Con un vaso de whisky

mayo 10, 2011

II. Donde varios druidas pierden su cena

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 2:35 pm
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Basado en El Vosque, por Morán y Laurielle

            SI ES CIERTO QUE LA SOBERANÍA HA DE SER ABSOLUTA O NO SER EN ABSOLUTO, el autoproclamado Rey del Vosque apenas sí era soberano de sus propias calzas. Los árboles se hubieran reído a mandíbula batiente ante la idea de someterse a un tal rey, de haber tenido los órganos precisos. Ardillas, lobos, ornitorrincos, mangostiélagos, cerdílopes y demás criaturas no aceptaban más autoridad que la suya propia o la de alguien con una boca más repleta de colmillos. Los seres que habían desarrollado una sociedad compleja y conspiratoria sufrían a sus propios monarcas, asambleas o gobernantes. Ni siquiera los humanos locales eran fiables en su obediencia. Y, para rematar, estaban los druidas.

            Ningún druida que se tuviera en algo aceptaría ser súbdito del Rey. Lo toleraban como a una molestia, un fofo grano que no podían arrancarse, por estar demasiado protegido, de momento, por suficientes espadas. Así pues, le agasajaban, le rendían un tributo nominal y habían cedido, oficialmente, su potestad para juzgar, condenar y quemar a cuantos antinaturales estornudaran en el Vosque. Oficiosamente, los druidas se reunían en Comisiones de Conciliación si alguno de esos desgraciados caía en sus manos. Una vez quedaba claro que no había modo de conciliar la presencia del acusado en este plano de la existencia y la buena salud de la Madre Naturaleza, los druidas restauraban el equilibrio.

            Varios druidas estaban aquella noche en una gruta, alrededor de un puchero donde se preparaba un potaje. Poco sospechaban ellos que deberían dejar las cacerolas para cumplir sus conciliatorios deberes. Y no deja de ser lástima. Era un potaje de primera. No tenía ni una pizca de muérdago, pero sí cinco variedades de morcilla. Los druidas conciliaban muy bien la defensa de la Naturaleza y el disfrute de sus regalos, aun cuando esos regalos estuvieran un tanto manufacturados.

            Un grupo no invitado entró en la gruta. Lo comandaba una druidesa alta y delgada, seguida por tres mastuerzos acorazados y una exasperada Chiara Scarlatti. La joven llevaba una gargantilla de hierro frío, sencilla, sobria y con la adicional virtud de bloquear todas sus habilidades mágicas.

            Los druidas observaron a su colega con suspicacia: un visitante imprevisto a la hora de la cena no es bien recibido en ningún club de respeto.

            – Os saludo, hermanos míos.

            – Te saludamos, te saludamos, Drusilia Hiedrajabonosa. ¿Qué buenas te traen?

            La druidesa señaló a la prisionera, a quien había hecho sentar en una piedra chata, con un gesto en el que la severidad hacía de contrapeso al desdén.

            – He atrapado a esta muchacha realizando actividades que sólo pueden ser calificadas de crimen contra natura.

            Un murmullo ominoso correteó entre los druidas. Ominoso para la prisionera, ominoso para todos los antinaturales, ominoso para los estómagos de los druidas.

            – Somos suficientes para encargarnos de esto.- continuó Hiedrajabonosa- Solicito que os constituyáis en conciliación.

            El murmullo fue reemplazado por un breve suspiro. Los druidas, dejando al más viejo y experimentado al cargo del puchero, rodearon a su colega y a Scarlatti, formando un círculo.

            – Escuchamos.

            Drusilia Hiedrajabonosa expuso los hechos con fría concisión. Relató que se encontraba haciendo su ronda por el sector correspondiente. Que había percibido cólera en los árboles. Que había olido humo. Que había seguido ese olor y esa cólera. Que había descubierto los restos del Tronco del Árbol. Y a aquella joven atrapada por los mismos árboles. Árboles que la hacían responsable de lo ocurrido.

            – Recogí las cenizas del incendio. Cenizas, como podéis comprobar, hermanos, con signos evidentes de ser resultado de un fuego mágico.

            La druidesa entregó a la Comisión un saquito. Sus hermanos olfatearon la ceniza de su interior, la escrutaron, la desmenuzaron entre los dedos. Miraron con la mirada de unos druidas malhumorados, hambrientos a aquella miserable criminal. Chiara reaccionó, un tanto a la desesperada.

            – Perdonen, pero, ¿no debería tener un abogado?- recordaba su perdido hogar, donde había tantos abogados como personas y tal vez más.

            Los druidas, en cambio, quedaron desconcertados. Evidentemente, en el Vosque la abogacía era una planta rara, poco floreciente.

            – ¿Un qué?

            – ¿Abogado?

            – ¿Es algún tipo de prenda de vestir?

            – ¿Tiene frío, acaso?

            – Corre una cierta brisa.

            – Pero el fuego calienta bastante.

            – Y no hay corrientes de aire.

            – Es una cueva abrigada.

            – Entonces no tiene frío. Quizás sea algún asunto de moda.

            – Bobadas. Será algún tipo de herramienta.

            – ¿Para qué?

            – No tengo ni idea. ¿Parezco un antinatural?

            Scarlatti carraspeó ostensiblemente.

            – Quiero decir un defensor.- dijo con ánimo clarificador.

            Ahora los druidas se indignaron.

            – ¡Acabáramos!

            – ¡Un defensor!

            – Claro, ¿y por qué no un juicio?

            – ¡Y un tribunal imparcial!

            – ¡Qué descaro!

            – Todos estos antinaturales son iguales.

            – Ya hemos oído bastante.

            – Sí, sí.

            – Drusilia Hiedrajabonosa, llévate a esa desgraciada antinatural.

            – Condúcela hasta el Claro Pelado.

            – Y restaura el equilibrio de las cosas.

            La druidesa se inclinó. Con una señal imperiosa, ordenó a los mastuerzos que arrastran fuera a la prisionera. Chiara pataleaba, clamaba a los cielos en su propio idioma y dedicaba a los druidas una colección de epítetos descriptivos, justos e incomprensibles para ellos. Al fin, los druidas se quedaron a solas con su puchero.

            – Ya era hora.

            – Creí que no se irían nunca.

            – O que se quedarían a cenar.

            – Sólo hubiera faltado eso.

            – ¿Dónde hemos puestos los cuencos?

            – ¿Está listo eso?

            De repente, los druidas enmudecieron.

            Pues el más anciano, venerable y sagaz de los druidas presentes, quien había cuidado del potaje hasta que había alcanzado su punto justo, permanecía en pie junto a un puchero vacío. Sus sabios ojos, donde se vislumbraban eones de ciencia y ni un segundo de arrepentimiento, refulgieron, desafiantes.

            – Se iba a pegar, mientras parloteabais. Si lo quitaba del fuego, se enfriaría. Luego habría que calentarlo de nuevo y no estaría igual de bueno. Ni de lejos. Así que hice lo que debía.

            Nada se podía replicar. Los druidas inclinaron la cabeza, se acomodaron en el suelo, arrebujados en sus capas. Tenían ante ellos una larga noche de ayuno. Condenados antinaturales. Siempre conseguían triunfar, incluso cuando se les sentenciaba a muerte.

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