Con un vaso de whisky

octubre 19, 2010

Job (I): El anciano calumniado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:22 pm
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            Uno de los personajes más calumniados de la Literatura es, sin la menor duda, Job. De él, se habla poco, siempre con una visión sesgada, falsa, que ha triunfado en la mente colectiva: Job es y será para la mayoría el anciano virtuoso, fatalista, de fe a prueba de bombas, la resignación hecha carne. Se habla de los sufridos diciendo que tienen más paciencia que el santo Job.

            Esta concepción del personaje se basa en que a la hora de enfrentarse con el Libro de Job, mi favorito en el Antiguo Testamento, buena parte de los lectores se limitan a la parte narrativa.

            En ella, Dios y el Satán, que parecen dos hacendados ricachones y un tanto aburridos, discuten sobre Job. Dios alaba sus virtudes, muy orgulloso, pero el Satán, individuo desengañado, le replica que todas las bondades de Job le vienen del hecho de ser rico, respetado, tener buena salud y una extensa familia. Picado ante el desprecio de su interlocutor, Dios concede al Satán autoridad para dejar a Job retorciéndose en la enfermedad, más pobre que las ratas y con sus hijos muertos y enterrados.

            Pero Job, a pesar de todo, no se queja, incluso aunque su mujer le recrimine su silencio. Al final, Dios premia su fidelidad con muchas más riquezas, mucha más salud y muchos más hijos. Por cierto que los hijos están asimilados en el libro a una propiedad, igual que las ovejas y los camellos, lo que no deja de tener su lógica, ya que los hijos son muchas veces un tipo de ganado, aunque improductivo si no se los casa con millonarios cercanos al último viaje.

            Ésta es la historia que se cuenta (cuando se cuenta), de la que sacamos la siguiente moraleja: da igual lo mucho que suframos en la vida, hay que aguantar y tener fe en Dios que, más tarde o más temprano, cuando se canse de martirizarnos, nos recompensará. O no. La verdad es que Dios no queda en muy buen lugar.

            Ojo a un detalle: para el judaísmo de la época, las riqueza eran recompensas de Dios al hombre justo. Si te iban bien los negocios, Dios estaba de tu parte. Luego el rico era por definición un hombre virtuoso. Según algunos, los protestantes recogieron la idea y así surgió el capitalismo. Otros opina que del capitalismo nacieron los protestantes y no falta quien asegura que el capitalismo ve con indiferencia a paganos, judíos o cristianos; no vamos a entrar ahora en eso.

            El Satán, cínico astuto, le da la vuelta a la tortilla: porque le van bien los negocios, Job es virtuoso. Pero Satán se equivoca con Job (me inclino a pensar que sólo con él), ya que es genuinamente virtuoso.

            Mientras Job aún está en lo más hondo de la miseria, silencioso y meditabundo, llegan tres amigos suyos, Elifaz, Bildad y Sofar, los cuales se sientan a su lado, lamentándose de la desgracia de Job. Y entonces, nuestro pacífico y santo estoico pronuncia unas palabras que no tienen nada que ver con la gazmoña imagen de viejecito apacible:

            Muera el día en que nací,

            la noche que anunció: “¡Ha sido concebido un varón!”

            Que ese día se vuelva tinieblas,

            que Dios, desde lo alto, no lo eche en falta

            que la luz no brille sobre él.

            Que lo reclamen tinieblas y densas sombras,

            que una nube se cierna sobre él,

            que un eclipse lo aterrorice.[…]

            ¿Por qué no morí antes de nacer

            o salí del vientre de mi madre?

            ¿Por qué me recogieron dos rodillas,

            dos pechos para amamantarme?

            Ahora reposaría en paz,

            ahora dormiría tranquilo,

            con los reyes y consejeros de la tierra

            que se hacen construir mausoleos,

            o con los príncipes que abundan en oro,

            que llenan de plata sus tumbas. […]

            ¿A qué viene esta imprecación? Job el silencioso no estaba aguantando como un estoico, sino reflexionando sobre su situación. Este exabrupto, inicio de sus discursos, señala el fin de la meditación. Es el inicio de un duelo a muerte, casi sin parangón en la poesía. Un duelo que, hace miles de años, destripó la teología de la época, dejando al descubierto las incoherencias, las contradicciones de una imagen de Dios que se tenía y se tiene. Vamos a adentrarnos la próxima semana en esta batalla.

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