Con un vaso de whisky

julio 20, 2010

Ingenio y Absurdo (IV): Wodehouse-Sharpe-Morán

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:25 pm

            Veamos si soy capaz de deslindar de una vez sátira y humor, comprobando de paso si la narración ficticia es incompatible con el humor. Y cuando me pregunto si seré capaz, o de si lo seremos el lector y yo en comandita, hago un viejo truco retórico; lo más probable es que muramos en el intento.

            Regresemos, pese a ello, a la vieja Inglaterra y agarremos a dos grandes escritores, uno humorístico y otro satírico: aquí tenemos al señor P. G. Wodehouse y al señor Tom Sharpe. Un aplauso. Gracias.

            Ambos escritores son de lo mejor que el humor (en sentido amplio) británico ha dado al mundo. Ambos manejan la prosa con soltura, con brillantez; ambos saben desarrollar tramas desternillantes; ambos usan personajes que no son personas, que no pretenden serlo, porque tampoco viven en un mundo real, sino en deformaciones del mundo real, muy amable, alegre y chispeante la de Wodehouse y muy cruel, tenebrosa y grotesca la de Sharpe.

            Hasta aquí, nada se ha dicho que permita dilucidar quién es el humorista y quién el ingenioso. Porque la sátira puede ser amable y el humor, desde luego el humor absurdo, puede ser cruel. Sin embargo, como era de esperar, en este caso Sharpe es el satírico (cruel) y Wodehouse el humorista (amable).

            Afirmo, por tanto, que se puede ser humorista y poner entre autor y lector un universo de personajes. Porque el humorista está al lado del lector mientras ambos recorren ese universo. Yo, al menos, tengo esa sensación con Wodehouse: oigo su voz mientras leo su delicada precisión, me río con él y él sonríe conmigo en los momentos justos, que son casi todos. Y, por debajo, por delante y por detrás, intuyo un leve encogimiento de hombros, sin pizca de juicio en el gesto, al observar las locuras y las insensateces que, en ese mundo donde las consecuencias de los actos jamás son dramáticas, también cometemos los seres humanos. El humor de Wodehouse es humilde, y la humildad es la virtud con la que Chesterton vincula al humorista.

            En cambio, Sharpe ataca a fondo: no deja títere con cabeza. Si con Wodehouse sonríes constantemente y cada poco estallas en carcajadas, sin que en esa sonrisa ni en esa carcajada haya amargura ninguna, con Sharpe sonríes diabólicamente o ríes con acritud. La única manera de que la carcajada no salga del desengaño en estas obras es que salga de la maldad. Yo opto por ir alternando todas las posibilidades.

            Tengo la sospecha de que a Sharpe, como a todos los satíricos, la risa les sale de la bilis. Los satíricos son moralistas, en el mejor sentido de la palabra, sea cual sea la moral que tengan en el alma. Observan un mundo donde el ser y el deber ser están a una distancia mayor de lo deseable, de modo que se empeñan en gritar al mundo las dimensiones de ese abismo. Esto se puede aplicar a cualquier satírico, sea su instrumento favorito el sarcasmo, la ironía o la lógica (suelen ir estos y más en el mismo estuche)[1] y sea su objetivo las injusticias Norte-Sur, la ignorancia demagógica o el que tanta gente lleve calcetines blancos con zapatos negros.

 

            Dicho lo cual, observo a Sergio más militando bajo la bandera de Wodehouse que bajo la de Sharpe, aunque con algo más de malicia y menos brillantez que el viejo maestro (asúmelo). Morán escribe y dibuja sus tiras no para arrojarlas desde las alturas como bombas de hidrógeno rellenas de relámpagos, sino para reírse con ellas mientras se toma una cerveza, preferiblemente rodeado de lectores que se rían o que le pregunten dónde está la puñetera gracia, fracasado.

            Esto es así incluso en sus tiras más satíricas. En algún momento califiqué de ingeniosas las tiras dedicadas a los falsos videojuegos o a los deportes olímpicos desechados (que son de mis tiras preferidas), pero de eso nada. Reviso mi juicio, revoco mi sentencia con ira, la declaro nula y digna de un lemur especialmente ebrio. Porque ni el Ínclito arremete contra los videojuegos, ni el Genio se burla de los deportes oficiales. Unos y otros son excusas para juegos de palabras, juegos de palabra e imagen o simples juegos de absurdo.

            ¡Oh, qué palabra acabo de decir! Tengámosla a la vista. Aún no ha llegado su momento.

            En fin, entonces quedamos que los personajes de Sergio no son escudo de nada ni tampoco dardos para atormentar a los impíos. Tampoco son personas. Quiero decir que no los sentimos como algo de nuestra propia carne. No es esto ningún demérito, si no era uno de los objetivos del autor. Tampoco sentimos nuestros a Bertie Wooster, a lord Emsworth, al tío Fred o a Jeeves. Ni al temible Blott. Son títeres, aunque algunos nos caigan bien y les deseemos un desenlace no por divertido menos feliz (casi todos los de Wodehouse) y a otros nos gustaría verlos sufrir tormentos inimaginables (todos los de Sharpe, con la excepción de Wilt).

            Ni Juana, ni Equis, ni Antuán, ni Leo, ni Hostia ni Genara buscan ser criaturas que se nos cuelen debajo de la piel. Mientras que leyendo Otelo uno puede bien sufrir con Desdémona, volverse loco con el Moro o partirse de risa con Yago, porque ellos sufren, enloquecen y disfrutan sádicamente, nadie (al menos, yo no) se estremece por los traumas infantiles de Juana o palpita por los supuestos amoríos de Hostia. También es cierto que yo soy un desgraciado que goza con el mal ajeno.

            Pero vamos, que tampoco pasa nada. En The Order of the Stick, otro divertidísimo webcomic, los personajes son monigotes y su creador, Rich Burlew, es tan consciente que los dibuja como tales. No hay más que hablar: son chistes con patas y la cosa funciona mientras no intenten llegar a ser complejos seres multidimensionales.

            Tal vez haya quien discrepe con mi juicio sobre las criaturas de Morán. Estaría más que dispuesto a debatirlo. E incluso es posible que, si nadie recoge el guante y me lo lanza a la cara, lo haga yo mismo. Sin embargo, mientras eso sucede o no, hay otros aspectos que merecen atención. Entre ellos, un lado oscuro del ingenio. El ingenio como herramienta de ciertas personas poco recomendables. El ingenio al servicio del fanático.

 

Imágenes: Stephen Fry y Hugh Laurie, en la serie “Jeeves and Wooster”; portada de “Wilt”, de Tom Sharpe; Genara y Hostia, personajes de “Eh, Tío!”


[1] Tiendo a imaginarme a la ironía en batín, bebiendo una copa de coñac mientras sonríe lánguidamente y al sarcasmo sonriendo de oreja a oreja, pasando revista a sus instrumentos de tortura en una mazmorra. Ambos se asocian usualmente a la sátira y no al humor. Desde luego, es complicado asociarlos al absurdo, ya que la ironía, desde su nacimiento griego, implica análisis, estudio, lógica, y el sarcasmo es la ironía cansada de ser sutil. Y en cuanto al humor, el sarcasmo casa mal con la humildad. No conviene confiarse, pese a todo. El absurdo que llegue a la locura puede usar la lógica ironía, porque el loco es alguien que lo ha perdido todo menos la razón (Chesterton).

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