Con un vaso de whisky

mayo 2, 2011

I. El señor Mondieux escucha demasiado

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 10:08 pm
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Basado en El Vosque, por Morán y Laurielle

         HORATE MONDIEUX NO ERA UN HOMBRE FELIZ, detrás de su barra. Nadie sería feliz ejerciendo de tabernero en el Vosque; mucho menos en una zona más deshabitada de lo normal como aquella. El negocio tiraba más mal que bien. ¡Pensar que cuando vio por primera vez aquella fonda, regentada por Marine Rongeur, le pareció un magnífico establecimiento! En realidad, lo único magnífico era la misma Marine. Se dejó seducir por su opulento pecho y sus acariciadoras palabras, se casó con ella y se puso al frente del negocio.

            – ¿Has dado de comer a los cerdílopes, muchacho?- le preguntó a unas greñas andantes que resultaban ser su hijastro; las greñas farfullaron algo ininteligible y abandonaron el local.

            Aquel chaval había aparecido a la semana de vida conyugal, cuando el señor Mondieux ya no podía imaginarse la vida sin el opulento pecho de la Rongeur y sus palabras. Así que, con cierto disgusto, lo había aceptado y reconocido como sucesor, obligándose a cuidar de él. Y lo había puesto por escrito, por todos los cielos. En cuanto hubo constatado que entre su marido y su hijo jamás existirían relaciones más cálidas que el Hielo Eterno, pero que el primero no traicionaría su palabra poniendo al jovenzuelo, con o sin greñas, de patitas en la calle, la Rongeur hizo mutis por el foro con una muerte repentina. De no ser porque la muerte repentina era una vecina amigable en el Vosque, Mondieux hubiera albergado la sospecha de que todo aquello estaba planeado.

            El tabernero limpió otra jarra de arcilla suspirando. El origen de sus problemas estaba en su bendita madre, y no por puro razonamiento lógico. Cuando aún no tenía dos semanas, lo había llevado ante una de las escasas Hadas Dadoras, que conceden deseos, pero siempre con una pequeña trampa, proporcional al deseo. Cualquiera con dos dedos de frente huiría de un Hada dadora. Cualquiera con un dedo de frente le pediría un don de andar por casa. La señora Mondieux había pedido para su hijo algún don excepcional.

            El Hada Dadora, llena de jolgorio, había concedido al bebé un extraordinario oído: podría entender cualquier lengua, de cualquier raza, además de poseer una agudeza digna del hijo de un lince y una elfa no voscosa; a cambio, sería incapaz de tomar decisiones sensatas con la información que hubiera recibido. Así queda explicado que hubiera aceptado regentar una taberna llamada El Hueco del Tronco, rodeada de árboles iracundos, murmuradores de amenazas y ejecutores de venganzas oscilantes entre lo molesto y lo alarmante.

            La puerta se abrió, dando paso a una cliente. Era la primera cliente de las últimas dos semanas. Mondieux, que sí podía elegir correctamente cuando se trataba de interpretar mensajes no verbales, corrió hacia la recién llegada, se inclinó ocho veces, se hizo cargo de su capa de viaje y la acomodó en la mejor mesa. La cliente pidió dos copas y una botella de vino de la Hondonada Violeta, añada de 1345, según el calendario oficial. Semejante botella podía equilibrar la balanza de pagos del trimestre.

            Mientras volvía con el precioso líquido, Mondiuex examinó a aquella repartidora de fortuna. Era una joven de cabellos castaños, baja, vivaracha, de piel más morena de la habitual en aquellas regiones. Vestía con sencillez, sin ningún ornamento que pudiera llamar la atención sobre su persona. Una mujer alegre, vital, que disimulaba mal su extrema tensión.

            Servido el vino en una copa, Mondieux se concentró de nuevo en fregar, limpiar y dar esplendor a su vajilla. Tras un rato, como era de esperar, un segundo cliente hizo su aparición. Era un enjuto hombre de mediana edad, algo más alto que ella, más bajo que Mondiuex. De cabellos negros bien cortados y peinados, pálido, de claros ojos ligeramente saltones. La boca parecía una cuchillada. Vestía con más elegancia, sin caer en ningún exceso. Algo en su atuendo le recordó vagamente a Mondiuex el de un bufón de muy elevada posición social.

            – Bien hallada, querida Scarlatti.- digna, fría, cortés, escurridiza voz; atrapando la voz nunca capturarías al pensamiento.

            – Salud, Dmitri Vladimirovich.- digna, vibrante, curtida voz; había vida doliente y gozosa tras ella.

            – ¿Oh? ¿Ahora nos tuteamos, Chiara?

            – Como guste. Salud, señor Balakirev.

            Mondiuex era consciente de que los clientes hablaban en una lengua extranjera; en voz baja, aunque él les podía oír sin esfuerzo. Mientras el sudor perlaba su frente, decidió escuchar la charla hasta el final.

            – Ha tardado más de lo que esperaba en encontrarme.

            – No, no. Pero tuve que posponer mi viaje hasta aquí y no pude advertírselo.

            – Y, además, supongo que habrá estado un tiempo recorriendo este reino antes de dejarse ver.

            – Podría decirle lo mismo, ¿no es así?- sonrió Balakirev.

            – Pero yo estaba aquí por buenas razones. Usted, no.

            – Mi querida Scarlatti…- el hombre hizo un leve gesto de reproche con una mano y una ceja- Tiene un punto de vista extraordinariamente estrecho para una desterrada. Una desterrada con su historial, además.

            – Ambos sabemos el porqué de mi destierro, señor Balakirev.- replicó con contenida aspereza la joven.

            – Sabe bien dónde me encontraba yo en aquella época. No entiendo que siga obcecada.

            Chiara Scarlatti bufó por la nariz: un rechazo en toda regla a las palabras de Dmitri Vladimirovich y a sus implicaciones, posibles o imposibles.

            – Dejemos eso. Ya que estamos aquí…

            – Ya que, por una vez, ha aceptado amablemente mi invitación…- interrumpió Balakirev.

            – Ya que estamos aquí, quiero decirle algo. Y quiero decírselo muy claro.

            La ceja volvió a alzarse, en cortés, muda pregunta. La sonrisa señalaba, sin darle importancia, lo conocido de la respuesta.

            – Estas tierras están ocupadas. Están repletas.

            – Están llenas de tramas e intrigas, es cierto. Le sorprendería lo que los helechos maquinan contra las ortigas.

            – Se lo repito. Tienen bastante. No necesitan más redes. Creo que no se da cuenta de lo complejas que son las relaciones entre especies, entre instituciones, entre individuos.

            – Sí que lo comprendo. Resultan más simples que en… bueno, ya que le altera recordar aquellos tiempos, no diré el nombre.- Balakirev bebió unos sorbos- Pero estoy de acuerdo. Es un terreno fértil.

            – Es un terreno con dueños. No necesita más. Le sobran los problemas.

            – Dudo de mis sentidos. ¿Es posible que usted esté diciendo lo que oigo?

            – No nos necesita a ninguno. Ciertamente, no le necesita a usted.

            – ¿Es su última palabra?

            – Lo es. Dígaselo a los otros. O se lo diré yo.

            – Es bastante que me lo haya dicho a mí.

            Los dos callaron. Scarlatti parecía tratar de leer a su interlocutor, sin asomo de inquietud. Éste se había vuelto introspectivo. Al fin, torció la boca, menó la cabeza, arqueó ambas cejas.

            – ¿Sabía usted que un hombre no muy sabio, pero que conocía bien este reino, escribió una descripción justa de los animales locales? Dice así: Las ardillas del Vosque son tremendamente rápidas, los lobos son tremendamente sanguinarios, las hormigas son tremendamente grandes y las ratas no quisieron perder su oportunidad y se volvieron tremendamente malvadas. Alguien malo no es alguien malvado. Las ratas normales son definidas irremisiblemente como ‘malas’ por que habitan en las paredes de tu casa y te roen los calcetines, pero las de El Vosque ocupaban las paredes de tu casa, creaban una comunidad y se quedaban finalmente con la casa entera.

            Chiara parpadeó.

            – Ha variado sus lecturas, por lo que veo.

            – Hay que leer a los autores de una civilización para comprenderla y evaluarla, ¿no es así? Incluso de esta civilización.

            – Puede. ¿Qué importa esa reflexión zoológica en nuestro asunto?

            – Que las ratas del Vosque son malvadas y razonables. Saben llegar a acuerdos.

            Surgieron de todas partes. El señor Mondieux fue sepultado por ellas y la Historia ya no guarda memoria de su destino. Scarlatti se subió de un brinco a su silla, vigilada por cientos de ojillos brillantes y malignos y dos ojos claros e impasibles.

            – ¡Ratas! ¡Esperaba mucho más de ti, Dmitri!

            Chiara rugió una orden. Lenguas de fuego brotaron de sus dedos, derramándose sobre las ratas, extendiéndose por el mar de pelo negro y gris como si fuera aceite de roca. Y por las paredes, el suelo y el techo de la taberna, que tenían el mal gusto de parecer, ser y comportarse como la madera.

            Scarlatti alcanzó la salida en dos saltos, protegiéndose como podía de las enloquecidas ratas, de los maderos ardientes. No veía a Balakirev por ninguna parte. El Vosque la recibió con una bocanada de aire fresco. Los árboles, con una raíz serpentina. Chiara quedó inmovilizada bajo la misma, mientras El Hueco del Tronco se consumía. La joven no se arriesgó a provocar más a los árboles; ni gritó pidiendo auxilio. Era inteligente: había permanecido en el Vosque lo necesario, había aprendido qué conductas acortan aún más la vida.

            Cerró los ojos, irritada. Jodido Dmitri. Había reaccionado como una estúpida. Las ratas eran el ataque evidente. Desconfía de lo evidente. Los árboles eran la trampa oculta.

            Varios pares de botas se pararon junto a su cabeza. Abrió los ojos. Tres mostrencos acorazados la observaban. Una delgada mujer, vestida de blanco y rojo susurraba al árbol vengador. La raíz liberó la presa. Los mostrencos la sustituyeron. La mujer delgada se incorporó. Una druidesa.

            – Incendio de propiedad privada, riesgo de propagación entre los árboles del distrito este, doble homicidio y múltiple cerdilopicidio, como poco imprudente… sería un buen caso para los Guardabosques.

            Los árboles eran la trampa oculta evidente. Desconfía de las trampas ocultas evidentes.

            – Pero, pequeña mía, reconozco un fuego mágico cuando lo veo. O cuando veo sus cenizas. Esto es asunto nuestro ahora.

            Los Druidas. La trampa detrás de la trampa, detrás de la trampa. Chiara contuvo un sollozo de rabia.

            Maldito seas, Dmitri. ¿Por qué coño piensas tanto?

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