Con un vaso de whisky

julio 8, 2011

Himnos en el café

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:46 am
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            No tengo nada, por regla, contra un buen himno. Como composición musical, quiero decir. Asunto peliagudo, el de los himnos, sean de Estados, naciones, Estados-nación, organizaciones o clubes de fútbol. Porque puede uno aproximarse a ellos bien desde una perspectiva cáustica, bien desde lo sublime (en fin, si es que el himno es realmente bueno). Otro día tal vez divague sobre esa dicotomía entre lo sublime y lo cáustico.

            Las razones por las que apreciar un himno son diversas. La menos respetable, en mi opinión, es por identificación con la idea o la patria que representa el himno. La Internacional, por ejemplo, es un himno espléndido. No creo que haga falta ser socialista para gustar de él. En cambio, los himnos de las campañas electorales son todos espantosos, por mucho que uno se identifique con el partido respectivo.

            Sí entiendo que razones ideológicas, sentimentales, vitales o emocionales puedan realzar el disfrute de un himno que sea en sí mismo apreciable. Una vez más, un socialista probablemente disfrutará de manera más variada La Internacional que un neoliberal. Lo que no concibo es que haya gente que por razones ideológicas, sentimentales, vitales o emocionales puedan disfrutar de ciertos himnos que apestan como composiciones musicales. Aunque de eso, ya hablaremos, y no hoy.

            Un buen himno es, en última instancia, una obra maestra de manipulación. Va dirigido siempre a la masa y a la masa o se la aterroriza o se la enardece, es decir, siempre se la manipula. De ahí que la mejor manera de escuchar un himno sea en solitario o con un par de amigos y, por supuesto, con un vaso de whisky. Así se logra en equilibrio perfecto entre el distanciamiento cáustico y la vivencia sublime, se disfruta sin vociferar consignas patrióticas. Pero nunca, nunca, nunca, rodeado de una multitud. En todo caso, si uno tiene vocación de titiritero, desde la tribuna, saludando a los que gritan abajo.

            Un himno, cualquier himno, aunque en especial los nacionales, es un canto guerrero. Un canto de batalla o de victoria. De triunfo o de amenaza o de ambas cosas al mismo tiempo. En los himnos, en los grandes himnos, hay épica. La épica es tan magnífica como peligrosa. Si se analizan esas letras (un himno sin letra es, ya desde su nacimiento, un himno tullido), uno puede retroceder con desagrado. O reírse. Si se estudia la historia del país que sea, las opciones son las mismas. Pero la magia de la música, aliada con la literatura, logra siempre equilibrar al frío análisis histórico o político.

            E incluso superarlo. Sí, La Marsellesa, tal vez el mejor himno del mundo, tiene una letra que humea sangre. Sí, habrá quien la rechace por sus orígenes revolucionarios, mientras otras la amen por eso mismo. Habrá quien tuerza el gesto ante la Historia de Francia bajo ese himno, potencia colonial que explotaba a pueblos africanos y asiáticos envuelta en las palabras Igualdad, Libertad, Fraternidad. Y muchas cosas más. Pero nadie puede torcer el gesto ante esto.

            Ahí está. Esta es quizás, la escena cumbre de Casablanca. Y esta película prácticamente sólo tiene momentos cumbre. Pero no me digan que no se les ponen los pelos como escarpias. Porque lo tiene todo. Laszlo, el personaje más cansino de todos, se transfigura en estos minutos. Gracias a ese himno, un grupo de personas oprimidas, sin esperanza, que escuchan deprimidos los cantos triunfales de sus conquistadores se convierten de repente en un ejército. Se libra una batalla sin efusión de sangre, hasta derrotar al enemigo por completo. Sólo tres personas callan: mi querido Capitán Renauld, que lo observa todo con burlón cinismo; Ilsa, que pasa sin palabras de la admiración a la adoración de Laszlo. Y Rick, silencioso e impenetrable, partícipe en la sombra de la batalla. Lo cáustico, lo sublime y lo humano.

            Ahora imaginen la misma escena con el himno español. Pues eso. Bajonazo.

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