Con un vaso de whisky

diciembre 13, 2010

Candados en el puente Milvio

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:07 pm
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            Les decía la semana pasada que, al ver crucificada en la prensa la adaptación española de un engendro literario de Federico Moccia, recordé una anécdota de hace unos años. La cual me hizo tanta gracia en su día que escribí sobre ella para no olvidarla. Hoy vuelvo a esas notas.

            El asunto sucedió en Roma, claro. De aquella las noveluchas de Moccia ya tenían cardíacas a media juventud italiana. En una, los tiernos amantes se llegan, parece, hasta el puente Milvio, escriben sus nombres en un candado, lo enganchan en una de las farolas que iluminan la íntima escena y luego arrojan a las aguas del Tíber la llave, declarando así ante una Creación sabiamente indiferente su recíproca, eterna, mágica entrega.

            Pues las parejas romanas, muy originales ellas, imitaron en masa a sus homólogos ficticios. Las pobres farolas sufrieron cientos, miles, de candados, cada uno con sus nombres respectivos. Y lo siguen haciendo, según he leído. Las parejas cambian, la imbecilidad permanece. No me digan que no es reconfortante.

            En un país sensato, civilizado, se cogerían las obras completas del susodicho autor, se quemarían en una plaza (en Roma hay para elegir), se echarían a las llamas purificadoras toda esa chatarra noña y con el hierro fundido se aprisionaría al escribidor -vivo, por supuesto-, dejándolo como objeto de escarnio y advertencia para otros vomitadores de novelas al peso. Claro que, con todas esas tonterías sobre los derechos humanos, el amor al prójimo, la otredad, el mutuo respeto, me temo que no va a ser posible.

            ¡Ah, pero es que no acababa ahí la cosa! El encargado de los bienes culturales del Ayuntamiento (lo escribo en minúsculas porque no sé el título oficial) advirtió que los faroles empezaban a resentirse por el peso que le había echado encima la muchachada y que el puente, con unos siglos a sus espaldas, corría riesgo de sufrir desperfectos.

            La coalición de izquierdas que, con Prodi a la cabeza, trataba de gobernar Italia, entre ataques externos y apuñalamientos internos (¿lo recuerdan?), cursó una solicitud para salvar el puente; y el Ayuntamiento de Roma, cosa asombrosa, accedió a ello, ordenando que se retirasen los candados. Ahora bien, para evitar que una turba de fogosos amantes asaltase el consistorio y linchara al alcalde, también se decidió instalar unas estructuras metálicas donde colgar estos oxidados símbolos de amor.

            Cuando parecía que la tontería no podía llegar más lejos, entra en escena la oposición. La coalición de derechas, que veía muchos años de gobierno a su alcance (y no se equivocaba), alzó la voz en defensa de la hermosa tradición, rechazando la petición de sus adversarios. El argumento: semejante medida constituía un ataque al amor.

            En aquellos (y estos, supongo) tiempos llenos de odio, crispación, guerras, muerte, angustia, el puente de los candados era un fanal, una antorcha de fuego divino, un haz de luz pura capaz de otorgar, cual llama prometeica, un poco de esperanza a la desdichada raza humana. Por ello, la decisión del Ayuntamiento, acatando la petición izquierdosa, no era sino un martillazo más que clavaba la tapa del ataúd en cuyo fondo se retuercen, condenados en vida, los sentimientos más hondos del alma.

            Pensé entonces que la tan fogosa Casa de las Libertades (luego Pueblo de la Libertad, lo cual suena incluso mejor) hacía eso con fines turísticos. Después de todo, existe entre Roma y París una competición en la mente colectiva por el título de Ciudad del Amor. Hasta ahora, la capital francesa se mantiene en el trono, pero la Ciudad Eterna no se rinde y ansía llamarse un día Ciudad del Amor Eterno. Si lo logra, puede que los viejos senadores, emperadores y papas se levanten de sus sepulcros y abandonen, en señal de protesta, la urbe.

            No recuerdo cómo acabó el asunto del puente Milvio. Aunque sí que la anécdota reafirmó mi fe en el señor Oscar Wilde, quien dijo en su día: A veces pienso que Dios creando al hombre sobreestimó un poco su habilidad.

            Que las novelas esas fueran y sean éxito de ventas no es nada nuevo. Después de todo, Ken Follet, Tom Clancy, Dan Brown y Paulo Cohelo viven de sus escritos. ¿Sería preferible que sus lectores no leyeran nada? Difícil pregunta. Si fuera una persona esperanzada, respondería que igual alguno da el salto hacia la literatura, mientras que si no supieran ni la forma de un libro, la conversión sería más complicada.

            Que tantos y tantos jóvenes se hayan apuntado a lo de los candados, demuestra, de nuevo, la urgencia de un sufragio censitario. En Italia el voto es un deber; pues que sea un deber estar en posesión de una cabeza más o menos pensante. Me propongo voluntario para formar un Consejo de Sabios que seleccionen a los dignos del sufragio, tanto activo como pasivo.

            Que la clase política llevase a su terreno el asunto, despierta perniciosas veleidades totalitarias en mí. ¿Hay alguien que crea vislumbrar malicia demagógica tras el discurso de la oposición? No llega a ese nivel. Hay mezquindad demagógica, desde luego, pero ni una pizca de maldad auténtica, de maquiavelismo, de intriga bizantina como Dios manda. Esto fue ridículo y los grandes demonios de la política debían (deben) estar pidiendo a gritos permiso para salir del Infierno y recuperar las riendas de los Estados. ¿Para esto conspiraron tanto y tan bien?

            Los señores que, en nombre del amor, rechazan salvar un monumento histórico, eran, supongo que son aún, legisladores. Legisladores. Los que dan la ley. Esa gente y la gente del Poder Ejecutivo, de la misma especie, decide qué es delito y qué no y con qué pena se castiga. Dispone el funcionamiento de la Administración, de la escuela pública, de la sanidad. Determina qué hacer con el patrimonio histórico, artístico, científico. Decide en qué se gasta el dinero público.

            Y esa alianza de derechas que, gracias al poder económico y mediático de su jefe y a la inutilidad endémica de la izquierda, alcanzó el poder, puso a ese jefe, señor Berlusconi, en el sillón de Gobierno. Del Gobierno más estable que ha tenido la República de Italia en mucho tiempo (no es esta la menor de las bromas), aun cuando ahora mismo parece que las doscientas vidas políticas de don Silvio se le están agotando a enorme velocidad.

            Los mismos políticos, los mismos lectores, el mismo escritor. Seguimos igual. Viva y bravo, que dirían Monteys y Fontdevilla.

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