Con un vaso de whisky

octubre 26, 2010

Job (II): Espadas en alto

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:22 pm
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                   Las palabras de Job no quedan sin réplica. Sus tres amigos se alborotan ante una queja tan amarga. Mientras Job estuvo callado, le mostraron muda simpatía. Pero ahora le oyen blasfemar y, piadosos varones, no lo toleran. Por tanto, sacan a relucir su único argumento, que repetirán machaconamente durante el diálogo: Dios está castigando a Job, que, sin la menor duda ha cometido alguna maldad; en cuanto Job se arrepienta y pida perdón a Shaddai (como nombran a Dios), Éste le perdonará, satisfecho al ver que su criatura ha aprendido la lección.

            Los tres amigos de Job son dogmáticos inmovilistas, que comulgan sin dudas con el sistema moral que he comentado un poco más arriba. Dios premia a los buenos y castiga a los malos, sin excepciones ni errores. Job, enfermo, pobre, con sus hijos asesinados, está sufriendo la retribución divina. Algo habrá hecho para merecerlo. Recuerda: ¿qué inocente ha perecido?/ ¿Dónde has visto al justo exterminado?, le dice Elifaz, en medio de un canto al poder divino.

            Job, aún centrado en su nihilista reflexión sobre el sinsentido de la vida, pronuncia otro magnífico discurso de versos sombríos. Prefiere morir a aguantar este dolor, físico y moral.

            […]El hombre en la tierra cumple un servicio,

            vida de mercenario es su vida;

            como esclavo, suspira por la sombra

            como jornalero, aguarda su soldada.

            También yo comparto meses baldíos,

            Noches de agobio me tocan en suerte.

            Al acostarme pienso: “¿Cuándo llegará el día?”,

            y al levantarme: “¿Cuándo se hará de noche”?[…]

            Al final ya se dirige a Dios, solicitando paz antes de la muerte, sin entender a qué vienen tantos sufrimientos:

            Si he pecado, ¿en qué te afecta,

            Centinela de los hombres?

            ¿Por qué convertirme en blanco?

            ¿Por qué te sirvo de carga?

            ¿Por qué no olvidas mi ofensa,

            pasas por alto mi culpa,

            si pronto yaceré en tierra

            y no estaré aunque me busques?

            Los tres sabihondos siguen atosigando a Job:

            […]¿Puede Dios torcer el derecho,

             pervertir Shaddai la justicia?

            Si tus hijos pecaron contra él,

            ya los puso en poder de su delito.

            Pero si buscas pronto a Dios

            Y diriges tu súplica a Shaddai,

            Si eres intachable y recto,

            De inmediato velará por ti,

            Te devolverá tus legítimos bienes.

            Tu pasado será una miseria

            Comparado con tu espléndido futuro […]

            Es la misma idea, la misma lógica de premio y castigo. Basta que Job regrese al rebaño y toda su vida se arreglará de golpe. Siempre y cuando admita su crimen, cualquiera que haya cometido.

            Entonces Job recoge el guante y se enfrenta a los acusadores. Admite que él, hombre mortal, no puede pleitear contra Dios, pero no porque la razón esté del lado divino, sino sencillamente porque Dios es más fuerte: Aun teniendo yo razón,/ su boca me condenaría,/ aun siendo inocente, me declararía culpable. ¿Éste es el paciente Job? Nuestro anciano ejemplar no cree que Dios no exista, sino algo mucho peor: que Dios ni es justo ni es bueno, sino arbitrario, que destruye igual al inocente que al culpable. Y pide cuentas a ese Señor terrible. Dios es el Creador; ¿por qué destruye a la criatura?

            El escándalo de los inquisidores aumenta en grado: piden una retractación pura y simple, que Job confiese la justicia divina, que ceda en su herético pensamiento, si quiere evitar la condena. Sofar y compañía ya no parecen unos creyentes más o menos obcecados en dogmas, sino comisarios político-religiosos purgando a un desviado social. Pero el criminal no se arruga y emplea las temibles armas la lógica y la ironía.

            Reconociendo como evidente el poderío de Dios, ansía enfrentarse cara a cara con Él y no con unos rivales tan patéticos. Lo que sabéis, lo sé yo también,/ en nada me superáis. Así pues, que baje Dios y lo vea. ¿Cuántos son mis errores y culpas?/ Hazme ver mis delitos y errores. Shaddai descarga su ira contra un desgraciado que ha cumplido las reglas que se le han enseñado. Dios debe justificarse.

            Cuando el coro trata de torpemente de mezclar consuelo religioso con reprimenda, Job se revuelve con impaciencia: su dolor es auténtico y no está para cantos celestiales. ¡Cuántos enfermos, moribundos y desesperados suscribirían las palabras de Job ante el azúcar que cacarean creyentes imbéciles! Al ver que eso no funciona, vuelven a lo de antes, repitiendo la sabiduría de sus antepasados con frases ampulosas: La luz del malvado se apaga,/ el fuego de su hogar se consume […] el Primogénito de la Muerte roe sus miembros./ Lo arrancan del amparo de su tienda,/ lo arrastran ante el Rey de los terrores.

            Ante las sentencias de los sabios y ancianos, que eran dogma de fe para los religiosos devotos, Job, mordaz, se limita a enseñar el mundo real a sus viejos amigos, en el que triunfa el mal. Si Dios es como dicen los ancianos, ¿por qué siguen vivos los malvados, que envejecen y aumentan su poder? Job hace suya una crítica existencialista. Dada la existencia irrefutable del mal, o bien Dios no es omnipotente y no puede acabar con él, o bien Dios no es misericordioso y no quiere hacerlo. Job no ha negado el poder divino, de modo que llega a la conclusión de la indiferencia de Dios ante las desgracias humanas. Gimen los moribundos en la ciudad,/ los heridos piden socorro,/ pero Dios no escucha su oración.

            Dentro del esquema religioso en que viven Job y los tres hombres piadosos, el primero es invencible. La fe de esos tres predica que Dios actúa de manera directa en el mundo, que nadie escapa de Su justicia, que es recto, que todo el bien proviene de Dios y todo el mal también, como premio o como retribución en esta vida, dado que la creencia en una vida futura era inexistente. Lógico implacable, Job constata que si todo bien y todo mal vienen de lo alto, por decreto divino, y si la justicia es tal como la predican sus tres amigos, Dios no puede ser justo, ya que los hombres honrados son derrotados por los miserables doce de cada diez veces. Si Elifaz, Bildad y Sofar se niegan a aceptar esta conclusión es porque son ciegos a todo lo que no esté escrito en sus estrechos libros sagrados.

            Despachados de manera magistral los adversarios menores, Job se prepara para enfrentarse a Dios. Job es un gran poeta desarraigado. Rememora los felices días de antaño, comparándolos con la existencia de muerte y horror que ahora lleva y se pregunta por qué. ¿Es por lo que dicen esos tres papagayos, por un crimen, un pecado? Veámoslo: convencido de su inocencia, Job examina su vida, constatando que ha cumplido escrupulosamente todas las reglas. ¿No tendí la mano al indigente/ cuando angustiado pedía justicia?[…] Que me pese en balanza sin trucar/ y Dios conocerá mi integridad. Leyendo su magnífica apología, se ve que si es sincera (y lo es, para variar), Job es un hombre justo e irreprochable, como el mismo Dios alardeó ante Satán. Nada más tiene Job que añadir. ¡He dicho mi última palabra!/ A Shaddai le toca responder.

            Aparece aquí entonces un quinto personaje, Elihú, cuyo discurso es, según los expertos, un añadido posterior que, en realidad, poco añade a la respuesta que Dios da a Job a continuación. Así que vamos a oír a Dios replicar al alegato de Job.

Imágenes: tres de la serie de ilustraciones obra de William Blake sobre el Libro de Job.

1 comentario »

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