Con un vaso de whisky

mayo 24, 2011

IV. Senderos con intersección en punto indeterminado

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 11:44 am
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Basado en El Vosque, por Morán y Laurielle        

    DRUSILIA HIEDRAJABONOSA SE BALANCEABA en el tomentoso océano de la desolación, incapaz, por el momento, de mostrarse impasible ante el piélago de calamidades de la caprichosa Fortuna que la bombardeaba no sólo con dardos, sino con rocas, vacas y cualquier objeto contundente que tuviera a mano. ¡Había fracasado! ¡Una antinatural, una prisionera, una miserable designada por sus hermanos para la conciliación sumaria se le había escurrido de entre las manos! Ni siquiera le quedaba el consuelo de castigar debidamente a sus inútiles subalternos. Miró a las manchas sanguinolentas en que se habían convertido con no poca irritación.

            Por otro lado (esta ola amenazaba con ahogarla), ¿era en verdad la fugitiva una antinatural? ¿Merecía su sentencia? Había sido rescatada por un cerdílope monstruoso. Lo había visto con sus propios ojos. Por el Vosque circulaban leyendas de grandes animales, criaturas gigantescas, encarnaciones del espíritu natural, de la misma esencia de la Madre Naturaleza. ¿Era el caso? ¿Había sido un emisario de la Madre quien había pasado galopando alegremente ante ella? ¡Considérense las implicaciones! ¡Dejarían atónitas a tres cátedras académicas una detrás de otra!

            Sin embargo, el incendio había sido causado por fuegos antinaturales. Hecho. La había encontrado rodeada de cenizas mágicas. Hecho. Los árboles la habían señalado culpable. Hecho. ¿El cerdílope? ¿Acaso existía un truco más simple? ¿Qué dificultad tendría una vil hechicera para encantar a un inocente bicho, convirtiéndolo en su herramienta de destrucción, confusión, tocata y fuga?

            Drusilia se incorporó del tocón. Una fría luz relampagueaba en sus ojos. El mar era ahora una bala de aceite. Ninguna duda molestaba aquella mente. Encontraría a la culpable. Caería sobre ella todo el peso de la Naturaleza. Y no es un peso del cual pueda uno reírse. Ni a la ligera ni de ninguna forma.

 

           EN OTRO PUNTO DEL VOSQUE, Chiara Scarlatti peleaba contra una masa de agua nada metafórica. Harta de cerrar los ojos para no lastimárselos, tanto como de ser zarandeada por un cerdílope de tamaño mastodóntico que ni siquiera era consciente de su existencia, la joven había mirado a su alrededor, divisado un lago aceptable, calculado sus probabilidades de caer en el mismo, encontrádolas aceptables y materializado la hazaña acrobática.

            Chapoteando hasta la orilla, maldijo por orden de agravio, a los lagos, cerdílopes árboles, druidas y Dmitris Valdimirovichs Balakirevs del mundo entero. Se sacudió como un perro mojado. La gargantilla se le clavaba en el cuello. Tironeó de ella, rabiosa, logrando aumentar el dolor y, por ende, la rabia. Con un esfuerzo que dejaba en calzoncillos su salto mortal de hacía unos instantes, Scarlatti respiró rítmicamente hasta tranquilizarse casi por completo. Examinó su posición.

            No podía quedarse en la orilla del lago. En no mucho tiempo anochecería, la poca luz que se filtraba entre las hojas sería un bello recuerdo y las criaturas nocturnas voscosas, menos amigables aún que las diurnas, comenzarían su jornada. Por otro lado, aunque había escapado de los druidas (y, por consiguiente, del plan de Dmitri para liquidarla; “¡Ja! ¡Chúpatela!”), Chiara conocía lo suficiente a la hermandad de Naturales para sentirse a salvo. De Dmitri, mejor ni pensarlo.

            Así pues, se encontraba sola, sin aliados ni amigos, en medio del Vosque, perseguida por unos cazadores fanáticos e incapacitada para usar con libertad sus habilidades. ¡Un panorama magnífico! Al menos, el primer paso que debía dar era evidente: librarse de la gargantilla. Para eso necesitaba un herrero especializado. Sospechaba que en los alrededores sólo una familia de herreros estaba capacitada para un tal trabajo. Algo era algo. Hora de ponerse en marcha,

 

            DOS RATAS DE PELO NEGRO, grisáceo por quemaduras leves, observaban a la joven. La primera se alejó a saltitos a informar a la madriguera. Las segunda correteó tras Chiara, sin perderla de vista ni un instante.

            Las ratas del Vosque son malvadas y razonables. Si algún insensato perpetra un exterminio en masa contra su comunidad, se lo harán pagar. Sin considerar la legítima defensa ni como eximente ni como atenuante. Lo perseguirán, implacables, hasta devolverle el favor. No por rencor, no por venganza. Por cálculo. Dejar indemne a semejante individuo sentaría un pésimo precedente. Hay que mantener la reputación ante el resto de especies.

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