Con un vaso de whisky

mayo 17, 2011

III. Donde un asesino no asesina

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 8:32 am
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Basado en El Vosque, por Morán y Laurielle

            UNO DE LOS MASTUERZOS LA CARGABA COMO UN SACO DE PATATAS y la gargantilla le oprimía el cuello, pero nada podía evitar que Chiara Scarlatti hablara. Tras desfogarse a base de bien contra todos los druidas habidos y por haber en su propio idioma, se dirigió a Hiedrajabonosa empleando la lengua del Vosque.

            – Llevo tiempo en estas tierras y tus jefes son los tipos más penosos que jamás he visto.

            Drusilia, que caminaba a su misma altura, frunció los labios.

            – Ciertamente no se encuentran entre los miembros más elevados de la hermandad.- replicó sin mirarla- Pero son auténticos servidores de la Madre Naturaleza. Su resolución es adecuada.

            – Y estaban cerca, ¿verdad? Así podías despachar rápido.

            – Verdad. No te hagas ilusiones. Cualquier otro druida hubiera tomado la misma decisión con respecto a tu caso.

            – De eso- masculló Scarlatti- no me cabe la menor duda.

            Abandonaron la sombra de los árboles. Ante ellos se extendía una desolada planicie: el Claro Pelado. En los buenos viejos tiempos, un indeterminado número de antinaturales habían sido reconciliados con la Madre a través del fuego. Por la cesión de sus poderes punitivos, los druidas ya no encendían hogueras. Los antinaturales eran decapitados discretamente. Era un método rápido, limpio y fácil de ocultar. Los lobos de lo zona habían aprendido a acudir al poco de una ejecución. Ni el más obsesivo guardabosques investigaba los restos mondos de un festín lobuno.

            Chiara fue depositada junto a un tocón.

            – Ahora, haz el favor de rodear el tocón con los brazos- la instruyó Drusilia- Te daremos un tiempo para ponerte en paz con tus dioses, antepasados, espíritus o con nada. Cuando termines, extiende las manos. Del resto nos ocupamos nosotros.

            Uno de los matones desenvaino su espadón, balanceándolo sugestivamente.

            – ¿No hay peligro de que la cosa esta de mi cuello sea una molestia? Deberíais quitármela.

            Los mastuerzos pensaron que era una inteligente sugerencia. Iban a ponerla en práctica cuando Hiedrajabonosa les ladró una orden contraria. La druidesa masculló algo acerca de la imbecilidad del mundo en general y de sus ayudantes en particular. Hizo una señal para que el del espadón procediera.

            Ahora bien, la gargantilla impedía que Scarlatti hiciera uso de algunas habilidades, no de todas. Scarlatti era una excelente bailarina. Tampoco era cualquier cosa silbando. Con la melodía de una polonesa en los labios, se apartó del tocón, aterrizó sobre el pie del Mastuerzo Número Uno, giró sobre sí misma, golpeó la entrepierna del Mastuerzo Número Dos (también conocido como Del Espadón), lo saltó a la pídola y corrió hacia los árboles como alma que lleva el diablo.

            Tras unos segundos de confusión, Hiedrajabonosa gritó a sus gallardos guerreros que la persiguieran. Luego se repitió a sí misma el mantra de otros muchos grandes personajes a lo largo de la Historia: “Estoy rodeada de idiotas”.

 

            SCARLATTI SACABA UNA BUENA VENTAJA A SUS ENEMIGOS. A cambio, no conocía bien la zona. Corría a ciegas. Ellos, por torpes que fueran, serían capaces de seguir un rastro tan obvio como el que estaba dejando. Tampoco podía descartar que los árboles le hicieran una jugarreta. Mientras sus piernas trabajaban, su cerebro barajaba opciones, posibilidades, salidas. Sus ojos, por el contrario, hacían el vago. Así que Chiara se dio de bruces contra otro corredor.

            Era un hombre alto, robusto, de pelo corto, una perilla con un mechón blanco y una fea cicatriz en el lado izquierdo del rostro. El recién llegado reaccionó.

            -¡Sal de mi puto camino!

            Y sin mediar saludo ni despedida, como aquel escocés de infausta memoria, siguió corriendo. Hacia el Claro Pelado. Que le aprovechase. Ella iría justo en sentido contrario. Chiara fue consciente, justo en aquel momento, de un rumor grave que iba en aumento, el ruido de algo muy grande, muy pesado, acercándose demasiado deprisa. Tal vez fuera mejor idea la del tipo de la cicatriz. Le siguió.

            El rumor había ascendido a ruido de segunda categoría. Lanzó una ojeada medrosa a su espalda. Una forma inmensa trotaba hacia ellos. Ahora el ruido era un estruendo de primera categoría. Y la forma, un cerdílope absurdamente gigantesco, que saltaba con porcino entusiasmo.

            El de la cicatriz había llegado al claro. Los guardias de Hiedrajabonosa surgieron de entre los árboles, al divisar a Chiara, uno delante de ella, dos detrás. Una hábil emboscada. Por desgracia, Chiara no colaboró: siguió corriendo, dejando a los tres a sus espaldas. En fin, tendrían que seguir la persecución. Entonces, tuvieron conciencia del cerdílope. El cerdílope no tuvo ninguna de ellos. Unas manchas pringosas en sus pezuñas carecían de significado.

            Con un gemido, Chiara comprendió que no podría mantener las distancias con aquella monstruosidad. Su cerebro tuvo a bien ofrecer una propuesta. La joven dio un brinco a su derecha, dejó que la mole la adelantara, en su carrera hacia el pobre desgraciado de la perilla, y, con una plegaria a quien estuviera escuchando, aferró la rizada cola del cerdílope. Tuvo la fugaz visión de la druidesa boquiabierta. Después cerró los ojos. Para evitar que las ramas del Vosque en el que se internaban le rasgaran los ojos. No por miedo.

            No por miedo, de ninguna manera.

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