quizás el inteligente bufón encontrara unos cuantos agujeros en la coraza del inquisidor y le obligara a darse la vuelta, avergonzado. Un burlón es el más peligroso enemigo para alguien como el Comendador. Claro que, de ser así, el enano triunfaría sobre los gigantes. Esto, entonces, sería una comedia, si bien oscura. En la tragedia, los enanos y su humor están condenados al segundo plano, a la bajeza, a la cobardía y a la supervivencia. Y no hay peor destinto en una tragedia que sobrevivir. Eso es bien sabido.

Imágenes: retrato de Wolfang Amadeus Mozart; “Commendatore”, de Anna Chromy; cartel publicitario de “Don Giovanni”

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