Con un vaso de whisky

agosto 5, 2011

Retrato de un hombre de Estado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:34 am
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            A uno, ¿qué quieren?, le gustan las películas, las series y las novelas llamadas históricas. No se suelen dedicar a la vida de campesinos, proletarios, niños de la calle y demás gente de bien. Esas obras deberían llamarse intrahistóricas, por ponernos pedantes y unamunianos. No, las históricas están con la gente de no tan bien, los estadistas, los primeros ministros, los conquistadores. Casi siempre, “histórica” o” de época” son eufemismos para “intrigas políticas con ropajes divertidos”.

            Eso, cuando son buenas. Recordarán ustedes, como yo, las películas “históricas”, “de época” en las que los americanos o los ingleses eran muy buenos, frente a rusos, españoles y franceses, esos cabrones sin alma. No digo yo que rusos, franceses y españoles no fueran unos cabrones sin alma, pero nuestros camaradas anglosajones nos superaban en bastantes ocasiones.

            Pero, afortunadamente, vivimos en tiempos más cínicos y, mal que bien, los maniqueísmos están pasados de moda; desde luego, en las series. Siempre es agradable que un nuestras pantallas aparezca un villano completamente despiadado (hay menos de los que deberían); sin embargo, toleramos mal a héroes santos o santos heroicos. Peor si esos héroes existieron e indagamos un poco en su biografía.

            Añadamos a ello que los Estados Unidos tienen en su haber dos grandes leyendas, pese a los esfuerzos de sus propios artistas para desmitificarlas: la Guerra de la Independencia y la Guerra Civil. Y comprenderán ustedes la mezcla de deseo y temor que me embargó al tener en la mano la miniserie John Adams, de la HBO.

            Un biopic de uno de los Padres de la Patria. De la HBO. Basada en un libro, escrito por David McCullough, ganador del Pulitzer. Con Paul Giamatti de protagonista. ¿Qué será? ¿Una vuelta a la temible Época Dorada? ¿Un retrato cáustico y destructivo de los Fundadores? ¿Estará financiado por las Hijas de la Revolución Americana o por una plataforma antiyanqui?

            Pues ni lo uno ni lo otro. Es de la HBO. Y se hace corta.

            La miniserie se llama John Adams y mantiene ese nombre como guía. Podían haber hecho una obra coral, una serie-río, con todos los muy interesantes individuos que tuvieron algo que ver con la Independencia y con el nacimiento, primero, de la Confederación y, luego, de la Federación, de los Estados Unidos. Pero no, todos esos interesantes individuos salen únicamente cuando se tropezaron con el señor Adams. Es a él a quien seguimos. Por eso, la Guerra de la Independencia aparece siempre de manera indirecta: no hay batallas campales, hay juego diplomático. No hay barro y sangre, hay duelos verbales, máscaras, puñaladas traperas, argumentaciones y grandes discursos.

            Pual Giamatti carga sobre sus espaldas la responsabilidad de la serie, y Paul Giamatti es un estupendo actor, que encarna a un estupendo personaje. Un retrato humano, entrañable, sin darle ninguna aureola, de este Adams, que puede caer mal, sin dejar por ello de atraer. Un hombre severo, mordaz, pesimista, testarudo, con mal genio, trabajador, honesto, arrogante e inteligente. Y además (ya, el físico dicen que no importa), bajito, calvo y tripudo. Indicio casi siempre exacto: cuando en la serie casi no hay caras bonitas, la calidad suele ser alta.

            Giamatti anda bien secundado por Laura Linney, quien no suele ser plato de mi gusto. Sin embargo, su Abigail reposada, culta, austera e irónica da la réplica exacta al marido encarnado por Giamatti. He aquí uno de los matrimonios más interesantes que he visto en televisión. Con una vida familiar del siglo XVIII, no del siglo XXI. Podían haber sido hasta más duros, pero no se cae en el error garrafal de dar a gente de otras épocas mentalidades de la nuestra.

            Por supuesto, la ambientación no tiene por dónde pillarle un lado flaco. Los trajes, las pelucas, las ciudades, todo ello está cuidado con detalle. La vida era sucia, cruel y dura. Washigton (un contenido David Morse) se rompe sus podridos dientes en una comida. Es un detalle, no se recrean en él, pero gracias a detalles de este tipo se gana de verosimilitud. Y lo que les pasa a algunos hijos de Adams, mejor véanlo ustedes mismos.

            Decía antes que en este tipo de obras lo que más miedo me da es el maniqueísmo. El primer episodio se dedica a fondo a destruir cualquier tipo de maniqueísmo. John Adams defiende ante el tribunal a un grupo de soldados británicos acusados de disparar contra un grupo de independentistas. Más tarde, contempla horrorizado cómo la muchedumbre empluma a un desgraciado por descargar té en el puerto. Y aun cuando luego se convierte en un decidido defensor de la independencia, su pesimismo con respecto a los seres humanos será una sombra constante.

            Tampoco nos presentan, porque no lo eran, a los padres fundadores como una alegre panda de amigotes. Las fricciones, las discusiones, los enfrentamientos, las envidias y las reconciliaciones con Thomas Jefferson (un digno Stephen Dillane) o con el Doctor Benjamin Franklin (Tom Wilkinson, genial, como siempre) eliminan el aura de pureza divina. Eran hombres y eran hombres de Estado. Es cierto que tampoco hay un análisis a fondo de los muchos motivos de la independencia; una pena, habrá que esperar a que David Simon se anime.

            Sí, hay escenas “patrióticas”. Pero, ¿no es lógico poner la bandera de Estados Unidos justo cuando el primer Presidente jura su cargo? Por otro lado, ¿es que alguien, antes, había rodado esa sombría llegada a la Casa Blanca, a medio construir, en un barrizal, siendo levantada por esclavos? Y, en el último capítulo, ¿qué mejor reflexión podía hacerse sobre biografías, hagiografías y enaltecimientos que la sarcástica reacción del viejo Adams ante el cuadro que inmortaliza la Declaración de Independencia.

            Me hubiera gustado más tiempo para la Presidencia de Adams (una especie de tatarabuela de El Ala Oeste, vamos), porque el duelo entre Adams y Alexander Hamilton daba para muchísimo. Por otro lado, la inteligencia con la que se administran los tiempos y ritmos en los últimos capítulos, cuando parece que ya está todo contado, es digna de elogio.

            Tienen ante ustedes siete capítulos redondos. De calidad. De la HBO.

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