Con un vaso de whisky

octubre 13, 2010

Grandes series: Roma

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:50 pm
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            Como ya he dicho en otra parte, una de mis certidumbres es que la guerra, la política y lo erótico son versiones del mismo Gran Juego. Las tres, juntas o por separado, han sido examinadas y aplicadas en mil novelas, películas y series, con mayor o menor fortuna. Tal vez la serie que con más éxito haya sabido combinarlas fuera Roma, con el señor Bruno Heller a la cabeza de los creadores.

            Dos temporadas. La primera, el ascenso de Julio César. La segunda, la guerra civil tras su asesinato. Probablemente el período de la Historia romana más conocido, siquiera sea superficialmente, por la mayor parte del público, desde el Julio César de Shakespeare hasta nuestros días.

            Dos grandes arcos argumentales, que se entrecruzan. Por un lado, el de los personajes históricos. Los patricios. Pompeyo, César (grandísimo Ciarán Hinds), Marco Antonio, Bruto, Cleopatra… Voy a detenerme un momento en estos. Son ellos los que manejan política, guerra y sexo con una soltura envidiable. Puesto que comentamos una serie, no un documental histórico (sin negar la magnífica ambientación y el apoyo de buenos historiadores; esto es la HBO, hombre), a cada cual le puede resultar sorprendente la visión de unos u otros. Personalmente, me esperaba a Marco Antonio como el hombre ambicioso, arrogante y cruel que interpreta James Purefoy; o el angustiado y maleable Bruto de Tobias Menzies.

            Quien más me chocó fue Cicerón. Estaba acostumbrado a leer sobre él siempre la misma descripción psicológica: un republicano de pro, inteligente, honesto, culto, enemigo acérrimo de las dictaduras. El reptiliano político, flexible, hábil, superviviente nato, aunque con dignidad una vez todo se ha perdido, que pulula por las dos temporadas tenía poco que ver con esas versiones tradicionales, de las que se aparta Tom Holland en su recomendable Rubicón, que ya comentaremos otro día. Y fue la sorpresa que más me gustó de este elenco.

            Frente a los grandes titiriteros (volveré en un momento con ellos), los plebeyos y los esclavos. Un elenco de personajes tan respetable como los anteriores. Y una de las glorias de la serie: el dúo Tito Pullo y Lucio Voreno. Es una de las mejores parejas que he visto en años. No sólo los actores, Ray Stevenson y Kevin MacKidd, realizan un trabajo de sobresaliente y no sólo esperamos con verdadera ansia a que Pullo haga una de las suyas, entre vino y prostitutas, o a que Voreno lance alguna frase lapidaria, frunciendo el ceño más de lo habitual. Es, sobre todo, que se influyen el uno al otro.

            Don Quijote y Sancho Panza. Ahí tienen Pullo y Voreno sus orígenes. Individuos antagónicos que van transformándose. Igual que los críticos hablan de la quijotización de Sancho, hay una vorenización de Pullo. Y viceversa. Hay finura psicológica en todos los episodios. Por no hablar de la compleja relación entre Voreno y su familia, en especial sus hijos.

            Pero esas complejidades también se dan entre los patricios. Otro de los aciertos de la serie es el papel reservado a las mujeres. En un mundo lleno de serpientes, ellas se las comen para desayunar, sin darle mayor importancia. Obligadas por los usos sociales a mantenerse alejadas de los puestos de poder, las mentes de Atia y Servilia tienden lazos desde detrás de los titiriteros. Manipulan a los manipuladores. O casi.

            Porque si hay un personaje que controla a todos y a todo, es Octavio. Durante buena parte de la serie permanece en silencio, escuchando, aprendiendo, dando pequeños pasos. Un muchacho a quien nadie presta demasiada atención, salvo el mismo César. Un muchacho que se traga humillaciones y desplantes del resto de jugadores. Hasta que el muchacho crece y, con la tempestad que provoca la muerte de César, se revela como el monstruo frío, tan astuto como despiadado. La segunda temporada pertenece a Octavio y sólo a él. La devora.

            Añadamos a ello, como de costumbre, una puesta en escena cuidada al detalle, las voces admirables que siempre nos concede la HBO, realismo en las calles, en los desiertos, en las cloacas y en los palacios, un Jeff Beal que vuelve a lograr componer una música perfecta… Aconsejo lo mismo que en Carnivàle: vean ustedes los créditos de inicio, otra de las marcas de la casa.

            Piérdanse por las callejuelas de Roma, den una vuelta por los mercados, escuchen a los oradores hipócritas del Senado. Y si ven a algún imbécil diciendo aquello de “Mi nombre es Máximo Décimo Meridio…” no gasten palabras. Una puñalada en el estómago y ya vendrán los perros a rematar el trabajo.

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1 comentario »

  1. […]             Aquí hay un defecto, pienso yo: Holland pasa de lo intrahistórico a lo personalista con demasiada brusquedad y cierta ligereza, como si temiera aburrir a su lector exponiendo la forma de vida, la cultura, el contexto, como si describir con excesivo detalle el decorado pudiera distraernos de ver la obra. Sin embargo, nunca se entiende mejor una obra que conociendo el escenario. De haberlo hecho con más mimo, el Rubicón de Holland sería el complemento perfecto a la brillante serie de la HBO. […]

    Pingback por Esos cuerdos romanos | Con un vaso de whisky — mayo 16, 2013 @ 4:07 pm | Responder


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