Con un vaso de whisky

septiembre 7, 2010

Ingenio y Absurdo (V): La sombra del fanático

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:28 pm
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            Al principio de estas reflexiones sobre el humor, ya advertí que la obra de Morán me servía de trampolín para llegar a autores de mayor talla. Si Morán se siente ofendido, tiene mi permiso para intentar ridiculizarme en sus tiras y así romperemos las hostilidades de una vez.

            Pues bien, antes del descanso veraniego habíamos quedado a las puertas de un desagradable hecho: la existencia del fanatismo. Y, lo que es peor, de fanáticos ingeniosos. Si hay alguien en este mundo nuestro que sabe de fanatismos, es el señor Amos Oz (en la imagen). Entre sus obras hay un pequeño ensayo (en realidad tres conferencias reunidas), editado en España por Siruela bajo el título Contra el fanatismo. Todo el mundo debería leerlo. Las cancillerías del mundo, en particular. Sospecho que o bien lo han leído y olvidado o los diplomáticos están demasiado ocupados en sus alegres intrigas para leer. Pocas veces me he topado con párrafos más severos, realistas y racionales sobre el sangriento embrollo que es Oriente Próximo.

            Tras unas serias advertencias previas sobre dónde no debe buscarse el origen del fanatismo o de la crisis en la que aún vive buena parte del mundo tras el 11-S (es decir, no en el islam), Oz enfoca: Se debe a la vieja lucha entre fanatismo y pragmatismo. Entre fanatismo y pluralismo. Entre fanatismo y tolerancia. […] El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo.[…]

            Desde luego, no estoy diciendo que cual quiera que alce la voz contra cualquier cosa sea un fanático. No estoy sugiriendo que cualquiera que manifieste opiniones vehementes sea un fanático, claro que no. Digo que la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una postura de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo. Es una plaga muy corriente que, por supuesto, se manifiesta en diferentes grados. Un militante ecologista puede adoptar una actitud de superioridad moral que le impida llegar a un acuerdo pero causará muy poco daño si lo comparamos, digamos, con un depurador étnico o un terrorista.[…]

            Entonces, ¿dónde está la semilla, cuál es la naturaleza íntima de todo fanatismo?: Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser. El fanático es una criatura de lo más generosa. El fanático es un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error, de fumar. Liberarte de tu fe o de tu carencia de fe. Quiere mejorar tus hábitos alimenticios, lograr que dejes de beber o de votar: el fanático se desvive por uno. Una de dos: o nos echa la los brazos al cuello porque nos quiere de verdad o se nos lanza a la yugular si demostramos ser unos irredentos. En cualquier caso, topográficamente hablando, echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular es casi lo mismo. De una forma u otra el fanático está más interesado en el otro que en sí mismo por la sencillísima razón de que tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí en absoluto.

            Ante semejante panorama, el señor Oz se arriesga a dar algunas cautas recetas. Y entre ellas, las más relevantes desde el punto de vista de estas Divagaciones, son las siguientes: Quisiera poder recetar sencillamente: leed literatura y os curaréis de vuestro fanatismo. Desgraciadamente, no es tan sencillo. Desgraciadamente, muchos poemas, muchas historias y dramas a lo largo de la historia se han utilizado para inflar el odio y la superioridad moral nacionalista. A pesar de todo, hay ciertas obras literarias que creo pueden ayudar hasta cierto punto- Y aquí nos habla de Shakespeare (¡cómo no!), de Gógol, de Kafka, de Faulkner.

            Junto a la literatura (o, también, a través de ella), el gran remedio, el sentido del humor. Jamás he visto en mi vida un fanático con sentido del humor. Ni he visto que una persona con sentido del humor se convierta en un fanático, a menos que lo hubiera perdido. Con frecuencia, los fanáticos son muy sarcásticos y algunos tienen un sarcasmo muy sagaz, pero nada de humor. Tener sentido del humor implica habilidad para reírse de uno mismo. Es relativismo, es la habilidad de verse a sí mismo como los otros te ven, de caer en la cuenta de que, por muy cargado de razón que uno se sienta y por muy terriblemente equivocados que estén los demás sobre uno, hay cierto aspecto del asunto que siempre tiene su pizca de gracia.

            ¡Son casi las mismas palabras que hemos leído a Chesterton, con casi un siglo de distancia! Se ve que no avanzamos nada: los escritores inteligentes nos las tienen que repetir generación tras generación. Aunque Oz nos da una advertencia suplementaria: ¡Pero cuidado! La propia idea de comprimir el sentido del humor en cápsulas, de hacer que otros traguen mis píldoras humorísticas por su propio bien, curándose así de su trastorno está ligeramente contaminada de fanatismo. Mucho cuidado, el fanatismo es extremadamente pegajoso, más contagioso que cualquier virus.

            Bueno, es difícil no asentir a cada uno de los párrafos anteriores. Por suerte, la vehemencia no es fanatismo. Yo mismo tengo opiniones muy vehementes sobre la mezcla de bebidas. Acepto y aplaudo muchos cócteles (o cocktails), pero ver a una Coca-Cola violando un Etiqueta Negra me supera. Sin embargo, no por ello rompo relaciones amistosas con el responsable de la salvajada. Sólo le amargo la noche a base de pullas. No sé, no sé, tal vez ande más cerca de lo que creo del fanatismo whiskero.

            Pese a la digresión precedente, comparto la visión de Oz arriba citada. Y me permito añadir alguna idea a las que él pronunció en su día. Considerados humor (no absurdo, ése lo dejamos aparcado por el momento) e ingenio como armas dialécticas, podemos observar sin grandes sudores, que un fanático está en una posición táctica inferior a la de un rival no fanático.

            En efecto, el ingenio es una excelente herramienta ofensiva. Puede ser un objeto contundente, de filo o de punta. Lo podemos usar para aporrear, acuchillar o pinchar al otro. Y hasta para realizar algunas espectaculares contras, aprovechando un ataque enemigo para volverlo en su perjuicio. Pero si nuestro rival logra atravesar nuestra guarda, sólo podremos respirar tranquilos si llevamos puesta una coraza humorística. El humor es una armadura magnífica y peculiar. Al recibir el embate, un humorista transforma la energía ofensiva en defensiva e, indirectamente, la vuelve contra el otro.

            Un ingenioso sin humor se quedará de piedra al ver cómo su tremebundo ataque, capaz de destruir la autoestima y la razón del enemigo, es recibido con una sonrisa o, peor, con sonoras carcajadas. Tal espectáculo desarma al fanático, le deja con el culo al aire. Ya no sabe qué hacer. Si el humorista aprovecha para lanzarle un directo mordaz puede que recobre la conciencia, si es de mente ágil. En cambio, si la réplica consiste en más humor, el fanático estará perdido. Tal vez enmascare su derrota, fingiendo una retirada llena de dignidad, pero no se engañen. Por dentro está desolado. ¡El enemigo se ríe de sí mismo, se muestra jovialmente humilde, reconoce entre risas que el fanático tiene parte de razón, sin compartir con ello los dogmas! Eso está más allá de la comprensión fanática.

            Hagan la prueba. Es muy divertido. A no ser, claro, que el fanático pase de la dialéctica a las armas materiales y nos pegue una paliza con sus amigotes. O nos descerraje la cara de un tiro. ¡Qué gente!

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